Réquiem Por Los Caídos

CAPÍTULO 10- Algo, lo que sea

¡

No fui a clase, tampoco creo que vaya mañana. El mundo me quedaba grande, el uniforme me apretaba, las personas me estorbaban y los profesores podían irse a la mierda. Desde que volvimos del burdel —desde que el demonio abrió la boca— todo era más gris. No grité, no lloré, no rompí nada, estaba simplemente respirando.

Estuve dos días enteros esperando que volviera Lilith, dando vueltas por la casa sin saber cómo sobrellevar todo. Ni música, ni móvil, ni televisión. Sólo ese eco constante, ese nombre repitiéndose en mi cabeza como una maldición: Ruth. Ruth. Ruth. Estaba pensando seriamente cambiarme el nombre a Tatiana o Camila.

Cuando por fin se abrió la puerta, sentí que se me paralizaba el cuerpo. Escuché sus pasos en el pasillo y algo dentro de mí se tensó, como una cuerda que había estado sosteniendo demasiado peso.

—Hola, linda —dijo desde la cocina—. No sabes que frustrante fue escuchar de nuevo al doctor Chang presumir de un ensayo que ni siquiera avanza.

Su tono fue ligero, casi alegre. Como si nada. Como si no hubiese pasado media vida mintiéndome.

Yo estaba sentada en la mesa, con un chocolate que ya se había enfriado.

—Yo descubrí que soy hija del mismísimo Lucifer, pero lo del señor Chang suena interesante. Cuéntame más.

Se quedó de pie, a medio camino de dejar el bolso sobre la encimera. Llevaba un abrigo largo, beige, ceñido en la cintura, con solapas anchas y las mangas remangadas justo lo necesario para mostrar las pulseras metálicas. El pelo liso, oscuro, rojo y perfecto. Ni una hebra fuera de lugar. Parpadeó, su expresión se descompuso, lo vi. En un segundo, toda su fachada de "tía encantadora y profesional con la vida bajo control" se agrietó como cristal viejo.

—Rue...

—No, no uses ese tono, no me distraigas, no me digas que estoy imaginando cosas, ni que estoy cansada y mucho menos que me estás protegiendo. ¿Es verdad?

Hubo silencio, se notaba que no esperaba esta situación, pero yo tampoco y, sin embargo, aquí estamos.

—Dímelo. —Mi voz salió firme, sin temblar. A estas alturas, creo que ya había cruzado todos los umbrales posibles.

Ella bajó la mirada. Caminó hasta el sofá y se sentó despacio, como si de repente no pudiera sostenerse.

—Sí.

Una palabra. Una sílaba. Una bomba.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde siempre —susurró.

—¿Y nunca pensaste que tenía derecho a saberlo? ¿Ni cuando empecé a tener sueños raros? ¿Ni cuando me encerraba llorando por unos supuestos padres muertos, ni cuando quemé mi habitación, ni cuando pensaba que estaba perdiendo la cabeza?

—Te estaba protegiendo —dijo. Esa frase, esa mierda de excusa. Otra vez.

—Me llevaste a psiquiatras. Me diste pastillas. Me hiciste pensar que estaba mal.

—Y lo necesitabas, lo hice para ayudarte. Necesitaba protegerte no solo de... los demás, sino también de ti misma Rue.

—Entonces me mentiste toda la vida para salvarme.

Lilith no respondió. Se limitó a mirarme, y por un segundo... juro que parecía más humana de lo que jamás la había visto.

—¿Quién es mi madre? —pregunté. Porque si íbamos a revolver mierda, yo quería cavar hasta el fondo.

—Una simple humana —respondió tras una pausa—. Murió al darte a luz, fue entonces cuando tú padre vino a buscarme.

Me quedé quieta. Las palabras me hacían arder los oídos. Toda mi vida había sido una mentira muy bien ensayada.

—Y tú aceptaste. Criar a la hija del diablo y esconderla en una casa con ventanas grandes y cenas los domingos, como si eso bastara.

—Sí, porque no eras una hija de nadie para mí. Eras mía.

No supe si me rompió más esa confesión o la certeza de que, aun así, había dejado que sufriera sola. Que llorara en silencio. Que me sintiera un monstruo cuando todo lo que necesitaba era saber la verdad.

Me levanté sin decir nada y caminé hacia mi habitación.

No lloré, no grité, ni rompí nada. Sentía que podría desmayarme en algún momento. Me tumbé en la cama de lado, mirando la pared como si con eso pudiera borrar su voz. No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando escuché los pasos subir por las escaleras, livianos, cautos. Como si no quisiera hacer ruido, como si creyera que con eso me iba a colar otro cuento.

Golpeó suavemente la puerta, no dije nada. La abrió de todos modos.

—Rue —susurró desde el marco—. No quería que lo supieras así.

—Y, sin embargo, lo sabía todo el mundo menos yo —murmuré. La voz se me escapó rota, pero firme. No me giré para mirarla. Me quedé como estaba.

Lilith entró con paso lento. Pude escuchar el crujido del suelo bajo sus pies, el pequeño suspiro cuando se sentó en el borde de la cama.

I

— ¿Quién te lo contó? ¿Fue ese chico Lucien? Si él lo sabe, no puedes confiar en él. Yo solo quería protegerte, no entiendes lo que implica ser...

—¿Hija de Samael? —interrumpí, y me giré de golpe—. ¿Tú crees que no lo entiendo?

Lilith extendió una mano hacia mí. Fue instintivo, me encogí y me aparté.

—No me toques —le dije—. No ahora.

Hubo un silencio espeso. Su mano cayó sobre su regazo como si no tuviera derecho a seguir ahí. A veces odiaba lo genuina que podía parecer, a veces quería que fuera un monstruo, porque así al menos todo esto tendría algún sentido.

Me levanté sin decir una palabra más. No me puse chaqueta, ni cogí bolso. Sólo bajé las escaleras y busqué las llaves. Ella me siguió.

—Rue. ¿A dónde vas? Rue, por favor.

—A donde no estés tú —solté. No lo pensé. Fue lo primero que me salió.

—Estás alterada, no deberías conducir...

—Muy tarde para decirme lo que debo o no hacer.

Abrí la puerta, la cerré de un portazo, y cuando el motor rugió bajo mis manos, me sentí algo más cerca de respirar.

Conducir fue lo único que pude hacer sin pensar.

Los dedos me temblaban sobre el volante y el estómago parecía tener un nudo que no acababa de apretarse del todo, era como si todo mi cuerpo supiera que estaba huyendo, pero no supiera a dónde. Ni por qué. Ni cuánto.




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