Abro los ojos de golpe, confundido, como si acabara de despertar de un sueño. Sin esperar nada, me levanto rápido y miro a mi alrededor. No sé dónde me encuentro. «¿Por qué me desperté en este lugar?», me pregunto. Siento que me hallo en una casa ajena, pero no recuerdo mi nombre, qué edad tengo ni cómo llegué hasta acá. Se me cierra la garganta al no saber nada sobre mí. Es feo; no tengo dudas de que este no es mi hogar. Todo se siente muy mal, como si algo terrible fuera a pasar en cualquier momento.
El cuarto es raro: hay una cama infantil bien hecha, con una sábana de autos. Al lado hay un mueble de noche con cajón; abajo veo libros para nenes y una caja de plástico. Alrededor hay juguetes tirados, como una guitarra; enfrente hay una biblioteca, y al lado una cocina de juguete con más cosas de niña. En el medio hay una alfombra con forma de flor y un estante grande lleno de juegos de cartón; en la pared hay estrellas que brillan en la oscuridad. Hay una única salida del espacio.
Camino hacia el estante por curiosidad. Al llegar, piso algo y lo rompo. Asustado, pienso: «¡Esto va a hacer ruido! ¿Qué hago ahora?». Me preparo para correr; con escuchar un sonido me alcanza para salir escapando de esta locura y rezar para que no haya ningún loco queriendo lastimarme. Si pasa eso, lo primero que hago es pegarle para noquearlo.
Me acerco despacio, me pongo bien cerca del marco e intento abrir rápido, listo para todo. Sorprendentemente, no cede. ¡NO PUEDE ESTAR CERRADA! Pruebo otra vez y de verdad no abre; está trabada del todo.
Únicamente me queda esperar que pase un milagro. Mientras sigo encerrado, veo una ventana alta arriba del mueble. Al mirar, lo único que distingo es un patio que el brillo del sol no me deja ver bien. Lo que me da miedo es el pasto, cortado perfecto. Como solo llego a ver la parte de abajo del jardín, me doy cuenta de que me encuentro en un segundo piso.
De la nada, mueven el picaporte. Pasa lo que más temía. Un chico joven, con jean y remera amarilla, me mira desde el umbral con una cara neutral. Me sale decirle lo primero que se me ocurre:
—Hola... Buenas —hablo.
Él no contesta; simplemente me sostiene la mirada en un silencio feo.
—Buenas, amigo. ¿Está todo bien? —expresa al fin, con una voz muy falsa.
Me quedo helado. Prefería que no me conteste, pero ya es tarde.
—¡¿Dónde estoy?! —pregunto, esperando una respuesta normal.
En vez de responder, me mira y comenta:
—Seguro no desayunaste, debes tener hambre.
—No, no tengo hambre... —le digo, pero me interrumpe antes de que pueda seguir.
—Te hago el desayuno.
Camina hacia otro lado. Con miedo a lo que pueda pasar, lo sigo. Pasamos por un pasillo con dos accesos y llegamos a la cocina, el único lugar abierto además del cuarto. Es un sitio gigante, lleno de luces blancas muy fuertes. Lo único que hace que parezca una cocina es un mueble cuadrado de madera con dos sillas viejas. Sobre la madera hay dos platos y, del otro lado, una mesada.
Él no me saca la mirada de encima, cuidando que no intente escapar. Sus ojos marrones se ven claros con la luz fría. Parece que va a hablar, pero mira rápido a la hornalla y suelta:
—Te hago el desayuno... ¿agua?
No le respondo. Él empieza a preparar todo como si nada; tarda apenas cuatro o cinco minutos.
Me siento en una silla. Al rato se acerca, me sirve y se sienta enfrente. Es una situación muy rara; lo único que quiero es irme. Busco alguna salida con los ojos, pero no hay nada, ninguna otra entrada. En el plato hay una tostada de pan de molde y me sirve un vaso de agua que no le pedí. Me sigue viendo con esa neutralidad; esto parece un sueño.
De golpe, rompe el silencio:
—Bueno... Te tocó un día lindo, ¿no?
—¿De qué me hablas? —respondo, perdiendo la paciencia.
—De tu cumpleaños... Cuanto más viejo te haces, menos te importa, ¿no? —menciona con un tono falso.
—¡¿No sé dónde me encuentro?! —le grito, queriendo sacar algo de información, pero no me aclara nada.
—En casa, amigo... En casa —agrega con una tranquilidad que me da miedo.
Sigue comiendo su pan como si fuera un día normal y acota:
—Afuera están todos.
—¿Podes llamar a emergencias? Creo que me siento mal —le digo. Es una buena idea mentirle para ganar tiempo.
—Obvio —responde.
Qué suerte, creo que voy a poder salir de acá. Se levanta y se va. Me quedo en silencio total; no se escucha nada. Me parece muy raro que no haya nada más que la tabla y las dos sillas. El lugar se siente vacío, pero ese mismo silencio empieza a ponerme nervioso.
Pierdo la noción del tiempo; no sé si pasa un minuto o dos. Parece un manicomio, no puedo seguir así. Se me ocurre algo peligroso: salir corriendo. Igual, decido esperar lo que creo que es casi una hora. No sé bien dónde se metió, pero supongo que tomó el camino de los dos accesos.
Al ver que no vuelve, salgo de la cocina para ver si anda cerca. Camino despacio hacia la izquierda. Esto es más grande de lo que pensé. Veo una escalera de madera lisa y bajo despacio, tratando de no hacer el mínimo ruido. Los pasillos son lisos, sin absolutamente ningún cuadro.
Llego abajo y el sol me da directo en la cara a través del vidrio de un portón metálico. Ahora que lo pienso, en todo este piso no hay adornos, plantas, fotos ni ventanas, salvo la del cuarto. «Cuando salí de la cocina», pienso, «había otro pasillo, pero yo quería irme de acá».
Me acerco a la entrada metálica y la abro fácil; me da el brillo en la cara, pero no se siente como sol. Cerca de mí hay un cerco de plantas; se ve campo y más campo. No lo puedo creer. Estoy muerto. En el medio de la nada. Al salir de la casa hacia el patio, todo está cortado perfecto, todo está impecable. No sé qué está pasando; quiero salir, quiero irme, quiero escapar, pero no puedo. Me entra mucho más miedo. Camino un poco con un gran temor... Y ahí están: una familia entera, la que había dicho el chico. Me quedo congelado, no me puedo mover. Simplemente los observo en secreto, pero no tardan en verme.