AVRIL
Cuando de pequeña soplaba las velas de mi tarta de cumpleaños, siempre pedía el mismo deseo. Todos los años, sin falta. Era una especie de mantra que repetía una y otra vez.
Cerré los ojos y esbocé una sonrisa. Aunque podía oír el bullicio del hospital, me concentré en mi deseo y este simplemente apareció en mi mente:
«Deseo que todas las personas que me rodean sean felices».
Soplé las velas y todos aplaudieron emocionados, incluida yo.
El doctor, que se había mantenido en el umbral de la puerta, sonrió con ternura. Vi que sostenía algo en una mano y un brillo de ilusión se apoderó de mí.
—Algo me dice que eso es para mí —canturreé.
El doctor Foster se rio.
Era mi médico desde que, con cuatro años, me diagnosticaron la enfermedad. Él llevaba mi seguimiento; había presenciado mis recaídas, mis pequeños logros y mis constantes entradas y salidas del hospital.
Mucha gente diría que un médico no puede formar parte de tu vida. En mi caso, sí.
—Eres muy avispada, señorita Carson.
—Lo sé —respondí con una amplia sonrisa—. ¡Regalo, regalo! —vitoreé, contenta.
Seven y Son me miraron con cariño; Maya y Román se reían; Luna y Asher intercambiaron una mirada cómplice; Marc y Delaney soltaron una carcajada, mientras Greta y Müller observaban la escena con ternura. Billy acercó a Marina y ambos sonrieron.
Will se sentó sin dudarlo en mi cama y me pegó a él.
—¿Qué se siente al tener veintiún años? —preguntó a voz en grito.
—Se siente... más vieja.
Los dos nos echamos a reír.
El doctor Foster me entregó el regalo y lo abrí emocionada, con sumo cuidado. Tenía una extraña fijación por guardar los papeles de regalo que me parecían bonitos; después los utilizaba para mis diseños o para hacer manualidades.
Cuando descubrí El banquete, de Platón, solté un chillido, aunque bajito. No podía gritar demasiado fuerte.
El doctor Foster me sonrió y le hice una señal para que se acercara. No dudó en hacerlo y le di un pequeño abrazo.
—Me encantan tus regalos —dije emocionada.
Foster amplió su sonrisa.
Me apasionaba la filosofía. Para mí era una forma de contemplar la vida desde diferentes perspectivas, de intentar comprender la mente humana y cómo aquello que nos rodea podía influir en nuestro día a día. Era una manera de observar el mundo a través de las palabras.
La había convertido en un refugio, igual que las fotografías de todos aquellos países a los que soñaba con viajar. Era consciente de que mi enfermedad imponía ciertas limitaciones y, en aquel momento, subirme a un avión parecía un sueño lejano. Así que viajaba desde casa.
Me perdía entre imágenes de lugares que nunca había pisado e imaginaba todas las historias que podían haber ocurrido allí: desde las batallas más grandes hasta los amores más pasionales.
Era mi pequeño secreto y disfrutaba guardándomelo para mí.
—Gracias a todos por estar hoy aquí —dije con una amplia sonrisa.
—Gracias a ti por un año más —respondió Marc con ternura.
«Un año más. Un año en el que seguía viva».
Como era de esperar, me dieron el alta pocos días después. Aunque Seven había insistido en que me dejaran ingresada un poco más, el doctor Foster se negó en redondo
Salí del hospital con la mochila a la espalda y el concentrador de oxígeno portátil en la mano izquierda.
De pronto, me detuve en seco, olvidándome por un instante de mi hermano y mi cuñado. Cerré los ojos, extendí la mano libre y me limité a sentir.
El sol. El aire.
—¿Avril?
—Solo cinco minutos, Seven. Déjame sentir el sol.
Era una petición sencilla, así que mi hermano no dijo nada. Se limitó a dejarme disfrutar de aquel pequeño placer.
Abrí los ojos lentamente. El cielo estaba precioso: despejado, de un azul limpio y fresco. No había una sola nube y el sol brillaba con fuerza, anunciando la llegada de la primavera.
—Venga, peque, que te van a salir arrugas de tanto sol —se burló Son con su habitual sonrisa.
Me eché a reír, me encorvé un poco y, con la mano libre, fingí apoyarme en un bastón imaginario.
—Señor Maxwell, en mis tiempos esto no pasaba. Ay, aquellos tiempos... —dije, modificando la voz para parecer lo más anciana posible.
—Punto número uno y único: señor Carson. Señor Carson —replicó, fingiendo indignación.
—Vale, mi querido señor Carson.
Entre risas, me acerqué a ellos. Son cogió el concentrador y se lo colgó al hombro. Lo bueno de que fuera portátil era que podía llevarlo conmigo con facilidad, sin que me impidiera moverme demasiado. Después, los tres entrelazamos los brazos y nos encaminamos hacia el coche.
Un nuevo día.
Uno más que Dios me había dado la oportunidad de disfrutar.