EVAN
—Tienes demasiada mierda, Román —masculló Asher mientras bajaba las escaleras con la decimocuarta caja.
—No son mierdas, son recuerdos —replicó Román con voz soñadora.
—Es mierda, pero, bueno, si tú quieres verlo de ese modo... —chistó Will, cargando con otra caja.
En ese momento nos encontrábamos en la fraternidad, sacando las últimas cosas de Román. Las últimas, esperaba, porque se iba a vivir con Maya.
Dejamos las malditas cajas en la vieja camioneta de Román. Este le dio un par de golpes a la carrocería y, sonriendo, anunció:
—Vamos a tomar unas cervezas. Invito yo.
Todos aullaron emocionados.
Yo me limité a ladear la cabeza.
El bar, como era de esperar, estaba lleno de universitarios, y apenas eran las siete de la tarde. Hice un barrido rápido por el local.
Nada interesante.
Nada que captase mi atención.
Aunque había muy pocas cosas —por no decir ninguna— que lo hicieran.
Las personas me parecían aburridas, superficiales. Como si carecieran de una personalidad propia. Se guiaban por los demás, actuaban como los demás, se convertían voluntariamente en uno más del rebaño.
Los únicos que toleraba —o, más bien, aceptaba— eran ellos y las chicas.
—Quién nos lo iba a decir... —canturreó Asher—. Román Robinson viviendo con una chica.
Su sonrisa cargada de picardía consiguió que todos nos riéramos.
La verdad era que me había sorprendido cuando Román anunció que iba a vivir con Maya. No iba a negar que fui bastante escéptico al respecto porque, por lo que había visto de ellos hasta entonces, no era precisamente como si se llevaran de maravilla.
Y ahora Román Robinson estaba sacando las últimas pertenencias que le quedaban en la fraternidad.
Se hacía raro.
Era en momentos como aquel cuando te dabas cuenta de que la gente avanzaba. De que la vida seguía.
Pero a mí solo había una pregunta que me rondaba continuamente la cabeza:
«¿Merece la pena?»
Y la respuesta siempre era la misma.
No.
No merecía la pena.
Nos dejaron las cervezas sobre la mesa y observé la mía como si se tratara de un objeto extraño.
—Me parece acojonante —soltó Will después de darle un trago a su botella.
—¿El qué? —pregunté.
—Román Robinson. El tío más mujeriego de la universidad. El que detestaba las relaciones. El que odiaba la monogamia. Ahora se va a vivir con una tía, tiene hasta un jodido perro y lleva un anillo en el dedo —enumeró antes de llevarse una mano al pecho—. ¿Qué he hecho yo en esta vida? El mundo me trata como si hubiera sido el padre de Hitler.
Nos reímos ante su fingida indignación.
—Yo siempre he sido una persona que adora la monogamia y soy uno de los miembros del club de novios. ¿Por qué os sorprende tanto que me vaya a vivir con una chica? —preguntó Román.
Lo miramos como si acabara de salirle una segunda cabeza.
O una tercera.
—Es broma, es broma. —Alzó las manos en son de paz.
El anillo brilló bajo la tenue luz del local.
—Hay veces que la vida te da un golpe de realidad, ¿sabes? —continuó Román—. Es como cuando estamos en un partido: sabes que el contrincante va a ir a por ti sí o sí, pero decides ignorarlo y seguir hacia delante hasta que... —Hizo una pausa dramática—. El contrincante te dice: «No, mi ciela, así no va...», y ¡pum!, te golpeas.
Terminó la explicación con expresión orgullosa.
—Qué profundo —me burlé.
Me lanzó una palomita.
La cacé al vuelo.
Después de tomarme dos cervezas con ellos, fuimos a casa de Román para ayudarlo a descargar las cajas. Durante todo el camino llevó una sonrisa de bobo en la cara. Miraba el móvil cada vez que parábamos en un semáforo; a veces se reía y otras sonreía todavía más, como si acabaran de contarle lo más interesante del mundo.
En cierto modo, lo envidiaba.
No porque estuviera en una relación. Eso, sinceramente, me parecía una de las cagadas más monumentales de la vida.
No comprendía por qué el ser humano tenía esa necesidad inevitable de vincularse a alguien o a algo. Era en momentos así cuando uno se daba cuenta de que la mente humana podía llegar a ser tan simple que hasta perdía parte de su encanto.
Y no era solo cosa mía. Algunos estudios hablaban sobre ello. O eso creía recordar de una de las revistas que encontré en una clase de Medicina en la que me colé una vez por pura curiosidad.
El saber nunca ocupa lugar.
Cuando llegamos a la zona donde vivía Román, vi otro coche aparcado frente a la casa.
Las chicas estaban sacando cajas. Caminaban cargadas, se tambaleaban y se reían entre ellas. No tardaron en convertirse en el centro de atención. Algunas personas las observaban con una sonrisa de «qué tiernas» y otras con cierta incredulidad.
Resultaba curioso.
En múltiples ocasiones habían asegurado que no les gustaba llamar la atención o que, como mínimo, no solían hacerlo. La realidad era que, fueran donde fueran, las miradas acababan posándose sobre ellas.
Nosotros nos habíamos labrado un nombre desde el instituto gracias al estatus y la popularidad.