Respira conmigo-Tercer libro de la saga: Vidas cruzadas-

Capítulo 3

AVRIL

AVRIL

Cuando me animé a hacer aquello, no pensé que sería tan difícil.

Pensar en las cosas que quería hacer antes de morir podía ser una de las tareas más complicadas de mi vida. Y mira que mi vida, de por sí, ya era complicada.

Todo había empezado cuando me aventuré a ver una serie durante uno de esos días en los que las chicas no estaban. Mi cuerpo todavía no se había recuperado del todo, así que había pasado los días siguientes prácticamente encerrada en casa. Por puro aburrimiento, empecé a buscar alguna serie que pudiera gustarme y, al final, di con aquella.

Era una historia romántica sobre una chica que estaba enferma —creo que de cáncer— y hacía una lista con todas las cosas que quería hacer antes de morir. Estudiaba en la universidad y, por cosas del destino, el chico más popular acababa convirtiéndose en su compañero en Literatura.

El caso era que lo que había empezado como algo que ella necesitaba hacer terminaba convirtiéndose en una lista a la que ambos añadían cosas para después cumplirlas juntos.

Era precioso.

Pero también era ficción.

Nadie haría algo así en la vida real. Nadie se ataría a una persona sin saber cuánto tiempo le quedaba y, mucho menos, alguien enfermo se atrevería a involucrar a otra persona de aquella manera.

Pero, claro, al final las series, los libros y las películas románticas te vendían una idealización del amor casi surrealista.

Aunque había que reconocer que lloré un poquito.

Me balanceé en la silla.

En aquel momento estaba sola. Luna se había ido a ensayar, Rebecca a sus clases de canto y Maya estaba tan liada con Bratt que apenas tenía tiempo para nada.

Pero, bueno, a veces la soledad ayudaba a que aparecieran las musas, ¿no?

Aunque las mías debían de estar dormidas.

O ignorándome.

Porque no se me ocurría absolutamente nada.

La puerta de casa se abrió y levanté la cabeza para descubrir quién era el intruso que había osado irrumpir en mi vivienda.

Cuando vi que se trataba de Gladis, sonreí.

—Buenos días, Gladis —saludé con voz cantarina.

—Señorita Carson, deje de balancearse. La silla no es un columpio, jovencita.

Dejó la mochila sobre la barra americana y, sin dudarlo, se colocó detrás de mí para obligarme a sentarme correctamente.

—Jope, Gladis... —Hice un puchero—. Es que me aburro mucho.

Suspiré.

—¿Ha pensado en, no sé, hacer cosas que no impliquen partirse la crisma? —preguntó, colocándose en jarras.

Gladis se sirvió un café.

Después, sacó leche fresca y la vertió en un vaso. Sonreí porque sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacer.

Rebuscó en los armarios hasta encontrar el bote de colorante y dejó caer dos... tres gotas.

La leche adquirió un tono rosa clarito.

Después añadió un poco de nata.

Sin azúcar, por supuesto, porque Seven había dicho que no podía tomarla.

«Podría poner en la lista comerme una tarta entera yo sola».

Sin duda, era algo que nunca había hecho. Por recomendación médica, Seven me había impuesto una dieta bastante estricta, así que la bollería y el azúcar eran prácticamente temas tabú.

—Tome, señorita. —Sonrió mientras dejaba el vaso frente a mí y se sentaba a mi lado.

Como era de esperar de mi Gladis, había utilizado la pajita de unicornio.

—¿Qué hacía? —preguntó con calma.

—Una lista de cosas que quiero hacer antes de morir —solté.

Gladis empezó a toser.

La había pillado justo mientras bebía café.

—Vaya... Qué sincera, señorita. ¿Y qué lleva? —preguntó con una sonrisa, aunque la tristeza se asomó a sus ojos.

—Nada. —Suspiré.

—¿Nada? —Inclinó ligeramente la cabeza.

—Las musas me han abandonado.

—Las musas no la han abandonado, señorita Carson —respondió entre risas.

Me quedé pensativa.

Gladis me arrebató la hoja rosa y, después de observarla durante unos segundos, chasqueó los dedos.

—Claro, señorita Carson. ¿Cómo no se le va a ocurrir nada?

La miré, incrédula.

—No le ha puesto título. Esto necesita un nombre y, a partir de ahí, seguro que empiezan a aparecer las ideas —dijo con ternura.

—«Lista de cosas que hacer antes de morir».

—Descartado, señorita Carson. —Le dio un sorbo al café.

—«Lista de cosas que hacer antes de irme con la Parca».

—Demasiado fantasioso, señorita Carson. Descartado —respondió entre risas.

—Mmm... «Lista de cosas que hacer antes de que me entierren».

—Tiene gancho, señorita Carson, pero no. Descartado.

Me eché a reír al ver la cara que estaba poniendo.

Gladis esperó pacientemente mientras yo me quedaba pensativa, bebiendo pequeños sorbos de mi leche.

Claro que tampoco podía tomar cafeína. Aunque Seven me permitía, una vez a la semana, tomarme uno de esos cafés rosas de Starbucks. Sin cafeína, sin azúcar...

Bueno, café, café, lo que se dice café...

Pero estaba bueno.

Y con leche de avena.

Fruncí el ceño y miré el vaso.

—Gladis, ¿me has puesto leche de avena?

La pregunta no tenía absolutamente nada que ver con lo que estábamos hablando, pero era importante.

Ella me lanzó una mirada cómplice y me guiñó un ojo.

—Por supuesto, señorita Carson... de avena.

Las dos estallamos en carcajadas.

Gladis hacía caso a casi todo lo que mi hermano y Marc decían, pero de vez en cuando me concedía algún capricho. A veces me preparaba leche con canela y limón porque sabía que me encantaba y, aunque tenía bastante azúcar, intentaba compensarlo poniéndome nata sin azúcar.




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