EVAN
Cuando llegué a casa de mis padres, sentí cómo aumentaba el enfado.
Había tenido un día y medio para mentalizarme para aquella estúpida comida. Un día y medio en el que había imaginado todos los escenarios posibles y todo lo que pudieran querer decirme.
Mantuve la calma.
Siempre lo hacía.
Odiaba perder el control. Me irritaba. Prefería mantener mis emociones dentro de una línea estable, sentir únicamente lo justo y necesario. Incluso así, detestaba cuando intentaban adueñarse de mí, como si ellas fueran las dueñas de mi cuerpo y no yo quien debía controlar lo que ocurría en mi mente.
Caminé con paso seguro hasta la puerta principal y llamé dos veces, lo bastante fuerte para que me oyeran desde dentro.
Los pasos no tardaron en acercarse y, enseguida, mi madre abrió la puerta.
Su cabello rubio caía alrededor de un rostro demasiado delgado, igual que el resto de su cuerpo.
Parecía entusiasmada, como si estuviera deseando descubrir qué quería decirnos el estúpido de mi padre.
O quizá simplemente se alegraba de verme.
Aunque seguramente fuera más lo primero que lo segundo.
—¡Cielo! —exclamó con una amplia sonrisa antes de abrazarme.
Enseguida noté sus huesos contra mi cuerpo y un nudo me oprimió la garganta.
—Madre —saludé, inclinando ligeramente la cabeza después de separarme.
Algo fugaz atravesó sus ojos.
Tristeza.
Como si escucharme llamarla «madre» en lugar de «mamá» le hubiera dolido.
—Me gusta más cuando me llamas mamá que madre, pero... bueno, si tú estás más cómodo así, lo respeto —dijo mientras apartaba la mirada, como si mantenerla sobre mí pudiera delatarla.
Entré en casa y el olor a comida inundó mis fosas nasales.
Como era de esperar, mi madre había preparado mi plato favorito con la intención de que me sintiera a gusto.
Pero no lo estaba.
En absoluto.
Mi padre estaba sentado en su viejo sillón con un libro entre las manos. De él había heredado aquella afición por la lectura y, aunque detestaba tener cualquier cosa en común con ese hombre, la realidad era que leer me parecía una de las mejores cosas del mundo.
Con los libros no tenías que pensar.
Solo imaginar.
No necesitabas colocarte ninguna máscara mientras leías. Los personajes, aunque ficticios, parecían tener más sentimientos y emociones que muchas personas reales.
El romance solía ser idílico, aunque esa era precisamente la parte que más tendía a saltarme. Prefería las escenas de acción, el humor o descubrir la forma en que cada personaje contemplaba el mundo.
Era fascinante.
Como abrir una ventana y descubrir al otro lado millones de cosas que jamás habrías visto si hubieras decidido mantenerla cerrada.
—Vaya, Evan. Estás estupendo —me halagó mi padre.
Dejó el libro sobre la mesita y se levantó para estrecharme la mano.
Observé durante un instante la que me ofrecía antes de aceptarla.
—Padre —lo saludé con mi habitual tono monocorde.
Él se limitó a sonreír.
Siempre sonreía.
Su cabello castaño, salpicado por algunas canas, las arrugas alrededor de los ojos y su cuerpo esbelto proyectaban una imagen de salud y perfección.
Aun así, pese a su aspecto llamativo, no era uno de esos hombres que conseguían atraer todas las miradas al entrar en una habitación.
Mi madre, sin embargo, sí lo había sido.
Antes de cambiar por completo para complacerlo.
Mi madre colocó los platos sobre la mesa con evidente ilusión. Cuando terminó, esperó a que mi padre se sentara antes de ocupar su silla y dio unas pequeñas palmaditas en el asiento que había a su lado, indicándome que me sentara allí.
A pesar de mi enfado, no pude evitar sonreír ligeramente.
Le concedí el capricho y me senté junto a ella.
Su sonrisa se ensanchó de inmediato.
—Te he preparado tu comida favorita, cielo.
Hizo una breve pausa y la ilusión de su rostro titubeó.
—Sigue siendo tu comida favorita, ¿verdad?
Percibí la duda en sus ojos.
—Sí, mad... —Me detuve a tiempo—. Mamá. Sigue siendo mi favorita.
Abrió ligeramente los ojos.
Vi cómo se le cristalizaban y tuve que apartar la mirada.
—Menos mal, cielo. Estás muy delgado y eso no es bueno. Eres deportista, tienes que cuidar más tu alimentación. Si hace falta, puedo llevarte comida a...
Se calló de golpe.
Como si hubiera estado a punto de pulsar un botón que sabía perfectamente que no debía tocar.
No dije nada.
Simplemente posé la mano sobre la suya y la acaricié con suavidad.
Ella se inclinó para dejarme un beso en la mejilla.
—Estás muy guapo —dijo mientras me observaba con una sonrisa—. Muy, muy guapo.
—Los genes —bromeó mi padre.
Aunque sabía perfectamente que había una segunda intención detrás de aquellas palabras.
Giré la cabeza hacia él.
—Sí, los genes de mi madre. Te recuerdo que soy igual que ella, solo que en versión masculina.
Mi padre suspiró.
—Sí. Eso es verdad.