AVRIL
La verdad es que estuve a punto de decirle a Seven que me encontraba fatal y que no podría asistir a clase, pero eso supondría dos posibles consecuencias.
Primera opción: que se presentara y me echara la bronca del siglo al ver que estaba bien.
Segunda opción: que se presentara y me echara la bronca del siglo al ver que estaba bien.
Vale.
No había demasiadas opciones cuando se trataba de las consecuencias de mentirle a mi hermano mayor.
Además, no sabía mentir.
Una vez lo intenté.
Tenía ocho años y no quería ir al colegio. Puse el termómetro debajo de la lámpara de la mesita de noche simplemente porque aquel día no me apetecía ir a clase.
Cuando Seven vio el termómetro, la expresión de su rostro cambió por completo.
Primero vi terror en sus ojos.
Después, incredulidad.
Y, finalmente, diversión.
—Peque... —dijo con cuidado.
—Sí, hermanito adorado —respondí con voz lastimera.
—Vaya, puedes hablar... Interesante —comentó, llevándose un dedo a la barbilla.
—¿Por qué lo dices? —Pestañeé y volví a fingir que tosía.
—Porque pensaba que estarías muerta.
Me estremecí.
—¿Por qué dices eso, mi adorado y preciado hermano? —continué con mi dramatismo.
—Porque el termómetro marca que estás a cuarenta y seis grados...
Miré el termómetro.
—Vaya. Soy muy fuerte.
—Lo que eres es una sinvergüenza. Venga, levántate, desayuna y vístete. —Suspiró.
—No quiero.
La cosa acabó con Seven quitándome las mantas rosas, cogiéndome en brazos y sentándome en una silla de la cocina.
Y, si te descuidas, entre él y Son acabaron alimentándome como si fuera un bebé.
Fue frustrante.
Y humillante.
Aunque sabía perfectamente que lo habían hecho con esa intención.
Barajé múltiples excusas para no acudir aquel lunes a clase.
Casi me inventé que me había atacado una jauría de perros. Incluso pensé en ponerme vendas por todo el cuerpo para hacerlo más creíble.
También consideré decir que tenía una intoxicación por azúcar y, de paso, darle la razón a Seven con eso de que el azúcar era mi enemigo número uno.
El problema era que mi hermano tenía, si te descuidabas, hasta un inventario de las cosas que compraba Gladis, así que probablemente descubriría la mentira antes de que pudiera terminar de contarla.
Y, como última opción, pensé en mirar un vuelo a las Maldivas.
Era temporada baja, así que quizá no me saldría tan caro.
Después de pasarme media hora mirando vuelos, caí en la cuenta de dos pequeños inconvenientes.
El primero: no podía subirme a un avión sin autorización de mi médico.
El segundo: tampoco tenía dinero para irme a las Maldivas.
Mi brillante plan de huida internacional duró exactamente media hora.
En cualquier caso, recorrí la universidad caminando todavía más despacio de lo que solía hacerlo.
Y eso ya era mucho decir.
Intenté retrasar el encuentro todo lo posible, pero sabía que, tarde o temprano, llegaría a clase de Filosofía.
Y tendría que enfrentarme a él.
A Evan Nelson.
Las voces de mis compañeros inundaron mis oídos.
Como una espía, miré a todas partes, pero no encontré por ningún lado aquel manto de cabello oscuro.
Evan no estaba.
Una pequeña esperanza se apoderó de mí y, dentro de mi cabeza, una Avril diminuta danzaba dando gracias a Dios por ser tan piadoso conmigo.
Me relajé.
Subí las escaleras despacio, sin ninguna prisa y, nada más sentarme, me giré para buscar algo en la mochila.
Entonces, de repente, el olor a menta inundó mis fosas nasales.
«Jope».
No me giré.
Decidí fingir que estaba buscando algo importantísimo dentro de la mochila.
Aunque, como era de esperar, Evan no tardó en darse cuenta de que estaba haciendo tiempo.
—Rayito de sol, una pregunta.
No contesté.
—¿Siempre vas besando a la gente por sorpresa o tuve algún privilegio especial?
Me tensé de inmediato.
Lentamente, saqué mis cosas de la mochila y las coloqué sobre la mesa.
Después me giré hacia él con una sonrisa tan amplia que juraría que hasta el Joker habría sentido envidia.
—No sé de qué hablas... —Silbé disimuladamente mientras levantaba la mirada hacia el techo.
Oí una carcajada.
Muy pequeña.
Pero definitivamente había salido de Evan.
—¿No sabes de lo que hablo?
—No, lo siento, Evan —dije, deseando que la silla me tragase—. ¿Te besó alguien por sorpresa? ¿Qué se siente? —pregunté con una sonrisa.
Era consciente de que aquello, tarde o temprano, pasaría, pero el humor siempre había sido mi mecanismo de defensa cuando una situación me sobrepasaba un poco.
Besar a Evan no entraba en mis planes.
Sabía que había más tíos en aquella sala. Tíos que seguramente ni siquiera se acordarían de mí después de aquella noche.
Pero, claro.
De todos ellos, había tenido que besar precisamente a uno de los chicos que me conocía, que compartía mi círculo de amigos y que, además, era mi compañero de clase.
—Avril —dijo con seriedad.
Suspiré.
Ya estaba.
Fuera la comedia.
Era hora de ponerme seria.
—Sí y no —comencé—. Iba a besar a alguien por sorpresa, sí, pero no tenías por qué haber sido tú —expliqué sin atreverme a mirarlo a los ojos.
—¿Por qué querías besar a alguien por sorpresa?
—Por mi lista —respondí sin pensar.
—¿Lista?
Asentí.
—Sí. Era el número uno. —Me abracé a mí misma.