Respira conmigo-Tercer libro de la saga: Vidas cruzadas-

Capítulo 6

EVAN

EVAN

El aburrimiento.

La palabra «aburrimiento» procedía etimológicamente de abhorrēre. Si separabas sus componentes, ab- significaba «alejamiento» o «separación» y horrēre, «erizarse», «estremecerse» o «sentir horror».

Y no podía estar más de acuerdo.

El maldito aburrimiento, la falta de emoción, me había chamuscado las pocas neuronas funcionales que tenía y me habían llevado a acompañar a una chica que, aunque conocida, no era mi amiga, a una pastelería con el propósito de que tachara algo de su lista de cosas que hacer antes de morir.

En aquel momento me encontraba detrás de ella. Su cabello avellana formaba una especie de cortina entre su rostro y el escaparate.

Como una jodida mosca, iba revoloteando de un lado a otro, indecisa, haciendo que el chico de la barra la mirase con curiosidad.

—No sé qué elegir —dijo, frustrada.

—Cualquiera —solté.

Se giró muy, muy lentamente y me miró como si acabara de verme despellejar a un gato delante de sus narices.

—Es solo una tarta —dije, conteniendo la diversión.

—No es «una tarta». —Hizo comillas en el aire con un dramatismo absoluto, como si le diera igual que el dependiente la estuviera mirando.

—¿Ah, no? —Alcé una ceja.

—Pues no. —Se giró hacia el dependiente—. ¿A que no? ¿A que es una decisión importante?

El dependiente contuvo la risa.

—Su novia tiene razón. Es una decisión importante —se unió a ella.

—Ah, no, no —se apresuró a aclarar—. No es mi novio, pero muchas gracias por darme la razón.

Le dedicó una sonrisa dulce antes de volver a concentrarse en el escaparate.

Después de media hora, Avril se decidió por una tarta de queso, mientras que yo pedí un trozo de chocolate negro

Después de media hora, Avril se decidió por una tarta de queso, mientras que yo pedí un trozo de chocolate negro.

Vi cómo aplaudía, animada, al comprobar que yo también había caído en la tentación de comprar algo.

Pagamos nuestros respectivos postres y nos dirigimos a un parque que no estaba demasiado lejos de la pastelería.

Observé la cantidad de gente que había a pesar de que apenas eran las cuatro de la tarde. Los niños corrían de un lado para otro mientras sus padres hablaban.

Avril lo contemplaba todo con una fascinación casi infantil.

Observaba cada detalle, cada expresión, como si quisiera guardarlos en su mente. Como si fueran recuerdos que necesitara conservar.

Busqué un banco para sentarnos, pero la mayoría estaban ocupados.

Al comprobar que no había sitio, Avril no dudó ni un segundo antes de sentarse en el césped.

Miré aquello con horror.

¿Por qué coño iba a sentarme donde perros y animales diversos utilizaban el suelo como retrete?

—Venga, Evan, no te va a comer la hierba —se burló.

Dudé.

Dos segundos.

Tres.

Resignado, me coloqué a su izquierda y tuve que contener las arcadas que amenazaban con aparecer.

Me armé de valor y me senté.

Ignoré la angustia que se apoderó de mí y ambos abrimos nuestras cajas al mismo tiempo.

Avril juntó las manos y sus ojos brillaron como si aquella jodida tarta fuera el mayor tesoro que hubiera tenido entre ellas.

—Es tan grande... —dijo con una amplia sonrisa—. No sé por dónde empezar... ¿Hay algún ritual?

—Sí. Por el centro —le indiqué con la cuchara de plástico.

—¿Por el centro? Te haré caso. —Se frotó las manos.

El aire era agradable. Podía sentir los rayos de sol sobre la piel.

De reojo, vi cómo Avril cerraba los ojos durante un momento, alzaba el rostro hacia el cielo y dejaba que la luz la bañara.

No sabía por qué hacía aquello, pero tampoco quise inmiscuirme en sus cosas.

En sus manías.

Había veces en las que no era necesario buscarles una explicación a las cosas, a pesar de que mi mente sí la pidiera.

—Me encanta el sol —dijo mientras me miraba.

Su piel seguía teniendo un tono ceniciento. Los huesos se le marcaban demasiado, desde la clavícula hasta los brazos.

Llevaba un corsé azulado y una falda blanca de bailarina. Como no podía ser de otra manera, en el cabello avellana, todavía carente de brillo, lucía un lazo azulado que combinaba con el corsé.

«Sin duda, es la personificación de una maldita hada... Qué fastidio».

No lo dije en voz alta.

No creía que fuera el momento, no cuando ella parecía estar disfrutando de aquel instante mucho más que yo.

Cogió la cuchara.

Dudó durante unos segundos y, finalmente, siguiendo mi indicación, tomó un trozo del centro y se lo llevó a la boca.

Abrió mucho los ojos.

Después me miró.

—¡Está deliciosa! —exclamó emocionada.

Verdaderamente emocionada.

Se comió la tarta despacio, disfrutando de cada jodido bocado como si fuera el mayor manjar que hubiera probado en su vida.

Sonreía sin cesar.

Saludaba a desconocidos aunque no los conociera, acariciaba a los perros que se acercaban hasta nosotros y hablaba con sus dueños con muchísimo entusiasmo.

Con tanta energía que me agotaba.

Demasiada.

Tanto entusiasmo me sobrecogía.

Tanta positividad me asqueaba.

¿Por qué?




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