Respira conmigo-Tercer libro de la saga: Vidas cruzadas-

Capítulo 7

AVRIL

AVRIL

Seven y Son estaban sentados, uno a mi derecha y otro a mi izquierda, conmigo en medio. Kate se encontraba jugando en la sala de espera porque considerábamos que no tenía por qué escuchar lo que el médico tenía que decirme.

El brazo me quemaba y pude distinguir en él las marcas de todas y cada una de las veces que me habían pinchado a lo largo de mi vida.

Las de las vías nunca desaparecían.

Estaban ahí, recordándome la realidad de mi situación.

En aquellos momentos me encontraba exhausta por todas las pruebas que me habían hecho por mero protocolo.

Tuve que esforzarme para no quedarme dormida en la silla, pues mi cuerpo solo quería descansar.

Cualquier esfuerzo para mí era sobrehumano. Y, aunque el profesional sanitario que me había atendido tenía una mano increíble y una paciencia legendaria, eso no borraba las consecuencias del agotamiento.

—Todo sigue igual —dijo el doctor Foster mientras dejaba los papeles sobre la mesa.

—¿Eso es bueno o malo? —se apresuró a preguntar Seven.

—Seven, todo sigue igual.

No hizo falta que el doctor Foster dijera nada más.

Pude ver la decepción en los ojos de mi hermano.

La esperanza que había depositado en aquella revisión se apagó delante de mí y tuve que apartar la mirada.

—Seguiremos con la misma dosis de medicación.

—Pero consideramos que esa medicación está perjudicando a Avril —dijo Son con seguridad—. ¿No habría otra alternativa?

Miré al doctor, esperanzada.

Pero, al verlo negar con la cabeza, aquella esperanza se esfumó en un instante.

Después de la revisión médica, nos fuimos los cuatro a desayunar.

Había una ligera tensión en el ambiente.

Nadie quería decir nada y yo tampoco quise hacerlo.

Consideraba que, aunque yo ya no estuviera demasiado esperanzada respecto a una posible mejora de mi enfermedad, ellos todavía conservaban aquel atisbo de fe.

«Reza, Avril, reza».

La voz de una de las enfermeras apareció en mi mente.

Yo era creyente.

Creía en Dios y siempre me aferraba a la idea de que existía un ente que, de alguna manera, me protegía.

Que, si moría, no me iría a la oscuridad.

Odiaba la oscuridad.

Por eso, aunque nunca lo había mencionado porque no quería causarles malestar, cuando llegara el momento quería que me incineraran.

Si era posible, en una vasija rosa.

—Qué rico está esto, papi —dijo Kate con la boca llena de tortitas.

—Está muy rico —confirmó Son.

Seven estaba más callado.

Observaba su café con la mirada perdida.

Son era quien estaba llevando el peso de la conversación, intentando que el ambiente no resultara tan denso.

—¿Sabéis qué? —intervine con una dosis extra de entusiasmo.

—Dinos, peque.

Fue entonces cuando Seven levantó la mirada y la clavó en mí.

—He hecho un montón de vestidos para Kate. Cuando vayamos a casa, os los doy.

Kate, emocionada, se bajó de la silla y corrió a abrazarme.

—Eres la mejor supertita.

Le devolví el abrazo.

La semana transcurrió a una velocidad casi vertiginosa

La semana transcurrió a una velocidad casi vertiginosa.

Me la pasaba de clase a casa de Seven y de casa de Seven a clase. Según ellos, tenían que tenerme bajo vigilancia.

¿Por qué?

Porque tuve otra recaída.

Fue el martes, el día después de la revisión médica.

Estaba en casa, como de costumbre. Rebecca y Luna se habían ido a ensayar y a preparar algunas cosas para el próximo festival de la ONG infantil en la que éramos voluntarias.

Me quedé sola.

Estaba cosiendo, preparando uno de los vestidos para la gala que próximamente tendría Rebecca. Estaba tan acostumbrada a hacerle la ropa que no solía tardar demasiado.

Aunque con aquel vestido me había esmerado especialmente.

Desde que descubrí que la costura era mi pasión, me había convertido prácticamente en su estilista personal. Ella se había puesto mis primeras piezas a pesar de no ser perfectas. Había aparecido con ellas ante la prensa. Habían dicho cosas de ella, pero era Rebecca y le daba igual lo que la alta sociedad pudiera opinar.

Al fin y al cabo, contaba con un amplio abanico de confidencias capaces de desmantelar a más de uno.

Pero ese no era el caso.

Estaba dando los últimos retoques cuando lo sentí.

Al principio siempre era algo leve.

El pecho subía y bajaba.

La respiración se agitaba.

A pesar de que reconocía perfectamente los síntomas que advertían de lo que vendría después, mi mente intentó atribuirlos a que había pasado demasiado tiempo de pie, con el maniquí enfrente, moviéndome de un lado a otro y colocando las telas.

Pero enseguida empeoró.

Me senté en el sillón.

Pensé en tomarme un pequeño descanso, algo que solía hacer cuando estaba cansada, pero, a pesar de tener el aparato, no conseguía llenar los pulmones.

Abría la boca intentando coger todo el aire que podía.

No servía de nada.

Me coloqué mejor en el sillón, erguida y con la cabeza alzada.

Mantuve los nervios a raya.

Si me alteraba, la ansiedad solo conseguiría empeorar la situación.

Miré mi aparato y activé la dosis que debía utilizar cuando notaba que una recaída estaba a punto de asomarse.




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