Respira conmigo-Tercer libro de la saga: Vidas cruzadas-

Capítulo 8

EVAN

EVAN

Avril lo miraba todo con la misma ilusión de siempre.

Aquel día iba ataviada con una sudadera rosa con un conejo blanco y unos vaqueros blancos ajustados. No hacía tanto frío como para llevar sudadera, pero ella aseguraba que estaba helada. Su cabello avellana estaba recogido en un moño y un lazo blanco destacaba entre toda aquella mata de pelo.

La verdad era que invitarla a la feria había sido un impulso de lo más estúpido.

Simplemente surgió.

Al final, las chicas dijeron que no podían ir porque tenían que estudiar ciertas cosas. No quise indagar más en ello y tampoco Avril.

Cuando me avisó por el móvil, di por hecho que no iría, pero, finalmente, Seven accedió con una serie de condiciones, entre las que se encontraba tener mi número de teléfono.

No me molestó.

Podía llegar a comprender aquella situación.

Avril se detuvo en todos y cada uno de los puestos de comida.

Sin excepción.

Los dependientes, al verla tan vivaracha, le ofrecían muestras gratuitas solo a ella, pues a mí me habían dicho:

—A ti no, tienes cara de cabreado.

No me molesté en contradecirlos.

Al final, Avril acabó con un montón de comida, desde un perrito caliente hasta un algodón de azúcar.

Me tendió el perrito caliente y yo, aunque dudé, lo cogí y le di el primer mordisco.

—¿Está bueno? —preguntó con esa sonrisa que le iluminaba el rostro.

Asentí.

Y, para mi sorpresa, Avril se inclinó y, sin dudarlo, le dio un mordisco a mi perrito caliente.

Con un poco de salsa en la boca, se relamió los labios y pude apreciar que los tenía ligeramente agrietados.

—Está muy rico, sí, señor —dijo antes de coger un trozo de algodón de azúcar.

Miré mi perrito caliente.

Después miré a Avril.

No me esperaba aquel gesto.

Aun así, seguí comiendo.

—¿Quieres? —preguntó mientras me plantaba el algodón de azúcar delante de la cara.

—No soy de dulce, Rayito de sol —dije, apartándolo con suavidad.

—Solo un poquito... Ya sé. En las próximas cosas que ponga en mi lista añadiré: «Conseguir que Evan Nelson coma azúcar». Si Seven es el archienemigo del azúcar, tú eres el dictador.

Volvió a reírse con aquella risita de ardilla que tanto la caracterizaba.

—Entonces, si tú pones eso en tu lista, me veo con el derecho de añadir: «Conseguir que Avril Carson diga una palabrota» —dije con solemnidad.

—Sigue soñando, gruñón. Odio las palabrotas, así que no puedes ponerlo. —Me sacó la lengua.

Me reí muy a mi pesar.

—Ya van, con esta, cuatro veces que te hago reír y cinco que te hago sonreír —dijo, orgullosa.

Ladeé la cabeza.

Como era de esperar, Avril Carson no iba a ponerme fácil aquella buena acción que había cometido por puro egoísmo.

No paraba de hablar.

Hablar y hablar sin cesar.

Como un loro.

Revoloteaba de un lado para otro, haciendo que mi dolor de cabeza volviera a aparecer.

¿Por qué hacía estas cosas?

Es decir, sabiendo que con ella aumentaba mi dolor de cabeza, ¿por qué quedaba con ella?

Aun así, al verla sonreír, reírse y contemplarlo todo con fascinación, no podía negar que algo de aquello se me contagiaba.

—Tengo que poner una cosa —soltó Avril—. Evan, déjame tu gran espalda —pidió mientras rebuscaba algo en el bolso.

No pregunté.

Simplemente me giré.

Le sacaba aproximadamente dos cabezas, así que pude sentir cómo apoyaba algo en la parte inferior de mi espalda.

De reojo, distinguí la sombra del dichoso pompón.

—Ale, ya está —dijo orgullosísima.

Había tachado lo de ir a la feria y después había añadido algo más a la lista.

Otra risa traicionera se apoderó de mí.

Quince: «Conseguir que Evan Nelson coma azúcar».

—¿En serio lo has puesto?

—Sí. Definitivamente, tienes que endulzarte la vida.

—Tú hace relativamente poco que has empezado a comer azúcar —la acusé.

—Sí, y por tu culpa me he vuelto adicta, así que, para estar a la par, los dos debemos ser adictos —dijo con determinación.

—Vale. Con esas tenemos.

Le arrebaté la lista de las manos junto con el bolígrafo de pompón.

Me apoyé en una de las farolas más cercanas y empecé a escribir.

—Oye, es mi lista —se rio.

—Sí, pero ahora que has puesto mi nombre, considero que tengo el derecho legítimo de añadir cosas —solté sin mirarla mientras escribía.

Cuando se la devolví, la leyó enseguida y volvió a reírse.

Aquella chica tenía una facilidad fascinante para reír.

Lo hacía constantemente.

Igual que sonreír.

«Demasiado positiva... Qué fastidio».

—¿«Conseguir que Avril Carson diga una palabrota»?

Asentí, orgulloso de mi aportación.

—Lo siento, Nelson, de mi boca no va a salir una palabra fea —dijo con seguridad.

—Entonces, mi boca no probará nada dulce —contraataqué.

—Eso es mentira. —Se rio—. Quizá deba tacharlo ya de la lista. Sí, creo que sí.

Vi un brillo de picardía en sus ojos.

Entonces mi sonrisa se volvió idéntica a la suya.

Llena de picardía.

—¿Por qué lo sugieres, Carson? ¿Algo que haya hecho que te replantees irte a las Maldivas?

—Mis labios están sellados.

No dijo nada más.

Simplemente siguió caminando.

No tardamos en encontrar un puesto de lanzamiento.

Avril se frotó las manos y observó el puesto con la determinación de un guerrero dispuesto a entrar en batalla.

—Ese es mi objetivo —dijo con voz maquiavélica.

Bueno.

Todo lo maquiavélica que una voz tan dulce podía llegar a ser.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.