Respira conmigo-Tercer libro de la saga: Vidas cruzadas-

Capítulo 9

AVRIL

AVRIL

Cuando fui a la sesión con la doctora Dexter, me quedé un rato hablando con ella sobre mi semana. Me escuchaba con la atención propia de una profesional.

La doctora Dexter era la psicóloga de Luna, Rebecca, Maya y de mí. Desde que teníamos aproximadamente seis años, acudíamos con regularidad a las sesiones que nos programaba.

—Ha sido una semana llena de cosas muy positivas —dijo la doctora Dexter mientras apuntaba algo en su libreta.

—Sí. Evan me cae muy bien —me sinceré.

—Bueno, Avril, debemos hablar de dos puntos importantes.

Asentí.

—De tus padres y de esas pesadillas que me mencionaste, pero de las que no llegaste a contarme demasiado.

Me sonrió.

Arrugué un poco la nariz.

La doctora Dexter siempre quería hablar del tema de mis padres, pero la realidad era que hacía tiempo que había dejado de ver aquellas dos figuras como parte de mi vida. Ya no me afectaba como antes, cuando era pequeña.

Ahora simplemente eran dos desconocidos.

Dos personas que estuvieron, pero que ya no estaban.

—¿Has llegado a saber algo de ellos?

Negué con la cabeza.

—No he sabido nada. No sé dónde están. —Me encogí de hombros—. La verdad es que tampoco necesito saberlo.

La doctora Dexter asintió.

No dijo nada.

Nunca decía nada a no ser que fuera necesario, y precisamente por eso me gustaban tanto las sesiones con ella. A pesar de los años, siempre había mantenido cierta distancia profesional. Podía bromear con nosotras, sí, pero nunca trasladaba nuestros problemas a su vida personal.

—Vale. Ahora quiero que hablemos de lo que considero más importante: el sueño. ¿En qué consiste exactamente? ¿Cuándo empezó?

Hice memoria.

Había empezado hacía relativamente poco, quizá unos seis meses.

Al principio aparecía de vez en cuando y nunca le di demasiada importancia. Lo consideraba simplemente una secuencia de imágenes que mi mente recreaba mientras dormía.

Pero empezó a repetirse.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Hasta convertirse en algo recurrente.

Casi inquietante, diría yo.

—Hace unos seis meses —comenté.

—De acuerdo. ¿Y qué ocurre en ese sueño?

Vi cómo apuntaba algo en su libreta.

Siempre había sentido curiosidad por saber qué escribía allí. A veces me la imaginaba dibujando monigotes; otras, haciendo reflexiones profundas sobre todo lo que decíamos.

La imaginación era poderosa, en mi opinión.

—Todo ocurre de noche —comencé—. Hay luna llena y estrellas en el cielo.

Cerré los ojos para recrear mejor la escena. A esas alturas, aquel sueño se había quedado grabado en mi mente.

—Hay una especie de torre grisácea. Yo estoy en una habitación antigua, como de la época medieval. Las ventanas tienen barrotes. A veces son negros; otras, blancos. La luz de la luna siempre entra por una de ellas, pero solo ilumina el lugar en el que estoy tumbada.

Hice una pequeña pausa.

—Entonces aparece una mujer. Tiene el cabello oscuro, la piel muy pálida, el cuerpo escuálido y lleva un vestido blanco muy largo.

—¿Sabes quién es esa mujer?

Abrí los ojos.

—La Muerte —respondí lentamente.

La doctora Dexter mantuvo la mirada sobre mí.

—¿La Muerte?

—Sí. Me dice que vaya con ella.

Me abracé a mí misma.

—¿Y tú qué le dices?

—La mayoría de las veces le digo que no. Que todavía no.

Aparté la mirada.

—¿Y las otras veces?

Tragué saliva.

—Quiero ir con ella.

No cambió su expresión, pero vi cómo apuntaba algo en la libreta.

—Cuando dices que quieres ir con ella, Avril, necesito que me expliques qué significa para ti.

Las palabras me pesaron en la lengua. Un sabor agrio se instaló en mi boca y noté un nudo formándose en el estómago.

No me gustaba decir aquello en voz alta.

Siempre había intentado mirar la vida de otra manera.

Buscar algo bueno.

Una razón para sonreír.

Algo que agradecer.

Pero allí estábamos las dos.

Y, por una vez, no necesitaba sonreír.

—Que estoy cansada —admití.

La voz me salió más baja.

—Estoy cansada de luchar contra mi enfermedad. Estoy cansada de saber que mi vida tiene una cuenta atrás. Estoy cansada de mirar a las personas que me rodean y verlas agotadas, asustadas... sin fuerzas.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Y hay días en los que simplemente... estoy cansada de estar cansada.

La doctora Dexter dejó la libreta sobre el escritorio. Entrelazó los dedos y apoyó la barbilla sobre ellos.

Sus ojos inquisidores parecían querer hacerme millones de preguntas, pero, como era de esperar en ella, me dejó espacio para decidir si quería continuar hablando o, por el contrario, dejar el tema ahí.

Esta vez decidí finalizar la conversación.

Era difícil admitir en voz alta lo que acababa de decir.

Toda mi vida había reprimido esa parte de mí por el mero hecho de saber que escucharme decir algo así habría destrozado a mi familia.

No es que quisiera morir.

Quería vivir.

Por supuesto que quería vivir.

Era una de las personas que más amaba la vida, pero, al mismo tiempo, mi cuerpo estaba cansado.

Mi mente estaba cansada.

Y, aunque la terapia era una de las mejores cosas que me habían pasado en la vida, la pura realidad era que la doctora Dexter no podía solucionar mi problema.

Me daba las herramientas necesarias para seguir adelante, pero era yo quien debía aplicarlas.

Era consciente de que nadie podía darme unos pulmones nuevos.




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