EVAN
Como era de esperar, Avril no paró de hablar durante todo el trayecto. Podía ver su sonrisa enérgica, su forma de gesticular cuando quería expresar algo y esa manera tan peculiar que tenía de reírse, como una ardilla.
Yo permanecí en silencio.
Simplemente la escuché.
Era difícil seguirle el jodido ritmo a esa muchacha.
—¿Y eso de que hayas decidido quedar conmigo? Ya sé que soy la mejor compañía que alguien puede tener, pero, aun así, me ha sorprendido.
La miré de reojo antes de volver a centrarme en la carretera.
Había sido un jodido impulso.
Simplemente había surgido.
Román había aparecido mientras Maya estaba haciendo algo con Bratt. Estuvimos un rato hablando y él empezó a contarnos cosas sobre la convivencia con Maya. Se le veía feliz. Del mismo modo, Asher nos había hablado de las salidas que estaba teniendo últimamente con Luna.
Me dolía la cabeza solo de escucharlos.
La forma que tenían de hablar de sus parejas era bonita, sí, pero demasiado empalagosa para mi gusto. Y yo tenía un límite bastante bajo para todo lo relacionado con el romanticismo.
Así que le mandé un mensaje a Avril.
Preso del aburrimiento.
Adoraba a mis amigos, pero, desde que se habían echado novia, nuestros principales temas de conversación se habían reducido prácticamente al hockey y a sus parejas.
Antes, por lo menos, hablábamos de las chicas con las que ligábamos, hacíamos apuestas y nos reíamos de nuestras desgracias.
Ahora eran hombres fieles.
Enamorados de sus parejas.
Qué puto aburrimiento.
—Simplemente me aburría y he pensado: «¿Por qué no?».
—Vaya, qué sincero —se rio—. No sé, un chico como tú debería estar de fiesta, con chicas y esas cosas. No acompañando a una chica a robar algo en una gasolinera.
Si ella supiera que, por lo general, las fiestas también me aburrían y que la mayoría de las chicas tampoco conseguían despertar demasiado mi interés, seguramente no diría eso.
Pero me callé.
No tenía por qué saberlo.
Aparqué cerca de la gasolinera.
Vi cómo Avril se retorcía las manos con nerviosismo, anticipando lo que estaba a punto de hacer. Sin embargo, en sus enormes ojos verdes también podía distinguir ese brillo de curiosidad y emoción que aparecía cada vez que iba a experimentar algo nuevo.
Salimos del coche y Avril se quedó mirando la gasolinera que teníamos delante.
Temblaba ligeramente.
La contradicción entre sus nervios y la emoción que reflejaban sus ojos era bastante divertida de observar.
—No sé cómo me he dejado convencer para hacer esto —soltó con una risa nerviosa.
—Porque soy un embaucador.
—Sí... Quizá tengo un serio problema —suspiró de manera dramática.
—¿Cuál?
Avril me miró y sonrió ampliamente.
—Que no sé decirles que no a las caras bonitas.
Me quedé parado, analizando las palabras que acababa de decirme.
Insisto: su sinceridad podía llegar a ser abrumadora.
No tenía tapujos. Decía las cosas tal cual las pensaba, y me gustaba que fuera así. No se escondía como hacían otras personas. No aparentaba ser algo que no era simplemente para ganarse a los demás.
Tal cual veías a Avril, era ella.
Sin máscaras.
Sin actuaciones.
Solo ella.
—¿Me estás diciendo guapo? —me burlé.
—¿Me lo estás preguntando? Ya te dije una vez que eres guapo y lo sabes de sobra.
Me dio un golpe suave en el brazo.
—Bueno, maestro, ¿y cómo lo hacemos?
—¿Lo hacemos? ¿Quieres cumplir la número doce? —la piqué.
Quería sacarle un ligero rubor.
Algo.
Lo que fuera.
—Me refiero a robar, Evan Nelson. De momento, mi virginidad tendrá que esperar. Además, primero debo encontrar un prototipo de chico que me llame la atención para poder cumplir la número doce.
Se cruzó de brazos.
Me eché a reír. Volví a mirarla y vi que ella también se estaba riendo.
—No quiero ni imaginarme cómo es tu «prototipo» de chico —dije ladeando la cabeza.
—Nunca me lo he planteado... Espera.
Y, para mi sorpresa, empezó a examinarme de arriba abajo.
Incluso dio una vuelta a mi alrededor.
—Buen pelo, buena espalda, músculos definidos, ojos profundos... —enumeró como si estuviera evaluando un producto—. Bueno, no estarías mal como prototipo.
Se mordió ligeramente el labio.
—Pero te cuento un secreto.
Me hizo una señal para que me acercara.
Me agaché hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros de mi oído.
—Me van más los chicos sonrientes que los serios, así que, de momento, estás a salvo.
Se apartó y se rio de buena gana.
No supe qué decir.
De nuevo, esta chica me había dejado sin palabras.
Una parte de mí admiraba aquello. Su transparencia.
Había estado rodeado de demasiadas personas a lo largo de mi vida y la mayoría eran una incógnita que debía resolver. Con Avril no.
Con Avril todo era blanco o negro.
No había puntos intermedios.
No conocía las medias verdades.
—Bueno, debemos ponernos manos a la obra —dije, apartando la mirada de ella.
—Sí. Dios, qué nervios. ¿Qué hago? ¿Me pongo un pasamontañas? ¿Guantes? ¿Un traje negro superchulo con unas botas altas, estilo femme fatale? —Revoloteó a mi alrededor mientras hablaba.
—Solo debes actuar. No pienses demasiado en lo que vas a hacer —le expliqué—. Yo seré la carnada. Distraeré al dependiente y tú solo tienes que ser disimulada.
La señalé con un dedo.
—Disimulada, Avril —le advertí.