Retazos De Recuerdos

LA PRISIONERA

Leticia fue a visitar a una mujer en la cárcel de mujeres con Lhea (su ahijada mayor), está mujer era más bien una muchacha en realidad, ya que no pasaba de los veintisiete años, aunque sus cabellos tan secos y revueltos, la asimetría de sus cejas y la oscuridad en su mirada le añadieran como diez años más; las mujeres allí no usaban uniformes, todas iban en jean o short cortito, con una franela blanca o estampada, no se les permitía usar prendas de colores verdes o negras, ni a ellas ni a los visitantes para evitar un camuflaje con ropas que utilizaban usualmente los agentes de las autoridades.

A pesar de que estaba en compañía de Lhea Leticia dudaba, no se sentía segura de entrar a la celda o lo que era un cuartucho en el que la muchacha vivía junto a otras prisioneras, desde las rejas observaba disimuladamente el orden forzado de las pertenencias de esas mujeres, arremolinadas en diferentes rincones, el bulto más grande lo vio al lado de la litera donde dormía la que le miraba con intriga, no era más que una forma de marcar territorio. Mientras más espacio ocupara con sus cosas más poder demostraba tener.

Los visitantes debían más por protección que por obligación guardar distancia de todo y de todas, para evitar que por un malentendido se desatara una pelea, una riña, una disputa o una venganza, como ya había pasado en una oportunidad.

Leticia miraba con cautela la construcción a su alrededor, al contrario de lo que imaginaba qué era una prisión, sus brillantes ojos estudiaban las paredes de concreto armado, frizadas y cubiertas con una ligera capa de pintura blanca, el piso bajo sus pies era de cemento pulido, y como separación entre un espacio y otro eran utilizadas sabanas de colores.

Se preguntaba en qué momento comenzó a creer que las literas de las prisiones eran como las que había visto alguna vez en la tele, las que se usan en los cuarteles militares. Comprendió que estaba totalmente equivocada, estas no eran más que una especie de cajones incrustados en la pared, uno al lado de otro, en hileras de tres, todos del mismo tamaño, algunos con colchonetas y otros con montones de trapos que amortiguan los cuerpos de las rejas a las horas de dormir.

Un par de mujeres se fijaron en ella, una se acercó sigilosa a una esquina, levantó un pie y lo apoyó contra la pared, mientras que la otra se recostó de una columna, las dos observaban como Leticia se perdía en la luz de la habitación que provenía de una lámpara empotrada en el techo, una luz tan intensa que molestaba en los ojos al igual que un rayo de sol. Está se encendía y se apagaba automáticamente cuando los custodios lo decidían.

Dentro del recinto no vio ventanas, las únicas que existían estaban adosadas en la cerca de cemento de unos cinco metros de altura que cubrían la mitad del patio, la otra mitad cubierta de una red metálica pertenecía a la cerca de la cancha donde las reas hacían ejercicios todas las mañanas.

La prisionera que fue a visitar había intentado cortarle la cara en la visita anterior, sin ningún motivo aparente, solo fue víctima de ataque de ira y desconfianza que terminó resuelto con una disculpa fingida. La madre de esa prisionera también estaba privada de libertad en la misma cárcel por prostitución. Leticia no estaba allí por interés personal, había ido a acompañar a Lhea la primera ocasión, para que ella entregara insumos personales y dinero a la mamá de la delincuente, ya que tenía un nexo con ella; era un familiar, una amistad cercana o algo así.

Lhea la había dejado sola unos minutos mientras iba en busca de un recado, se tardaba, en ese momento el trastorno esquizofrénico de la muchacha se activó y se creyó estar siendo acosada por la extraña, de súbito los gestos de su rostro endurecieron, frunció los labios mientras que los orificios de su nariz se contraían rápidamente, dirigió una mirada inquisitiva hacía Leticia y sus pasos se acercaban a ella lentamente, la madrina se paralizó, su mente quedó en blanco ¡va a atacarme Dios mío! Pensó.

No había terminado de irse de su mente el pensamiento, cuando la rea sin mediar palabras, se sacó una hojilla picada a la mitad de debajo de la lengua y se abalanzó sobre ella, intentando cortar su mejilla izquierda, el instinto de supervivencia en Leticia la hizo retroceder inmediatamente y la herida producida por el arma no fue profunda; la muchacha sin color en el rostro, se detuvo a observarla para medir el siguiente movimiento, momento que Leticia aprovechó para rogar por su vida, con las palmas de las manos como barreras frente a la delincuente le explicaba que tenía un hijo preso, con la intención de que la muchacha sintiera compasión o miedo de ella.

La información era cierta, al ser consciente de que tal vez eso no le haría escapar de filo la hojilla las lágrimas comenzaron a rodar por su cara. La rea seguía parada frente a ella en silencio, mirando a Leticia fijamente, está sin saber qué decir ni qué hacer le prometió que la iba a ayudar en algo para sacarla de allí, le pidió tiempo, mientras las gotas de sangre resbalaban por su mejilla, pedía a gritos y en silencio que se acercara una policía de la custodia para salir de esa habitación.

Mientras recorría los pasillos dio con un salón un poco más ancho que la celda de donde venía, en el encontró a varias mujeres incluyendo a Lhea, se estaban vistiendo con una especie de chalecos con cierres mágicos por todos lados, gotas grandes de lluvia caían en la cancha, estaba lloviendo fuerte. Se alejó, entro en la librería de la cárcel y encontró unos títulos de libros muy interesantes, pidió uno de Allan Poe prestado y corrió bajo la lluvia de vuelta a la celda de donde se acababa de escapar, le había dado su palabra a la prisionera y tenía que cumplir.




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