La noche siguiente, La Bestia avanzaba por la carretera rumbo a la frontera mientras casi todos intentaban dormir. Yo había conseguido ocupar nuevamente mi lugar habitual frente a la computadora y llevaba cerca de una hora revisando el material del concierto anterior.
Axel no se había retirado a su litera. Estaba sentado en el asiento corrido frente a mí con una libreta vieja entre las manos. Llevaba varios minutos sosteniéndola sin haber pasado una sola página. Intenté ignorarlo, pero después de un rato resultó imposible.
—¿Piensas leer eso en algún momento? —pregunté.
Axel levantó la vista.
—¿Piensas dejar de vigilarme en algún momento?
—Es difícil no hacerlo cuando llevas veinte minutos fingiendo que lees.
Cerró la libreta.
—No estaba fingiendo.
—Entonces eres un lector increíblemente lento.
—Estaba pensando.
—Ah. Perdón por interrumpir un acontecimiento tan excepcional.
Axel negó ligeramente con la cabeza mientras yo volvía hacia la computadora. Pasé a la siguiente fotografía y después a otra.
—Tienes una manía —dijo.
No levanté la vista.
—Tengo muchas. Tendrás que ser más específico.
—Te muerdes el labio cuando una fotografía no te convence.
Mis dedos dejaron de moverse y lo miré.
—No hago eso.
—Acabas de hacerlo.
—Últimamente pareces demasiado interesado en estudiar mis hábitos.
—Últimamente tú llevas una cámara apuntándome durante doce horas al día. Considero que tengo derecho a defenderme.
Intenté contener una sonrisa.
—¿Y cuál es el resultado de tu investigación?
Axel dejó la libreta a un lado.
—Cuando una foto te gusta, te acercas a la pantalla. Cuando no, pasas rápido. Y cuando aparece alguna de esas que no mandas a la agencia, dejas de respirar un segundo.
Sentí calor en las mejillas.
—Eso último te lo estás inventando.
—No.
Cerré la ventana de edición.
—Ahora nunca sabremos si tenías razón.
—También haces eso.
—¿Qué?
—Cerrar la computadora cuando la conversación no te gusta.
Lo miré con incredulidad.
—Empiezo a arrepentirme seriamente de tenerte cerca tantas horas.
—El sentimiento es mutuo.
Sin embargo, ninguno de los dos se movió. El ruido del motor llenaba los pequeños silencios entre nosotros. Afuera, la carretera desaparecía bajo la oscuridad y las luces ocasionales de otros vehículos atravesaban durante unos segundos las ventanas.
Axel dejó la libreta sobre la mesa.
—¿Por qué guardas fotografías que nadie va a ver?
La pregunta sonaba distinta a las anteriores. Ya no había acusación, así que pensé antes de responder.
—Porque no todo tiene que servir para algo.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo?
—Hay fotografías que hago para trabajar. Otras porque me gusta lo que veo. Algunas porque creo que quizá significarán algo después. Y hay otras que simplemente no estoy preparada para borrar.
Axel miró hacia la computadora cerrada.
—¿Aunque nadie más llegue a verlas?
—Aunque nadie las vea.
—Entonces ¿para qué existen?
Me tomé unos segundos antes de responder.
—Para recordar que ocurrió.
Su expresión perdió parte de la dureza habitual.
—Pensé que los fotógrafos querían que todo el mundo viera su trabajo.
—Algunos sí. Pero una fotografía no se vuelve importante solo porque la vea mucha gente.
Axel apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Debe ser extraño decidir qué recuerda la gente de una persona.
La frase me hizo pensar.
—No creo que pueda decidirlo.
—Tienes más poder del que piensas.
—Y tú probablemente menos control del que te gustaría.
Su mirada volvió rápidamente hacia mí. Pensé que se molestaría, pero no lo hizo.
—Puede ser.
Aquella pequeña admisión me sorprendió más que cualquier confesión dramática. Permanecimos en silencio durante unos segundos hasta que Axel volvió a hablar.
—¿Por qué haces tantas preguntas sin preguntar nada?
Sonreí.
—¿Eso tiene algún sentido?
—Para mí sí.
—Entonces quizá deberías explicarlo.
—Miras como si quisieras saber algo, pero casi nunca preguntas.
No esperaba que hubiera notado eso.
—Tal vez estoy esperando a que quieras contarlo.
Axel se quedó quieto. No había pensado demasiado antes de decirlo, pero en cuanto las palabras salieron de mi boca comprendí que eran ciertas. Durante las primeras noches había sentido una necesidad casi profesional de descifrarlo y la Foto 042 había alimentado esa curiosidad. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba cerca de él, menos quería arrancarle respuestas. Si había algo detrás de su silencio, tendría que ser Axel quien decidiera cuándo abrirlo.
—Eso puede tardar bastante —dijo finalmente.
—La gira también es bastante larga.
Una sonrisa mínima apareció en su rostro y esta vez tampoco levanté la cámara. Axel miró hacia mis manos.
—Ya ni siquiera intentas fotografiarme cuando sonrío.
—No sonríes lo suficiente como para que sea un problema frecuente.
—Muy graciosa.
—Además, algunas cosas puedo recordarlas sin una cámara.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. El aire pareció cambiar y Axel sostuvo mi mirada durante el tiempo suficiente para conseguir que, por primera vez, fuera yo quien tuviera que apartarla. Volví a abrir la computadora solo para tener algo que hacer con las manos.
—¿Me vas a enseñar alguna vez esa fotografía? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuándo?
Lo miré.
—Cuando quieras verla de verdad.
—Sigo sin saber qué significa eso.
—Yo tampoco.
Su expresión se suavizó apenas. En ese momento, el autobús redujo repentinamente la velocidad y ambos nos inclinamos hacia delante. Una fila de luces apareció a través de las ventanas y comprendí que habíamos llegado a la frontera.
Axel se puso de pie y tomó sus documentos del compartimento superior. Antes de alejarse, apoyó una mano sobre el borde de la mesa.