Rewind: el Torneo de las Siete Casas

PRÓLOGO

Desde que tengo memoria, nunca he sido de las personas que se preocupan por los demás. Me considero alguien tranquilo y sin un motivo especial para vivir. Supongo que la única razón por la que sigo aquí es por esas molestas palabras que mi padre me decía de pequeño y que no puedo sacar de mi cabeza, aunque ya tenga la edad suficiente como para tener pensamientos propios.

“Nunca te rindas sin importar lo que pase.”

Todos los días mi padre me repetía aquellas palabras, teniendo la esperanza de que algún día yo me convertiría en algún hombre que pudiera superar las expectativas de la gente. Es una desgracia que ese no sea mi objetivo. Siempre que veo a través de la ventana de mi habitación, me doy cuenta de lo molesto que puede llegar a ser el mundo actual. Veo a niños correr y jugar en la calle sin la más mínima preocupación de que algún automóvil pueda ir contra ellos a toda velocidad.

Debo decir que vivo solitariamente en un barrio tranquilo y es bastante incoherente que suceda algo como eso en pleno siglo XXl, pero desearía que ocurriera algo similar para que las personas educaran mejor a sus hijos y, aunque sigan jugando en las calles, no me molesten con su ruido insoportable cada mañana. Después de todo, me esforcé demasiado en poder tener una casa para mí mismo. Supongo que las responsabilidades de vivir sin compañía son un gran peso a mi estrés, pero creo que vale la pena haberme alejado de cierta manera de mi familia mientras soy joven… al menos por un tiempo. Era eso o no crecer personalmente y quedarme atascado en un vórtice sin fin mientras iba a reuniones familiares que no me servían de nada, mas que para odiar a las personas molestas e hipócritas que adornan al mundo.

Recuerdo que en las reuniones familiares siempre me estaba molestando mi tía Rachel. Estoy muy seguro, y podría apostar, que yo no era la única persona que tenía algo en contra de ella. Rachel era la típica tía molesta que lograba crear momentos incómodos con preguntas tontas y sin sentido como “¿Y la novia, pequeño? ¿Vas bien en la escuela? ¿Practicas algún deporte? ¿Te han dicho que eres un jovencito muy apuesto?”.

¡Cómo me desesperaba! ¿Por qué debía contarle toda mi vida a mi tía Rachel a través de pequeñas preguntas? ¿No podía irse con los adultos a platicar de cosas de adultos? Hoy en día sigo pensando que esa mujer tenía algo contra mí… de tantos sobrinos que tenía para molestar, siempre se iba conmigo y nunca cambiaba su pregunta inicial: “¿Cómo te va en la vida, pequeño Evan?”. ¡Cómo lo odio! Ella sabía perfectamente que no me gustaba que se dirigieran a mí directamente por mi segundo nombre, pero como era de esperarse de la tía Rachel, siempre era un fastidio hasta en la reunión familiar más pequeña. No es que odiara ese nombre, pero toda la gente que conozco siempre dice que mi nombre es bastante inusual, y me incomoda dar explicaciones. Prefiero mil veces que las personas se dirijan a mí por mi  primer nombre: Adanel.

Lo único bueno que recuerdo de esas reuniones fatídicas es a mi

prima Charlotte y su amiga de la escuela, Sofiel. Se podría decir que  ellas eran mi única razón para acudir con mis padres y mi hermana pequeña a esas reuniones. Charlotte era un día mayor que yo, y eso era más que suficiente para que ella me tratara como si fuera un bebé que necesitaba cuidados especiales.

Debo decir que, a pesar de no ser la persona más inteligente, Charlotte era una mujer bastante bonita si se comparaba con las demás personas, además de que la energía en ella parecía nunca acabar. Tenía ojos azules y un cabello color café bastante largo que le llegaba por la cintura. Nunca logré entender cómo lograba mantenerse limpia, sobre todo con esa extensa cabellera. Mi prima tenía la apariencia de una princesa, pero actuaba como una niña enérgica y maniática.

Por otro lado, Sofiel tenía una apariencia un poco más reservada, pero bastante elegante. Ella tenía el cabello un poco más corto, ya que  le llegaba apenas por debajo de los hombros, pero el color carmesí de su cabello junto con su mirada de ojos verdes era suficiente para dejar perplejo hasta al más selectivo de los hombres. Ella era más tranquila y me encantaba su forma de ser. Era como si al estar cerca de ella pudiera encontrar un poco de paz interna. Considero que Sofiel era más hermosa que Charlotte, pero ella siempre prefería no resaltar mucho en las reuniones. Sofiel era muy lista, confiable y tenía unos dotes naturales de estratega profesional. ¡Nunca le pude ganar al jugar ajedrez! Solíamos divertirnos, solo los tres, en aquellas reuniones. Es una pena que el tiempo nos haya separado, sobre todo desde que decidí comenzar mi vida por mi cuenta.

No sé cuánto tiempo más podré soportar a esos niños molestos en la calle. ¿Cómo es posible que sean las ocho de la mañana y estén irritándome de esta manera? ¿Acaso no tienen algún programa matutino en la televisión que deben ver? Yo de pequeño no hacía nada en las mañanas que tenía libres. Lo único que recuerdo era que me sentaba en medio de la sala y me ponía a ver mis caricaturas favoritas. Pero en serio, ¿qué les sucede a los niños de hoy en día? Es como si quisieran sacarme de quicio a propósito. Y no creo poder soportarlos. Supongo que es hora de salir y calmar un poco la situación, o de lo contrario seguirán haciendo un ruido salvaje mientras yo trato de dormir y descansar un poco. Es como si esos pequeños renacuajos no tuvieran conciencia de lo que es el respeto a los demás. Esto debe ser parte del precio por querer ser alguien independiente.



Eladio M. Inzunza

Editado: 10.07.2019

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