Ring, Ring Llama El Amor

Capítulo 1 - Número equivocado

Emme Di Mauro odiaba tres cosas en la vida: la gente que mastica con la boca abierta, los lunes antes de las ocho de la mañana, y -desde hacía exactamente cuarenta y tres minutos- las aplicaciones de servicio técnico a domicilio.

-Vamos, vamos, vamos -murmuraba, golpeando la pantalla del móvil con el dedo índice como si eso fuera a acelerar la carga de la app "FixMe Ya".

Su lavadora llevaba dos días inundando el baño cada vez que intentaba usarla, y su casera, la señora Bignardi, ya le había dejado tres notas pasivo-agresivas pegadas en la puerta con la palabra "URGENTE" subrayada en rojo. Emme tenía veintiséis años, trabajaba como ilustradora freelance, y su capacidad de resolver problemas domésticos era, en el mejor de los casos, decorativa.

La aplicación finalmente cargó. Un formulario simple: nombre, dirección, tipo de problema, y un botón enorme que decía "LLAMAR AHORA A UN TÉCNICO DISPONIBLE".

Emme no se detuvo a pensar que quizás debería haber escrito bien su código postal. No se detuvo a pensar que quizás el "5" y el "8" se parecían demasiado cuando los tecleaba con prisa. Simplemente presionó el botón, se llevó el teléfono a la oreja, y esperó.

Un tono. Dos tonos. Tres.

-¿Sí? -respondió una voz masculina, grave, con un deje de fastidio que sugería que acababa de ser interrumpido en medio de algo importante.

-¡Hola! Por fin -soltó Emme, aliviada-. Mire, tengo una emergencia. Mi lavadora está inundando todo el apartamento y necesito que alguien venga hoy mismo, no mañana, no "en cuarenta y ocho horas hábiles", hoy.

Silencio al otro lado.

-Perdón, ¿quién es usted?

-Soy la clienta -respondió Emme, como si eso explicara todo el universo-. Acabo de pedir el servicio por la app. ¿No le llegó la notificación?

-Señorita, no tengo idea de qué aplicación habla.

Emme puso los ojos en blanco. Otro técnico incompetente que ni siquiera revisaba su propio sistema de trabajo.

-FixMe Ya. La app de reparaciones a domicilio. Usted es técnico, ¿no?

-No.

-¿Cómo que no? -Emme se detuvo en medio de la cocina, congelada-. Entonces por qué contestó, ¿es la centralita o...?

-Porque sonó mi teléfono y contesté, como hace la gente normal cuando alguien llama -respondió él, con un tono que dejaba claro que estaba disfrutando bastante de la confusión ajena-. Creo que se equivocó de número.

Emme sintió que la cara se le calentaba de vergüenza, pero rápidamente lo tapó con indignación, que era su mecanismo de defensa favorito.

-Imposible, yo marqué a través de la aplicación, no tecleé ningún número.

-Pues la aplicación le falló, porque le puedo asegurar que yo no arreglo lavadoras. Ni fregonas, ni tostadoras, ni nada que enchufe a la pared.

-Genial. Justo lo que necesitaba hoy -masculló Emme, más para sí misma que para él-. Perdone las molestias.

Estaba a punto de colgar cuando la voz volvió a hablar, esta vez con un tono ligeramente distinto. Curioso. Divertido.

-Espere.

-¿Qué?

-¿De verdad su lavadora está inundando el apartamento ahora mismo?

Emme miró hacia el pasillo, donde efectivamente se veía un hilo de agua asomando por debajo de la puerta del baño.

-Sí, literalmente en este momento hay un pequeño lago formándose en mi baño, gracias por preguntar.

-¿Y cerró la llave de paso?

Silencio.

-...¿La qué?

Un suspiro se escuchó al otro lado de la línea, cargado de una paciencia forzada.

-La llave de paso. El grifo que corta el agua que entra a la lavadora. Normalmente está detrás del electrodoméstico o cerca de la tubería.

Emme corrió hacia el baño, teléfono todavía pegado a la oreja, y efectivamente encontró una pequeña llave metálica semi escondida detrás de la lavadora. La giró con torpeza hasta que dejó de girar.

El sonido del agua cesó casi de inmediato.

-Oh. Oh, dios mío. Funcionó.

-Felicidades, acaba de resolver su propia emergencia doméstica sin necesidad de ningún técnico -dijo él, y Emme pudo jurar que estaba sonriendo, aunque no tuviera manera de comprobarlo-. De nada, por cierto.

-No le pedí ayuda.

-No, pero se la di igual. Es lo que se hace cuando alguien está a punto de convertir su casa en una piscina municipal.

Emme se apoyó contra la pared del pasillo, todavía procesando lo absurdo de la situación. Un completo desconocido, marcado por accidente, le acababa de salvar el apartamento de una inundación mayor. Debería estarle agradecida. En cambio, sentía una vergüenza ardiente combinada con una curiosidad que no supo bien cómo nombrar.

-Bueno -dijo finalmente-, gracias. De verdad. Aunque sigo sin entender cómo terminé llamándolo a usted en vez de a un técnico real.

-Las aplicaciones fallan. O usted escribió mal algo. O el universo tiene un sentido del humor particularmente cruel el día de hoy.

-¿Usted siempre habla así con desconocidas que lo llaman por error?

-Depende de si la desconocida en cuestión resulta interesante o no.

Emme frunció el ceño, aunque nadie podía verla.

-¿Y yo qué fui? ¿Interesante o una pérdida de tiempo?

-Todavía estoy decidiendo.

Había algo en su voz -una especie de arrogancia tranquila, de quien está acostumbrado a tener siempre la última palabra- que a Emme le resultó, contra toda lógica, irritantemente atractivo. Sacudió la cabeza como si eso pudiera espantar el pensamiento.

-Bueno, señor Sabelotodo de las llaves de paso, ha sido un placer, supongo. Voy a colgar antes de que decida cobrarme por el consejo.

-Perseo.

-¿Perdón?

-Mi nombre. Ya que sabe que soy un sabelotodo, lo mínimo es que sepa cómo llamarme.

Emme dudó un segundo.

-Emme.

-¿Emme, con "M"? ¿Cómo Emma pero recortada?

-Es un nombre completo, no una versión recortada de nada.

-Vale, vale, no se ofenda, señorita del lago doméstico.

-No me estoy ofendiendo, estoy-

-¿Defendiéndose con bastante intensidad? Sí, lo he notado.




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