Pasaron tres días antes de que Emme volviera a saber de Perseo. Tres días en los que se convenció a sí misma, unas quince veces distintas, de que estaba bien así, de que era lo más sano, de que una persona adulta y funcional no debía andar esperando mensajes de un desconocido que conoció por accidente gracias a una lavadora defectuosa.
Y sin embargo, cada vez que su teléfono vibraba, había una fracción de segundo -minúscula, vergonzosa, completamente irracional- en la que su estómago daba un pequeño salto antes de comprobar que era, otra vez, solo un recordatorio de que tenía que pagar la factura de la luz.
-Estás revisando el teléfono cada dos minutos -observó Costanza el miércoles por la tarde, sentada en el sofá de Emme con las piernas cruzadas y un cuaderno de bocetos ajeno abierto sobre las rodillas, fingiendo interés en los dibujos que en realidad ya había visto seis veces-. Y no es para ver mensajes de trabajo, porque cuando revisas esos pones cara de fastidio, no esta cara rara que tienes ahora.
-No tengo ninguna cara rara.
-Tienes cara de estar esperando algo.
-Tengo un plazo de entrega el viernes, Costanza. Estoy esperando la aprobación del boceto final de la editorial, nada más.
Costanza no pareció convencida en absoluto, pero por suerte para Emme, decidió dejarlo pasar, al menos por el momento, y volvió su atención al cuaderno de bocetos. Emme respiró aliviada y regresó a su propio trabajo: una serie de ilustraciones para un libro infantil sobre una jirafa que tenía miedo a las alturas, lo cual, dado su oficio, le parecía una ironía bastante particular.
No había vuelto a escribirle a Perseo desde la mañana del malentendido, cuando Costanza había descubierto el mensaje sobre su hombro. Y él tampoco había vuelto a escribir. Lo cual estaba bien. Perfectamente bien. Era exactamente lo que debía pasar entre dos desconocidos que se habían topado por accidente: un breve intercambio curioso, y luego nada, el silencio natural de dos vidas que no tenían por qué cruzarse de nuevo.
Entonces, ¿por qué la ausencia de mensajes se sentía como una pequeña decepción constante, un picor persistente en algún lugar de su pecho que se negaba a explicarse?
Ese jueves por la noche, mientras Emme preparaba una taza de té y consideraba seriamente rendirse con el boceto de la jirafa por esa noche, su teléfono finalmente vibró. Esta vez no era un mensaje.
Era una llamada.
El mismo número sin nombre.
Emme se quedó mirando la pantalla durante tres tonos completos, debatiendo internamente si contestar o dejar que sonara hasta el buzón de voz, como si eso demostrara algún tipo de dignidad o control sobre la situación. Al cuarto tono, cedió.
-¿Sí?
-Necesito que sepa que acabo de tener la conversación más absurda de mi semana con un contratista que insiste en que el hormigón necesita "descansar" antes de continuar la obra, como si fuera una persona cansada y no un material de construcción.
Emme parpadeó, sorprendida por la naturalidad con la que él había empezado a hablar, como si hubieran estado en medio de una conversación que simplemente se había pausado por tres días y ahora retomaba sin ningún tipo de introducción.
-Hola a usted también, Perseo.
-Hola. Ahora, cuénteme, ¿el hormigón descansa o no descansa? Necesito una segunda opinión que no me esté cobrando por hora.
-No tengo ni la más remota idea de construcción. Soy ilustradora, ¿recuerda? Mi día a día consiste en decidir si una jirafa de dibujos animados debe tener las pestañas más largas o más cortas.
-Ah, cierto. La ilustradora de crisis existenciales de jirafas.
-Es un libro sobre superar el miedo, no una crisis existencial.
-Suena exactamente igual de dramático dicho así.
Emme se sentó en el sofá, con la taza de té todavía caliente entre las manos, y notó que Costanza, que seguía en el otro extremo del sillón fingiendo revisar su propio teléfono, había levantado la mirada con un interés apenas disimulado.
-¿Y a qué se dedica usted, aparte de interrogar a contratistas sobre las necesidades emocionales del hormigón?
Hubo una pausa breve al otro lado de la línea. No larga, pero sí notable, como si él estuviera decidiendo cuánto quería revelar.
-Construcción. Trabajo en el negocio familiar.
-Qué específico.
-Prefiero mantener cierto misterio. Usted podría ser una asesina en serie que se especializa en engañar a hombres inocentes con historias de lavadoras inundadas.
-Le recuerdo que usted me llamó primero esta vez. Si alguien está siendo el acosador aquí, es usted.
-Toque válido.
Emme sonrió, sin poder evitarlo, y dio un sorbo a su té mientras Costanza, al otro lado del sofá, empezaba a hacer gestos exagerados con las cejas que Emme decidió ignorar completamente.
-Entonces -continuó Perseo-, ¿logró entregar lo que sea que tenía que entregar? ¿O sigue procrastinando con las pestañas de la jirafa?
-¿Cómo sabe que estoy procrastinando?
-Porque contestó al teléfono en menos de cuatro tonos un jueves por la noche. La gente que está trabajando de verdad no contesta tan rápido.
-Eso es una generalización completamente injusta.
-¿Tengo razón o no tengo razón?
Emme suspiró, derrotada. Tenía razón, otra vez, y eso empezaba a ser un patrón molesto en la corta pero intensa historia de su relación con este hombre.
-Tengo el boceto casi terminado. Solo estoy... revisando detalles.
-Osea, procrastinando.
-Revisando detalles con mucho cuidado y profesionalismo.
-Como quiera llamarlo.
Costanza, incapaz de contenerse más, se inclinó hacia adelante y susurró, lo suficientemente alto como para que el micrófono probablemente lo captara: "¿Es él? ¿Es el chico de la llamada?" Emme le lanzó una mirada de advertencia que Costanza ignoró olímpicamente, sonriendo con malicia.
-¿Tiene compañía? -preguntó Perseo, con un tono que sonaba genuinamente curioso-. Escuché una voz.
Editado: 08.10.2026