La tercera semana de conversaciones trajo consigo un ritmo que Emme empezaba a reconocer como peligrosamente cómodo. Se despertaba y, antes incluso de revisar sus correos de trabajo, revisaba si había algún mensaje nuevo de Perseo. Se acostaba tarde, mucho más tarde de lo que su cuerpo agradecía, enredada en conversaciones que empezaban con un comentario trivial sobre el clima y terminaban, dos horas después, hablando sobre miedos de infancia o recuerdos de universidad.
Era, como Costanza no se cansaba de repetir, sospechosamente parecido a estar en una relación.
-¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto? -le dijo Emme un martes por la tarde, mientras las dos caminaban de regreso del mercado con bolsas de verduras colgando de los brazos-. Ni siquiera sé su apellido completo. Sé su nombre, sé que le gusta la historia, sé que odia la piña en la pizza con una pasión que roza lo patológico, sé que su empresa construye edificios. Pero no sé su apellido.
-¿Se lo has preguntado?
-Como quince veces. Siempre cambia de tema.
Costanza frunció el ceño, ajustando las bolsas en sus brazos mientras esquivaban a un grupo de turistas detenidos en medio de la acera fotografiando una fachada cualquiera.
-Eso es raro, Emme. No "raro simpático", raro de verdad. ¿No te preocupa un poco?
Emme había pensado en eso, más de lo que estaba dispuesta a admitir. Había noches en las que, después de colgar el teléfono, se quedaba mirando el techo preguntándose si estaba siendo ingenua, si había algo más detrás de ese misterio cuidadosamente mantenido que Perseo insistía en proteger. Pero cada vez que la sospecha empezaba a crecer, él decía algo -una broma perfectamente calibrada, un fragmento inesperado de vulnerabilidad, una pregunta genuina sobre su día- que disolvía la desconfianza casi por completo.
-No creo que sea nada siniestro -dijo finalmente Emme, aunque su tono sonaba menos convencido de lo que hubiera querido-. Creo que tiene sus razones. Dijo algo sobre "complicaciones" la primera vez que le pregunté sobre fotos.
-¿Complicaciones cómo qué? ¿Está casado? ¿Tiene una identidad secreta? ¿Es un criminal internacional?
-Costanza.
-Solo estoy enumerando posibilidades.
-Ninguna de esas cosas suena remotamente probable.
-La gente esconde su apellido por una de tres razones, Emme: son famosos y no quieren que los busques en Google, están casados y no quieren que descubras que tienen esposa, o tienen algo que ocultar que es mucho peor que cualquiera de esas dos opciones.
La afirmación se quedó flotando entre ellas el resto del camino a casa, y aunque Emme intentó descartarla con la misma facilidad con la que descartaba la mayoría de las teorías conspirativas de Costanza, no pudo evitar que un hilo de duda se instalara en algún rincón de su mente.
Esa noche, cuando Perseo llamó como solía hacer casi todas las noches ya, Emme decidió, contra su mejor juicio, presionar el tema una vez más.
-Tengo una pregunta -dijo, después de que hubieran hablado durante casi media hora sobre un documental que ambos habían visto por separado sin saberlo.
-Adelante.
-¿Por qué no quieres decirme tu apellido?
El silencio que siguió fue más largo de lo habitual, lo suficiente como para que Emme se preguntara si la llamada se había cortado.
-¿Perseo?
-Sigo aquí. Solo... pensando cómo explicarlo sin sonar como si estuviera escondiendo algo terrible, porque no lo estoy.
-Entonces dime.
-Mi apellido es... reconocible. En esta ciudad, al menos. Y cuando la gente lo reconoce, cambia. Cambia la forma en que me habla, me trata, me mira. Deja de ver a la persona y empieza a ver el apellido, lo que representa, lo que puede significar para ellos conocerme.
Emme frunció el ceño, sentada en el borde de su cama con las piernas cruzadas.
-¿Eres famoso o algo así?
-No exactamente famoso. Pero sí... conocido. En ciertos círculos.
-Eso es todavía más vago que antes.
-Lo sé. Y lo siento. Pero contigo, estas últimas semanas, ha sido la primera vez en mucho tiempo que alguien me habla sin ese filtro de por medio. Sin calcular cada palabra, sin intentar impresionarme o sacar algo de mí. Y no quiero que eso cambie todavía.
Había algo genuinamente vulnerable en la manera en que lo dijo, un tono que Emme no había escuchado antes de él, y sintió que su irritación inicial se disolvía en algo más parecido a la comprensión, aunque la curiosidad seguía ahí, latente, sin resolverse.
-Está bien -dijo finalmente-. No voy a presionar más. Pero, Perseo, en algún momento vas a tener que decirme quién eres realmente. No puedo... -se detuvo, buscando las palabras correctas-. No puedo seguir invirtiendo tiempo, y honestamente, sentimientos, en alguien que es básicamente un fantasma con voz.
-Lo sé. Y te prometo que llegará el momento. Solo... dame un poco más de tiempo.
-¿Cuánto tiempo?
-El necesario para estar seguro de que, cuando lo sepas, no vas a salir corriendo.
La frase se quedó resonando en la mente de Emme mucho después de que colgaran esa noche, cargada de un peso que no supo bien cómo interpretar. ¿Qué clase de secreto requería tanta cautela? ¿Qué podía ser tan grave como para que un hombre inteligente, gracioso, aparentemente decente, sintiera la necesidad de ocultarlo con tanto cuidado?
***
Al otro lado de la ciudad, Perseo colgó el teléfono y se quedó sentado en su despacho, mirando por la ventana las luces de la ciudad que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Renata, que se había quedado trabajando hasta tarde revisando unos documentos, entró sin llamar, como solía hacer cuando ya llevaba suficientes años trabajando para él como para saltarse las formalidades.
-Sigues hablando con ella -dijo, no como pregunta sino como afirmación, dejando una carpeta sobre el escritorio.
-Sí.
-¿Y sigues sin decirle quién eres?
Perseo no respondió de inmediato, frotándose los ojos con cansancio.
Editado: 08.10.2026