El lunes siguiente, Emme se despertó con la sensación extraña de estar viviendo dentro de una cuenta regresiva que ella misma no había pedido pero que, de alguna manera, se había convertido en el centro gravitacional de su semana. Catorce días. Trece, ahora, técnicamente, si contaba desde la medianoche.
-Estás llevando la cuenta -afirmó Costanza, sin necesidad de preguntar, cuando Emme mencionó distraídamente que "faltaban trece días" mientras revisaban juntas unos correos de la editorial.
-No estoy llevando ninguna cuenta.
-Emme, lo acabas de decir en voz alta, sin que yo mencionara nada sobre fechas.
Emme se sonrojó ligeramente y volvió su atención a la pantalla del ordenador, donde un correo de su editora esperaba respuesta sobre las últimas correcciones del erizo acuafóbico, cuyo nombre habían decidido finalmente sería Ricci, en un juego de palabras que a Emme le seguía pareciendo más ingenioso de lo que probablemente era.
-Solo digo -continuó Costanza, sin dejarse disuadir por el silencio de su amiga- que has organizado tu semana entera alrededor de una fecha límite que te dio un hombre sin apellido para revelarte información básica sobre sí mismo. Si le dieras la vuelta a la situación, ¿no te parecería un poco... preocupante?
-Cuando lo dices así suena peor de lo que es.
-Lo estoy diciendo exactamente como es.
Emme suspiró, cerrando el portátil con más fuerza de la necesaria, y se giró para mirar a Costanza directamente.
-Mira, sé que suena raro. Sé que si alguien más me contara esta historia, probablemente le diría que huyera en dirección contraria. Pero cuando hablo con él, Costanza, no se siente raro. Se siente como... -buscó las palabras correctas, consciente de lo cursi que iba a sonar antes incluso de decirlo- como si finalmente hubiera encontrado a alguien que me entiende sin que tenga que explicarme demasiado.
Costanza suavizó su expresión, dejando a un lado momentáneamente su papel de amiga escéptica.
-Solo no quiero que te lastimen. Eso es todo. Llevas semanas invirtiendo tiempo, energía, sentimientos, en alguien que técnicamente podría ser cualquier persona.
-Lo sé. Créeme, lo sé mejor que nadie.
***
Esa tarde, mientras Emme trabajaba en los últimos detalles de las ilustraciones de Ricci el erizo, su teléfono vibró con un mensaje que rompió el patrón habitual de sus conversaciones.
"¿Tienes planes el sábado?"
Emme se quedó mirando la pantalla, el corazón acelerándose de una manera que le pareció completamente desproporcionada para una pregunta tan simple.
"Nada específico. ¿Por qué?"
"Hay un evento. Una gala benéfica que mi empresa patrocina todos los años. Va a estar lleno de gente aburrida hablando de dinero, pero pensé que tal vez..."
El mensaje se cortó ahí, sin terminar, y Emme esperó, con el teléfono sujeto con ambas manos, hasta que llegó el siguiente.
"Pensé que tal vez podríamos vernos ahí. En persona. Es un evento grande, con mucha gente, así que si las cosas se sienten raras, siempre hay una salida fácil sin que sea demasiado incómodo."
Emme sintió que el estómago le daba un vuelco, una mezcla vertiginosa de emoción y pánico que no supo bien cómo procesar de inmediato.
"¿Estás diciendo que finalmente nos vamos a conocer?"
"Estoy diciendo que estoy considerando la posibilidad, si tú también quieres."
"¿Y tu 'situación de trabajo'? Pensé que dijiste que necesitabas resolver algo antes de fin de mes."
"La sigo resolviendo. Pero pensé que tal vez no necesitamos esperar hasta que todo esté perfectamente ordenado para vernos, al menos una vez, aunque no te diga todavía mi apellido completo esa noche."
Emme leyó el mensaje tres veces, sintiendo que las implicaciones se asentaban lentamente. Una gala benéfica. Gente hablando de dinero. Un evento patrocinado por su empresa. Todo eso sugería un mundo mucho más grande, mucho más formal, de lo que había imaginado hasta entonces para Perseo, un hombre que hasta ese momento existía para ella principalmente como una voz en su teléfono y un conjunto de mensajes de texto llenos de sarcasmo.
"¿Cómo se supone que te reconozca si ni siquiera sé tu apellido, y mucho menos qué aspecto tienes?"
"Llevaré algo distintivo. Y te enviaré la ubicación exacta donde voy a estar parado. No es tan complicado como suena, lo prometo."
"¿Y qué se supone que haga yo? ¿Aparecer sola en medio de una gala llena de desconocidos ricos, buscando a un hombre misterioso que reconoceré solo por una señal predeterminada, como en una mala película de espías?"
"Cuando lo dices así, suena mucho más dramático de lo que pretendía que fuera."
"Es exactamente así de dramático, Perseo."
Hubo una pausa, y luego llegó otro mensaje, esta vez con un tono ligeramente distinto, más vulnerable.
"Entiendo si te parece demasiado extraño, o si prefieres esperar hasta que pueda darte información más concreta de antemano. No quiero presionarte a hacer algo con lo que no te sientas cómoda."
Emme se quedó mirando la pantalla, debatiendo internamente. Una parte de ella -la parte razonable, la parte que probablemente coincidía con cada advertencia que Costanza le había dado en las últimas semanas- le decía que aceptar era una idea terrible, aparecer sola en un evento social de una escala que claramente no comprendía del todo, para encontrarse con un hombre que seguía sin revelarle información básica sobre sí mismo.
Pero otra parte, mucho más fuerte, mucho más insistente, ya estaba imaginando el momento: la primera vez que escucharía esa voz, no a través de un teléfono sino en el aire, cerca de ella, real y tangible de una manera que ninguna llamada había logrado replicar del todo.
"Voy a necesitar que me digas exactamente qué llevar. No tengo ropa de gala escondida en el armario, para que lo sepas."
"¿Eso es un sí?"
"Es un 'lo estoy considerando seriamente', que en mi idioma es prácticamente un sí."
Editado: 08.10.2026