El sábado amaneció con un cielo despejado que Emme interpretó, quizás con demasiada superstición, como una buena señal. Se despertó temprano, mucho antes de que fuera necesario, y pasó las primeras horas de la mañana en un estado de nerviosismo que oscilaba entre la emoción pura y algo peligrosamente parecido al pánico.
-Respira -le dijo Costanza, que había llegado a las cuatro de la tarde, a pesar de que el evento no empezaba hasta las ocho, con la firme convicción de que Emme necesitaría "supervisión profesional" durante todo el proceso de arreglarse-. Literalmente te until veo respirando de forma rara.
-Estoy respirando normal.
-Estás respirando como alguien a punto de dar un examen final que no estudió.
Emme se rió, a pesar de los nervios, y se dejó caer en la silla frente al espejo de su tocador, donde Costanza había desplegado una cantidad impresionante de productos de maquillaje que Emme ni siquiera sabía que su amiga poseía.
-¿De dónde sacaste todo esto?
-Tengo mis recursos. Ahora quédate quieta, voy a intentar convertirte en la versión más sofisticada de ti misma que sea posible en las próximas tres horas.
El proceso de arreglarse se convirtió en una especie de ritual terapéutico, con Costanza narrando cada paso mientras aplicaba sombra de ojos, delineador, un labial de un tono rojo oscuro que Emme jamás se hubiera atrevido a elegir por sí sola pero que, una vez aplicado, hacía que sus rasgos resaltaran de una manera que apenas reconocía. El vestido verde esmeralda, cuando finalmente se lo puso, pareció transformar por completo su reflejo en el espejo: ya no era Emme la ilustradora freelance con sudaderas y el pelo siempre recogido en un moño desordenado, sino una versión más elegante, más segura, de sí misma.
-Estás preciosa -dijo Costanza, con una sinceridad que hizo que a Emme se le humedecieran ligeramente los ojos-. En serio, Emme. Si este hombre no se queda sin palabras en cuanto te vea, hay algo seriamente mal con él.
-Gracias, Costanza. Por todo esto. No hubiera podido hacerlo sin ti.
-Para eso estamos las amigas. Ahora, ¿tienes todo? ¿Teléfono, cargado al cien por ciento? ¿Dinero para un taxi de emergencia si las cosas se ponen raras? ¿Mi número marcado y listo para llamar con solo presionar un botón?
-Todo listo.
-Entonces, ve. Y llámame en cuanto puedas, quiero detalles inmediatos.
***
El salón donde se celebraba la gala benéfica -un hotel imponente en el corazón del distrito financiero de la ciudad, con fachada de mármol y un vestíbulo que parecía sacado de una película- dejó a Emme momentáneamente sin aliento en cuanto bajó del taxi. Nunca había estado en un lugar así, con valet parking, alfombras rojas extendidas hasta la entrada, y un flujo constante de personas vestidas con una elegancia que hacía que su propio vestido, por bonito que fuera, se sintiera de repente insuficiente.
Respiró profundamente, ajustó el pequeño bolso bajo su brazo, y entró.
El interior era, si acaso, todavía más abrumador: un salón de baile enorme, decorado con arreglos florales que probablemente costaban más que el alquiler mensual de Emme, mesas cubiertas con manteles blancos impecables, y cientos de invitados -literalmente cientos- conversando en pequeños grupos con copas de champán en la mano, sus voces mezclándose en un murmullo constante que llenaba el espacio hasta el techo abovedado.
Emme sintió que el pánico empezaba a instalarse en su pecho. ¿Cómo se suponía que iba a encontrar a un solo hombre, con una corbata específica, en medio de todo esto?
Recordó las instrucciones de Perseo: cerca de la entrada principal, junto a la mesa de bienvenida. Se abrió paso entre los grupos de invitados, disculpándose cada vez que rozaba accidentalmente a alguien, hasta llegar a una mesa larga cerca de la puerta donde una mujer con un vestido negro entregaba tarjetas con nombres a los recién llegados.
No había ningún hombre con corbata de estrellas doradas a la vista.
Emme revisó su teléfono. Sin mensajes nuevos. Eran las ocho y cuarto; el evento técnicamente ya había comenzado. Decidió esperar unos minutos más, apostada cerca de la mesa, observando el flujo constante de invitados que entraban, cada uno más elegante que el anterior, buscando entre los trajes negros algún destello de azul marino con estrellas.
Pasaron diez minutos. Luego quince. Emme empezó a sentir que la ansiedad se transformaba lentamente en algo más parecido a la irritación, mezclada con una vergüenza creciente por estar parada sola, obviamente esperando a alguien, mientras el resto de los invitados se movía con la confianza de quienes pertenecían genuinamente a ese mundo.
Sacó su teléfono y le escribió: "Estoy aquí, cerca de la mesa de bienvenida. ¿Dónde estás?"
No hubo respuesta inmediata.
Cinco minutos más. Emme releyó el mensaje, preguntándose si debería llamar directamente en lugar de esperar una respuesta escrita. Decidió intentarlo. El teléfono sonó, una vez, dos veces, tres veces, hasta que finalmente se fue al buzón de voz.
Un nudo de inquietud empezó a formarse en el estómago de Emme. Esto no era propio de Perseo. En las semanas que llevaban hablando, él siempre había sido puntual con sus respuestas, incluso en los días más ocupados de trabajo. Que no contestara, que no respondiera ni siquiera un mensaje de texto simple, no encajaba con el patrón que había llegado a conocer tan bien.
Decidió moverse, alejándose de la mesa de bienvenida y adentrándose más en el salón, escaneando cada rostro masculino que pasaba cerca, cada corbata, buscando algún indicio de estrellas doradas entre el mar de trajes negros idénticos. El salón era enorme, dividido en varias secciones -una zona de cócteles, mesas para la cena que aún no había comenzado, un área cerca de un escenario donde presumiblemente habría discursos más tarde-, y la tarea de encontrar a una sola persona entre cientos empezaba a sentirse cada vez más imposible.
Editado: 08.10.2026