Ring, Ring Llama El Amor

Capítulo 7 - El padre

La llamada llegó un martes por la mañana, mientras Perseo revisaba los últimos documentos relacionados con el cierre de la investigación sobre la obra, sintiendo por primera vez en semanas una sensación de alivio genuino ante la perspectiva de que las cosas finalmente empezaban a estabilizarse. Fue Renata quien entró a su despacho con una expresión que él reconoció de inmediato como distinta a cualquier otra que le hubiera visto antes: pálida, tensa, con las manos ligeramente temblorosas alrededor del teléfono que sostenía.

-Perseo, es tu padre. Colapsó esta mañana en su casa. Lo están llevando al hospital ahora mismo.

El mundo de Perseo se detuvo por una fracción de segundo, el documento que sostenía deslizándose de sus manos hasta caer olvidado sobre el escritorio.

-¿Qué pasó? ¿Está...?

-Está vivo, según el ama de llaves que lo encontró. Pero no sabemos más que eso todavía. Necesitas ir al hospital ahora.

Los siguientes minutos transcurrieron en una neblina confusa de movimiento: Perseo tomando su chaqueta, bajando las escaleras del edificio corporativo en lugar de esperar el ascensor, subiendo a su auto con Renata acompañándolo porque, según sus propias palabras, "no vas a conducir en el estado en el que estás, y no voy a discutir esto contigo".

El hospital, cuando llegaron, estaba lleno de ese silencio particular de las salas de emergencia, un murmullo constante de actividad médica entrelazado con la ansiedad palpable de las familias esperando noticias. Perseo se encontró sentado en una sala de espera durante lo que se sintieron como horas interminables, aunque el reloj en la pared insistía en que solo habían pasado cuarenta minutos, mientras los médicos evaluaban el estado de su padre.

Cuando finalmente un doctor salió a hablar con él, las noticias fueron una mezcla ambigua de alivio y preocupación: un infarto, no masivo pero tampoco menor, que requeriría cirugía y un período de recuperación considerable. Su padre sobreviviría, pero la recuperación completa tomaría semanas, posiblemente meses, y durante ese tiempo, la responsabilidad completa de la constructora Lombardo Ferrara recaería exclusivamente sobre los hombros de Perseo, sin el respaldo, aunque fuera parcial, que su padre normalmente proporcionaba desde las sombras.

Esa noche, exhausto, sentado en la sala de espera del hospital mientras su padre permanecía en observación después de la cirugía, Perseo sacó su teléfono y vio, por primera vez en todo el día, los mensajes acumulados de Emme, cada uno más preocupado que el anterior a medida que las horas pasaban sin respuesta de su parte.

"¿Todo bien? No es normal que no contestes en todo el día."

"Perseo, empiezo a preocuparme. ¿Pasó algo?"

"Por favor, avísame que estás bien, aunque sea con un mensaje corto."

Con las manos cansadas y el corazón todavía acelerado por las horas de tensión acumulada, Perseo marcó su número, necesitando escuchar su voz de una manera que no había anticipado sentir con tanta urgencia hasta ese momento exacto.

-¿Perseo? Dios mío, ¿estás bien? Llevo todo el día preocupada.

-Mi padre tuvo un infarto esta mañana -dijo, su voz quebrándose ligeramente de una manera que rara vez permitía que ocurriera-. Está bien, va a sobrevivir, pero necesitó cirugía, y ahora... ahora todo el peso de la empresa recae sobre mí, al menos durante los próximos meses mientras se recupera.

-Perseo, lo siento tanto. ¿Estás en el hospital ahora?

-Sí. Está en observación, dormido por la anestesia. Renata se fue hace una hora, insistí en que no necesitaba quedarse toda la noche, pero honestamente... honestamente estoy aterrado, Emme. No sé si estoy preparado para esto. Manejar la empresa completamente solo, sin él, aunque sea temporalmente.

-Vas a estar bien. Vas a poder con esto, Perseo. Has estado prácticamente dirigiendo las cosas tú solo durante semanas con toda la crisis de la obra.

-Esto es distinto. Esto es... permanente, o al menos se siente así en este momento. Y significa que la promesa de vernos en cinco días, ya no va a poder cumplirse. No puedo, Emme. No en medio de todo esto.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, y Perseo se preparó mentalmente para la decepción que esperaba escuchar, para la frustración legítima de alguien que había esperado pacientemente durante semanas solo para ver la promesa postergada una vez más.

Pero en cambio, la voz de Emme llegó suave, comprensiva, sin ningún rastro del resentimiento que él había anticipado.

-Perseo, tu padre está en el hospital. Eso es infinitamente más importante que cualquier plan que hayamos hecho. No te preocupes por mí en este momento, preocúpate por él, por ti, por manejar todo lo que se viene. Yo voy a estar aquí cuando estés listo, sin importar cuánto tiempo tome.

Perseo sintió que algo en su pecho se aflojaba, un peso que ni siquiera había notado que estaba cargando hasta que las palabras de Emme lo aliviaron.

-Gracias, Emme. De verdad. No sabes lo mucho que significa escuchar eso ahora mismo.

-Estoy aquí para lo que necesites. Aunque sea solo para escuchar, para distraerte un poco de todo esto, lo que sea que te ayude.

Hablaron durante casi una hora más, Emme guiando suavemente la conversación hacia temas más ligeros cuando notaba que Perseo necesitaba un respiro del peso de la situación, escuchando pacientemente cuando él necesitaba simplemente procesar en voz alta el miedo y la incertidumbre que sentía ante la perspectiva de manejar solo un imperio empresarial que llevaba generaciones construyéndose.

***

Los días siguientes trajeron consigo un nuevo ritmo de vida para Perseo, uno mucho más agotador que cualquier cosa que hubiera experimentado durante la crisis de la obra semanas atrás. Visitas diarias al hospital para ver a su padre, quien permanecía débil pero estable, reuniones interminables con la junta directiva de la empresa que, aunque respetuosos, dejaban claro con cada pregunta cuidadosamente formulada que dudaban de la capacidad de Perseo para manejar solo las riendas del negocio familiar.




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