Ring, Ring Llama El Amor

Capítulo 8 - La cena que casi fue

Los diez días que Perseo había pedido para organizar la cena transcurrieron con una precisión casi militar de su parte, un contraste notable respecto al caos que había dominado las semanas anteriores. Cada noche, en sus llamadas con Emme, evitaba cuidadosamente dar detalles específicos sobre sus planes, limitándose a sonreír -algo que ella podía percibir incluso a través del teléfono, en el tono particular que adoptaba su voz- cada vez que ella intentaba sonsacarle información.

-No vas a lograr que te lo diga -le advirtió una noche, cuando Emme había intentado, sin éxito, adivinar la fecha exacta mediante un proceso de eliminación basado en su agenda laboral-. Vas a tener que esperar la sorpresa como cualquier persona normal.

-Nunca he sido buena esperando sorpresas. Es un defecto de carácter que Costanza me señala constantemente.

-Entonces esta va a ser una excelente oportunidad para practicar la paciencia.

-Te odio un poco en este momento.

-No es cierto, y ambos lo sabemos.

Emme rio, acomodada en su cama con las luces apagadas, sintiendo esa calidez familiar que las conversaciones con Perseo habían llegado a producirle, una sensación de hogar construida enteramente a través de palabras y silencios compartidos por teléfono.

-¿Puedo preguntarte algo, aunque sea tangencialmente relacionado con la sorpresa?

-Depende de qué tan tangencial sea.

-¿Debería preparar algo específico? ¿Ropa formal, informal? Solo para no aparecer completamente desconectada de lo que sea que tengas planeado.

Perseo se quedó en silencio un momento, considerando la pregunta.

-El vestido que Fioralba te entregó. Ese sería perfecto.

El corazón de Emme dio un vuelco al escuchar la confirmación, la anticipación instalándose con fuerza renovada en su pecho.

-Entonces va a ser algo elegante.

-Algo íntimo, más que elegante. Pero sí, el vestido va a quedar perfecto para la ocasión.

***

Mientras tanto, la vida en la constructora Lombardo Ferrara continuaba exigiendo una atención constante que Perseo apenas lograba equilibrar con sus visitas diarias al hospital y la planificación cuidadosa de la cena que se acercaba. Su padre, aunque todavía débil, había empezado a mostrar signos de una recuperación más sólida, lo suficiente como para que los médicos hablaran, con cautela optimista, de un alta hospitalaria en los próximos días.

-Vas a tener que aprender a delegar más -le dijo su padre una tarde, durante una de las visitas de Perseo, su voz todavía débil pero con un tono de autoridad que ni siquiera un infarto había logrado suavizar del todo-. No puedes seguir intentando controlar cada aspecto de la empresa tú solo. Eso fue mi error durante años, y mira dónde terminé.

Perseo se sorprendió ante la honestidad inusual de su padre, un hombre que rara vez admitía debilidades o errores de cualquier tipo.

-Estoy aprendiendo, papá. Poco a poco.

-Renata me contó sobre esta chica. La del teléfono.

Perseo sintió que se tensaba ligeramente, sin saber exactamente qué esperar de la reacción de su padre ante esta información.

-Se llama Emme. Y sí, hemos estado hablando durante algunas semanas.

-¿Sabe quién eres? ¿Todo lo que eso implica?

-Sabe mi apellido. Sabe de la empresa. No sabe todos los detalles todavía, pero planeo contárselos pronto, cuando finalmente nos veamos en persona.

Su padre lo observó con una expresión pensativa, la misma mirada evaluadora que Perseo recordaba de toda su infancia, cuando cada logro, cada decisión, parecía ser sometida a un escrutinio silencioso pero constante.

-Ten cuidado, hijo. Hay mucha gente en este mundo que ve nuestro apellido antes de vernos a nosotros.

-Lo sé, papá. Pero ella no es así. Llevamos semanas hablando sin que supiera nada sobre el dinero o la empresa, y la conexión ya estaba ahí, antes de que ninguno de esos factores entrara en juego.

Su padre asintió lentamente, algo parecido a la aprobación cruzando brevemente su rostro cansado.

-Entonces tal vez valga la pena el riesgo. Pero no dejes que el trabajo, ni yo, ni nada de esto -hizo un gesto vago hacia la habitación del hospital, hacia todo lo que representaba- se interponga en el camino de algo que realmente valga la pena. Yo cometí ese error con tu madre más veces de las que quisiera admitir. No lo repitas.

Las palabras se quedaron resonando en la mente de Perseo mucho después de salir del hospital esa tarde, un recordatorio inesperado de que, detrás de la fachada estricta y exigente que su padre siempre había proyectado, existía también una sabiduría ganada a través de arrepentimientos propios.

***

Cinco días antes de la fecha planeada para la cena, Emme recibió una llamada de su editora que, aunque emocionante en teoría, llegó con una complicación logística que amenazaba con interponerse directamente en los planes cuidadosamente construidos por Perseo.

-Necesitamos que viajes al estudio de animación la próxima semana -le informó su editora, con ese tono entusiasta que las buenas noticias profesionales solían llevar-. Es solo un viaje de tres días, para las reuniones iniciales de preproducción, pero es importante que estés presente en persona para establecer la visión creativa del proyecto.

-¿Qué días exactamente? -preguntó Emme, sintiendo que el estómago se le encogía ante la posibilidad de un conflicto de fechas.

-Saldrías el jueves, regresarías el domingo. Sé que es con poco margen de anticipación, pero el equipo de animación tiene una ventana muy específica de disponibilidad.

El jueves. La cena de Perseo, según sus cálculos basados en los diez días que él había mencionado, caería probablemente ese mismo fin de semana, aunque él todavía no le había confirmado la fecha exacta.

Esa noche, cuando Perseo llamó, Emme abordó el tema con una ansiedad que no pudo ocultar completamente.

-Tengo que viajar la próxima semana. Jueves a domingo, para las reuniones de preproducción del proyecto de animación. Y no sé si eso va a chocar con tus planes.




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