Las semanas que siguieron a la cena con el padre de Perseo trajeron consigo un nuevo ritmo para la relación, uno que Emme fue aprendiendo a navegar con una mezcla de determinación y ansiedad persistente. Se veían con más frecuencia ahora, generalmente en el apartamento de Emme o en el ático de Perseo, evitando deliberadamente lugares públicos que pudieran atraer la atención de fotógrafos oportunistas, un patrón de cautela que, aunque necesario, empezaba a sentirse como una especie de reclusión forzada que ninguno de los dos había elegido conscientemente.
-¿No te cansa esto? -le preguntó Emme una noche, acurrucada junto a Perseo en el sofá de su apartamento, viendo una película que ninguno de los dos estaba realmente siguiendo con atención-. Tener que planear cada salida como si fuera una operación militar, evitando ciertas calles, ciertos restaurantes, por miedo a que alguien nos reconozca.
-Me cansa, sí. Pero prefiero esto a que tengas que lidiar con más ataques como los que recibiste después del parque.
Emme asintió, recordando con un escalofrío residual los días posteriores al incidente, cuando su nombre completo había circulado brevemente en algunos foros de chismes, acompañado de especulaciones sobre su vida personal, su carrera, incluso fotografías antiguas de sus redes sociales que alguien había desenterrado y compartido sin su consentimiento.
-Es solo que... extraño la simplicidad de cuando solo hablábamos por teléfono. Sé que suena raro, considerando que ahora finalmente podemos estar juntos en persona, pero había algo más fácil en esa versión de nosotros, sin todo este peso adicional.
-Lo entiendo completamente. Yo también extraño esa simplicidad, a veces. Pero, Emme, creo que también hemos ganado algo invaluable al finalmente conocernos en persona. Cosas que ninguna llamada telefónica podría haber capturado.
Como si quisiera demostrar su punto, se inclinó y la besó suavemente, un gesto que, después de semanas de práctica, ya no llevaba la torpeza nerviosa de sus primeros encuentros físicos, sino una familiaridad cálida que hacía que Emme sintiera que, a pesar de todas las complicaciones externas, el núcleo de lo que compartían seguía siendo tan sólido como siempre.
***
Fue durante esas semanas que Emme también empezó a notar un patrón preocupante en su propia vida profesional: mientras que antes su trabajo como ilustradora había sido evaluado exclusivamente por su mérito artístico, ahora empezaba a recibir solicitudes de entrevistas y colaboraciones que, al examinarlas con más cuidado, parecían motivadas menos por interés genuino en su trabajo y más por la curiosidad pública sobre su relación con Perseo.
-Esto me hace sentir mal -le confesó a Costanza, mostrándole un correo de una revista de estilo de vida que solicitaba una "entrevista exclusiva sobre el proceso creativo de la ilustradora que ha conquistado el corazón del heredero Lombardo Ferrara"-. Quiero que la gente valore mi trabajo por sí mismo, no porque estoy relacionada con alguien famoso.
-Es una preocupación válida, Emme. Pero también creo que puedes usar esta atención de manera estratégica, si quieres. Podrías aceptar algunas entrevistas selectivas, enfocadas genuinamente en tu trabajo, y usar la plataforma para dirigir la atención hacia tu carrera en lugar de simplemente hacia tu relación.
Emme consideró la sugerencia, reconociendo la sabiduría práctica detrás de ella, aunque la idea de exponerse todavía más públicamente seguía generándole una ansiedad considerable.
Esa noche, cuando discutió el tema con Perseo, él ofreció una perspectiva similar, aunque matizada por su propia experiencia navegando la atención pública durante toda su vida adulta.
-La atención no va a desaparecer, Emme, sin importar cuánto intentemos evitarla. Pero puedes tener cierto control sobre cómo se presenta la narrativa, si decides participar selectivamente en lugar de permanecer completamente en silencio, lo cual a veces puede generar todavía más especulación.
-¿Tú lo has hecho? ¿Participar selectivamente en entrevistas para controlar la narrativa?
-Constantemente, desde que tenía como veinte años. No es agradable, pero se convierte en una especie de habilidad necesaria cuando tu vida está bajo escrutinio público de esta manera.
Emme finalmente decidió aceptar una entrevista, cuidadosamente seleccionada por su enfoque genuino en el arte y la ilustración más que en el chisme relacional, con una revista de diseño respetada que había mostrado interés en su trabajo mucho antes de que su relación con Perseo se hiciera pública.
La entrevista, cuando finalmente se publicó dos semanas después, resultó ser una experiencia sorprendentemente positiva: el periodista había mantenido su enfoque prometido en el proceso creativo de Emme, su inspiración para los personajes de sus libros infantiles, su trayectoria como ilustradora freelance, con solo una mención breve y respetuosa hacia el final sobre su relación actual, sin profundizar innecesariamente en detalles privados.
-Esto es exactamente lo que necesitaba -le dijo a Costanza, releyendo el artículo publicado con una satisfacción genuina-. Sentir que mi trabajo sigue siendo reconocido por su propio mérito, no solo como una nota al pie en la historia de otra persona.
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Sin embargo, no todas las complicaciones que surgieron durante esas semanas fueron tan fácilmente manejables. Un mes después de la cena con el padre de Perseo, mientras la relación parecía estar encontrando un ritmo sostenible entre la privacidad necesaria y la aceptación gradual de cierta exposición pública, Emme recibió una llamada inesperada que amenazó con desestabilizar completamente el equilibrio cuidadosamente construido.
-¿Emme Di Mauro? -preguntó una voz femenina que ella no reconoció de inmediato-. Soy Valentina Rosati. No sé si Perseo te ha mencionado mi nombre alguna vez.
Emme sintió que se le tensaba el estómago ante el tono cargado de significado con el que la mujer había pronunciado esas palabras.
Editado: 08.10.2026