La mudanza al loft junto al río se completó un martes por la tarde, con la ayuda de Costanza, Renata, y un pequeño equipo de mudanzas que Perseo había contratado para manejar los muebles más pesados. Para cuando cayó la noche, la mayoría de las cajas estaban distribuidas en las habitaciones correspondientes, y Emme se encontró sentada en el suelo de lo que pronto sería su estudio, rodeada de materiales de dibujo todavía sin organizar, sintiendo una satisfacción profunda ante la realidad tangible de este nuevo comienzo.
-Se siente real ahora -dijo, cuando Perseo entró a la habitación con dos copas de vino, sentándose junto a ella en el suelo-. Antes era solo una idea, un plan. Ahora estamos aquí, de verdad, viviendo juntos.
-Se siente muy real, sí. Y muy correcto.
Brindaron con las copas de vino, celebrando en silencio el logro de haber llegado hasta este punto, a pesar de todos los obstáculos que habían enfrentado en el camino.
Las semanas siguientes trajeron consigo el proceso gradual de convertir el loft en un verdadero hogar compartido: decidir juntos dónde colocar cada mueble, negociar con humor sobre las diferencias en sus gustos decorativos, establecer rutinas nuevas que reflejaran la realidad de compartir un espacio en lugar de simplemente visitarse mutuamente. Emme descubrió, con una sorpresa placentera, que Perseo tenía una habilidad sorprendente para la cocina, algo que nunca había mencionado durante sus meses de conversaciones telefónicas, y que rápidamente se convirtió en una actividad compartida favorita de ambos durante las noches tranquilas en casa.
-Nunca me contaste que sabías cocinar así de bien -comentó Emme una noche, observando a Perseo preparar una pasta con una técnica que sugería años de práctica genuina, no solo habilidad casual.
-Nunca preguntaste -respondió él, con esa sonrisa ladeada que Emme había llegado a amar profundamente-. Mi madre me enseñó, antes de morir. Es una de las pocas cosas que todavía me conectan directamente con ella, más allá de las fotografías y los recuerdos.
Emme sintió una ternura profunda ante la revelación, apreciando la manera en que, incluso después de meses juntos, todavía seguían descubriendo capas nuevas el uno del otro, pequeños fragmentos de historia personal que enriquecían continuamente la comprensión mutua que habían construido.
***
Fue durante una tarde tranquila, casi tres semanas después de la mudanza, cuando la vida aparentemente estable que habían construido juntos se vio interrumpida por una llamada que Emme no esperaba recibir jamás. Estaba trabajando en su estudio nuevo, finalmente completamente organizado y funcional, cuando su teléfono sonó con un número que, después de un momento de confusión, reconoció con una sacudida de sorpresa genuina.
Era el número de su padre.
Emme se quedó mirando la pantalla durante varios segundos, el corazón acelerándose ante la sorpresa de ver ese contacto específico después de años de silencio casi total, interrumpido solo ocasionalmente por mensajes breves y distantes en cumpleaños o fechas festivas.
Contestó, con una mano ligeramente temblorosa.
-¿Papá?
-Emme -dijo la voz al otro lado, familiar pero también extrañamente distante después de tanto tiempo-. Sé que esto es inesperado. Espero que no te moleste que llame.
-¿Qué pasa? ¿Está todo bien?
-Todo está bien, no te preocupes por eso. Es solo que... vi algo en las noticias. Fotografías tuyas, con un hombre. Perseo Lombardo Ferrara, según decía el artículo.
Emme sintió que el estómago se le encogía, sorprendida de que su padre, con quien apenas mantenía contacto, hubiera estado siguiendo lo suficientemente de cerca su vida como para notar las fotografías que habían circulado meses atrás después del incidente en el parque.
-Sí, estamos juntos. ¿Por qué me llamas por esto ahora, después de tanto tiempo?
Hubo una pausa considerable antes de que su padre respondiera, y cuando lo hizo, su voz llevaba una vacilación que Emme no recordaba haber escuchado antes en él.
-Porque conozco a esa familia, Emme. Trabajé con la constructora Lombardo Ferrara hace años, antes de que las cosas... antes de que yo me fuera de la ciudad. Y hay cosas que creo que deberías saber, sobre esa familia, sobre el padre de Perseo específicamente, antes de involucrarte más profundamente con ellos.
Emme sintió que una nueva ansiedad se instalaba en su pecho, la mención de información desconocida sobre la familia de Perseo generando una inquietud instantánea.
-¿Qué tipo de cosas?
-No es algo que quiera discutir por teléfono. ¿Podríamos vernos? Sé que no hemos hablado en mucho tiempo, sé que probablemente tienes razones legítimas para estar enojada conmigo, pero esto es importante, Emme. Creo genuinamente que necesitas saber lo que sé.
Emme se quedó en silencio un momento, debatiendo internamente cómo proceder ante esta situación completamente inesperada: por un lado, la curiosidad genuina sobre qué información podría tener su padre distanciado sobre la familia de Perseo; por otro lado, una desconfianza instintiva hacia un hombre que había estado ausente de su vida durante años, apareciendo repentinamente con advertencias vagas sobre la familia de su pareja.
-Está bien -dijo finalmente-. Podemos vernos. Pero necesito pensarlo, decidir cuándo y dónde me siento cómoda para esa conversación.
-Por supuesto, Emme. Tómate el tiempo que necesites. Solo... por favor, considera seriamente lo que te estoy ofreciendo. No estoy tratando de causar problemas en tu relación. Estoy tratando de protegerte, aunque sé que probablemente ya perdí ese derecho hace mucho tiempo.
Colgaron poco después, y Emme se quedó sentada en su estudio, procesando la conversación inesperada, sintiendo una mezcla compleja de emociones que no podía desenredar completamente: curiosidad, desconfianza, una vieja herida reabierta por el contacto repentino de un padre que había estado ausente durante años, y ahora, superpuesta a todo eso, una nueva ansiedad sobre qué información oscura podría existir sobre la familia con la que ahora compartía su vida.
Editado: 08.10.2026