Robaste mi futuro

Capítulo 7

7

Sábado, 30 agosto de 1926

James Montgomery

25 años

 

Como un vendaval, la desconocida dio la vuelta y salió con un portazo de la casa. Me pregunté a dónde se dirigiría, pues su aspecto daba mucho que desear. Tenía el cuerpo demasiado voluptuoso y se notaba suelto. Nadie la recibiría y hasta se cuestionarían su decencia como hice yo. Me llevé la mano a la boca para estrujarla. Estábamos lejos de la ciudad, ella no tenía a dónde ir y por los golpes en su piel era evidente que sufrió algún tipo de accidente. Además el estado ambivalente que mostraba no se debía a una intoxicación por alcohol.

Yo era lo más parecido a un doctor que tenía la comunidad y, al no prestarle atención a los berrinches y desplantes de Ethel, me endilgaron la responsabilidad a mí. A pesar del aborrecimiento que sentía por ese tipo de mujeres debía, al menos, atender sus heridas. Me preocupaba la herida abierta en su rodilla derecha, necesitaba suturas para evitar una infección.

Con las manos dentro de los bolsillos salí. «¡Una aprendiz de flapper! Sard! Como si no tuviera suficiente con Ethel». En las dos ocasiones en que la joven recuperó la consciencia, durante el trayecto, no dejaba de asegurar que Ethel moriría, que su esposo e hijo sufrirían demasiado al perderla. Solo eran delirios, aunque se ofendiera, era una histérica.

Fruncí el ceño al no verla en mi propiedad, no podía caminar tan rápido. Recorrí el lugar con la mirada y mis pies se movieron mucho antes de que mi cerebro pudiera asimilar lo que ocurría. Ella estaba tirada muy cerca del granero y una vez más estaba inconsciente. Al parecer, se le olvidó que una mujer en su estado no podía manejarse con tal ímpetu. Me arrodillé junto a ella. Esperaba que la suerte corriera conmigo y que ella no hubiera entrado al lugar. El pantalón se me llenó de tierra y estaba seguro de que escucharía el refunfuñar de la lavandera en esa semana. Di pequeños golpes en las mejillas de la joven para hacerla reaccionar.

—Muchacha.

No tuve respuesta. Le coloqué un brazo por detrás de las rodillas y el otro en los hombros. Me sorprendió la facilidad con que pude levantarla y me tomó desprevenido la suavidad de su cuerpo y cómo las curvas se amoldaron a mis brazos. Percibí que los generosos senos eran sedosos y tibios. Era difícil controlar mi virilidad, pues hacía menos de una hora que me deleité con un atisbo de esa piel cremosa que en esos instantes le daban calidez a mis brazos. Me concentré en la mujer frente a mí cuando comenzó a recobrar el sentido, pero estaba demasiado pálida.

—¿Recuerdas tu nombre?

—Barbara Johnson —murmuró mientras cerraba los ojos una vez más.

Fruncí el ceño y repasé en mi cabeza los apellidos de la comunidad. Había un Johnston, mecánico de vehículos, mas no había ningún Johnson en la región.

—Te quedarás conmigo, Barbara.

Ella intentó soltarse de mi agarre y la aferré entre mis brazos para que no se cayera.

—Estoy bien.

Un gruñido afloró en mi pecho. Al parecer, estaba molesta conmigo cuando fue ella quien casi se desnudó frente a mí y dijo cosas sin sentido.

—Sin embargo, soy yo quien lleva todo tu peso.

—Nadie te pidió que me cargaras.

Una especie de calambre se adueñó de mi ojo derecho. No estaba acostumbrado a que me cuestionaran. Y, desde que regresé, no recibía órdenes de nadie. Esa niña tenía una forma muy extraña de ser agradecida conmigo. «¿Por qué debía preocuparme por ella?».

—¿Vas a seguir con tus insolencias?

El jadeo en su garganta fue claro y los ojos desmesurados me permitieron confirmar que eran grises. Cuando el menor de los Richardson entró al juicejoint y me obligó a seguirlo, no esperaba encontrar a alguien inconsciente y mucho menos cubierto en golpes. Al revisar sus ojos pensé que estaba muerto, pues no logré distinguir color en ellos. En ese instante entendí por qué. Eran tan claros que se perdían… Como el agua del mar esa fría mañana en que volvimos a casa de la guerra.

Con cautela Barbara levantó los brazos y las dudas se hicieron presentes cuando los colocó alrededor de mi cuello mientras desviaba la mirada. Solté el aire a través de los labios. Su pecho, como el algodón más suave, estaba contra el mío y tuve que tragarme el gruñido que pretendió escapar.

Ella estaba segura de conocerme, pero para mí era la primera vez que nos veíamos. No obstante, con esa mirada, ansié adueñarme de los anchos labios. Ese ligero temblor de cuerpo era alentador, como si se sintiera cohibida, aunque mostró la cremosa piel del abdomen con demasiada facilidad. Sin embargo, yo tenía la resolución de dejar atrás a jóvenes como ella. Ya estaba en edad de encontrar a una mujer que deseara establecer un hogar y tener hijos.

—Te prometo que podrás ver arrugas en sus ojos terrosos…

Con el aire contenido fijé la mirada en ella, nunca esperé esas palabras. Era muy probable que se refiriera a Ethel, si bien no comprendía por qué ella creía que estábamos comprometidos. Incluso me pregunté cómo sabía que esa mañana me presenté en el hogar de la señorita con la intención de cortejarla y en unas semanas pedir su mano. Ethel se disculpó, pues acababa de barnizar sus uñas. No fui recibido y solo hice el ridículo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.