Robaste mi futuro

Capítulo 9

9

Lunes 1 de septiembre de 1926

Barbara Johnson

18 años

 

Sabía que mis acciones solo le confirmaban a James que no estaba bien de la cabeza, pero el hombre que se presentó ante nosotros era idéntico a Michael y llegué a pensar que él también viajó en el tiempo. Sin importar que James lo reconociera como alguien de su época, no pude evitar los estremecimientos que me recorrieron, así como tampoco la pesadez en mi estómago.

—…Babe, ya se fue. —James tenía la cabeza baja y desviada a la derecha, pues no le permitía moverse. Su voz susurrante era una caricia que serpenteaba mi piel. Ni siquiera estaba segura de que fuera la primera vez que me hablaba.

Tenía que aferrarme a que era el mismo hombre inalcanzable y que la lozanía en su piel no importaba. Tampoco lo hacía la irreverencia constante en su mirada. Esa que me hacía responder de manera impulsiva y desmedida.

El joven profesor me encandilaba. Obligándome a olvidar la aprensión que me embargaba, lo dejé ir. Mantuve la cabeza agachada para ocultar la sonrisa en mis labios. «El joven profesor». Mi gesto se amplió. No podía creer que recordara el apodo en ese instante preciso. Quizás porque él no dejó de llamarme la atención en toda la tarde cuando él era mi doctor y ese era su consultorio. No lograba comprender qué hice mal. Me pareció extraño que solo fueran hombres, pero pensé que era porque se encontraba lejos de la ciudad.

Él no debía saber que, a pesar de cómo me sentía, corrí hasta el lugar. Necesitaba comprobar que esa sonrisa tan irreverente era real. Mi cabeza todavía se resistía a aceptar que de alguna manera viajé treinta y un años en el tiempo: que el joven James Montgomery estaba frente a mí y su mirada era traviesa. Imaginé tantas veces que nuestras edades eran cercanas y, sin embargo, era más prohibido que nunca. Mi impertinente corazón debía comprenderlo.

Volvimos a caminar y agradecí que él no hiciera preguntas, pues nunca podría responderlas. Además, no me creería. Un suspiro brotó de mi pecho mamá debía estar muy triste. Me pregunté si el profesor le explicó lo que ocurrió, aunque era probable que ni él mismo lo supiera. Lo único que recordaba era intentar huir de él, de la mirada reprobatoria de su hijo… de mi desilusión al comprobar que siempre sería una niña ante sus ojos porque él solo amaría a una mujer.

«¿Podría regresar a casa? ¿Cómo haría para olvidar que lo conocí de joven y que mi corazón voló mucho más alto por él? ¿Regresaría a su hogar y lo miraría a los ojos aun sabiendo que él recordaría?». Me reprendí a mí misma. Esos días no tendrían ninguna importancia para él. Solo era la loca que invadió su hogar y se quitó el girdle. Levanté las manos y cubrí mi rostro por un segundo en tanto el calor cubría mis mejillas. En esa posición me atreví a ojearlo. Él se mantuvo con los hombros derechos y la mirada fija en el camino. Tal vez también estaba perdido en sus pensamientos.

James se detuvo en seco y frunció el ceño al ver las sábanas colgadas. Por más que lo intenté, al lavarlas, no quedaron perfectas. A contrasol se percibían un poco amarillentas en el centro y el fuego de la vergüenza cubrió mi rostro. Él me pensaría incapaz de ser una buena esposa.

Sin embargo, mis divagaciones quedaron atrás cuando él subió con pasos acelerados los escalones y entró a la casa. Yo lo hice minutos después. Me dirigí a la cocina mientras lo escuchaba dar vueltas en la habitación.

Acomodé los platos, en la mesa redonda para cuatro personas, junto con los cubiertos. Antes de salir a buscar a James a su consultorio, dejé unas ramitas de algodón en una taza para que se viera bonita. Me acerqué al chinero y saqué dos vasos. Al cerrar la puerta, pude percibir un poco de mi apariencia a través del cristal. Solté el cabello, carente de ondas y húmedo.

No lograba comprender cómo él pudo soportar ese olor nauseabundo que permeaba en su habitación. Me costó horrores no devolver tan pronto abrí los ojos y con esfuerzo me senté en la cama a pesar del mareo. Lo primero que hice fue abrir las ventanas. Luego saqué las sábanas. Supe cómo usar la lavadora porque recordaba a la abuela utilizar una igual cuando era niña. La mañana se fue en lavar y restregar dos sábanas en agua caliente.

Me pinché las mejillas en un intento de darles color y alejar sus ojos de mis ojeras más que profundas. Jamás estuve tan desarreglada y lo menos que deseaba era que me recordara así. «¿Por qué no llegué con el vestido de cuadros y el cabello recogido en una cola de caballo con hermosas ondas?». Incluso, quizás, con los guantes y sombrero que utilizaba para ir a misa. Un poco del labial de la abuela hubiera sido perfecto. Inhalé y exhalé despacio mientras mordía el interior de mi boca. «¿Qué importaba? ¿Qué pretendía? ¿Cautivarlo?».

James salió de la habitación y con pisadas largas se detuvo frente a mí. Levanté la mirada azorada mientras él hundía los largos dedos en mi cabello. Había algo en sus ojos, parecían turbios.

—¿Tomaste un baño? —Me encontré conteniendo el aliento, pues jamás esperé tenerlo tan cerca. Sentí su respiración sobre la mejilla y la colonia me colmó de familiaridad—. Contéstame.

—Sí. Mi olor personal era… —No pude terminar. Él soltó con brusquedad los mechones entre los dedos, se acuclilló unas pulgadas y me levantó sobre sus hombros—. ¡James!




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