Romance de los Tres Vientos - Acto 1

Capítulo 2. La despedida

Su nuevo destino no estaba muy lejos. Solo unos pasillos por aquí, girar a la derecha, unos pasillos para allá, girar a la izquierda, seguir, girar, seguir, girar, seguir, girar... ¿En resumidas cuentas? La chica no tenía ni la más absoluta idea de por dónde estaba yendo. Aquellos pasadizos de las cloacas le parecían todos iguales, sintiendo varias veces la sensación de haber pasado por el mismo lugar, y fue a la quinta cuando no pudo aguantarlo más:

—¿Estamos perdidos? —le preguntó a Seamus, haciéndolo frenar de golpe.

El viejo recolector sacó de su bolsillo un papel doblado y lo desplegó para entregárselo a la chica. Se trataba de un mapa de las cloacas con cero lujo de detalles, enseñando la gran cantidad de caminos, pasillos y desvíos que se encontraban allí abajo. Parecía un crucigrama de lo más disparatado, lo que no ayudaba en nada. Poner el mapa boca abajo tampoco hizo ningún efecto, y tuvo que ser Seamus quien lo pusiera al derecho para después enseñarle donde se encontraban.

—Nosotros estamos... justo aquí —Seamus señaló otro punto en el lado contrario—. Y tenemos que llegar hasta este cuadrado de aquí, que es mi oficina. ¿Te vas guiando?

—Eh... ¡Sí! —exclamó ella, ocultando que aún seguía tan perdida como antes.

—¡Pues en marcha, querida! No queda mucho para llegar.

Seamus volvió a empujar el carrito del ataúd y siguió andando, a la vez que nuestra chica se apresuraba por seguirle. Después de todo, él era su único guía, y tampoco quería perderse allí abajo. La de peligros que se hallarían en aquellas siniestras alcantarillas.

Pero no era tan lejos como pensaba. Un simple tramo de unos tres o cuatro minutos, y todo gracias a que Seamus paró de golpe, alertándola de su llegada. Si nuestra chica no se hubiera chocado contra la espalda de aquel viejo hombre, estaba segura de que hubiera seguido caminando por aquellos pasillos que parecían infinitos. Sin embargo, todo inicio tenía su final, y el suyo estaba en una puerta metálica muy peculiar, caracterizado por su intensa rojez muy contrario al tono gris de las demás. Un cartel se hallaba en la parte superior, indicando el nombre de la empresa a la que Seamus prestaba servicio: "Funeraria Oddie-Barner". Pero lo interesante no estaba en la propia puerta, sino lo que se encontraría al otro lado.

—Y... aquí estamos —anunció Seamus, a la vez que abría la puerta roja con llave—. ¡Pasa, pasa! Se está mejor aquí dentro, pero tapate la nariz de momento si no quieres marearte con tanto ambientador. Te lo digo por tu propio bien.

En realidad, no había necesidad de entrar para notarlo. Ya desde el exterior se podía notar una intensa mezcla de aromas que provenían del interior. Menta, naranja, jazmín, vainilla y muchos otros olores de diferentes ambientadores que creaban una abominación olfativa muy contraria al hedor de las alcantarillas. Sin embargo, aunque las ganas de vomitar se disipasen, la mezcla de aromas provocó que la chica sufriera un buen mareo, obligada a apoyarse la pared con tal de cesar sus tambaleos. Era justo la reacción que se esperaba Seamus, sintiéndose culpable por verla sufrir de aquella manera, pero él siempre tenía soluciones al respecto, agarrándola de la mano para que le siguiera.

—Ven conmigo —dijo él—. Estarás mejor en mi sofá, y con vaso de agua al lado. Tal vez dos. Tú céntrate en taparte la nariz mientras tanto.

Así hizo ella, pero fue demasiado tarde. El olor ya había penetrado la nariz, dejándole sus pensamientos tan nublados como sus propias acciones. Viéndola dar pasos con extrema dificultad, Seamus tuvo que ayudarle a entrar, guiándola hasta la puerta misma, y una vez en el interior, hasta el sofá de su oficina. Allí la ayudó a tumbarse, colocando la cabeza de la chica en alto con la ayuda de los cojines cercanos.

—Quédate hasta que se te pase todo —Seamus se acercó a un armario cercano y sacó una mascarilla—. Ponte esto también. Quizás ayude, quizás no, pero por intentarlo no pasa nada.

La chica se colocó la mascarilla y siguió respirando con normalidad, aunque le dejara un poco acalorada. No obstante, de nada sirvió. El olor penetraba la mascarilla como si nada, mas prefirió no quejarse para no parecer borde frente al hombre que intentaba ayudarla. Mientras tanto, Seamus echó un vistazo a la entrada, con la puerta todavía abierta. No es que le gustara dejarla así, ni dejar los ataúdes sin vigilancia, pero no tuvo más remedio que hacerlo con tal de llevar a la chica al sofá. Si de algo estaba seguro, es que no estaba solo en aquellas cloacas. También era el hogar de muchos carroñeros, hombres y mujeres pobres y sintecho que usaban los canales para moverse y ocultarse de la ciudad superior. No tenían fama de ser amigables, llegando incluso a matar por el más mínimo objeto de valor que se encontrasen. Seamus prefería evitarlos a toda costa. Ni siquiera se atrevía a dirigirles la palabra, temiendo que interfirieran tanto en su trabajo como en su vida privada. No obstante, si seguía vivo era por una buena razón, pues era mejor no meterse con un recolector de cadáveres. Saben muy bien cómo deshacerse de ellos.

En cualquier caso, una puerta abierta suponía un verdadero riesgo, tanto para él como para su invitada, y tampoco quería perder el cadáver de su padre. No tuvo más remedio que dejar sola a la chica un tiempo. El trabajo lo requería.

—Señorita, voy a tener que ausentarme unos minutos —dijo Seamus, señalando la entrada con el pulgar—. Estaré moviendo el ataúd al incinerador. Pégame un grito si necesitas algo.



#1225 en Fantasía

En el texto hay: mitos, drama, bildungsroman

Editado: 15.10.2026

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