Tiempo atrás, el hecho de que su padre se marchara de casa no era ninguna sorpresa. Asuntos de trabajo por allí, asuntos de trabajo por allá, y después desaparecía sin más, dejándola siempre atrás. Las primeras veces fueron las peores, con la chica creyendo que nunca más volvería a verle, pero él siempre aparecía, sorprendiéndola y alegrándola cuando menos se lo esperaba. Eran buenos tiempos, los mejores a decir verdad, y ella los recordaría con mucho aprecio, hasta la eternidad. Pero, por mucho que quisiera, no podía dar marcha atrás. Debía asumir la cruel y dura realidad: el hecho de que nunca más volvería a verlo de nuevo. Porque allí estaba él, convirtiéndose en ceniza, justo delante de sus propios ojos.
Fue a los cuarenta minutos cuando la cremación llegó a su fin. Nuestra chica no se había despegado de la cristalera desde entonces, una muestra de respeto hacia el alma del fallecido. Seamus, por otra parte, la había dejado allí para continuar con sus otras labores de su trabajo. Fue al terminar la incineración cuando apareció de nuevo, esta vez sujetando dos vasos rellenos de líquido amarillento.
—Esto es para ti, señorita —dijo Seamus—. Con este calor de espanto, seguro que te sentará mejor de lo crees.
—Gracias, pero aún no soy mayor como para beber cerveza.
—¿Cerveza? ¿En serio? ¿Tan bajo he caído? —Seamus soltó una gran carcajada—. No pienses mal de mí, muchacha. ¡Ni que quisiera emborracharte en tu funeral! Esto de aquí es limonada.
—¿Limonada? —repitió ella, mirando mejor su vaso.
—No tengo ni idea de lo que bebéis vosotros para calmar las penas, así que he traído lo más amargo que he encontrado en la nevera. Limonada para ti, cervecita para mí. Que la disfrutes.
Seamus le extendió el vaso de la derecha y la chica lo cogió con las dos manos, sujetándolo bien para que no se cayera. No es que tuviera sed en aquel momento, pero estaba dispuesta a bebérselo entero solo por complacer a Seamus. El plan a seguir era simple: vaciar el vaso, decir que estaba muy bueno y terminar con un gentil agradecimiento. Con gusto se llevó a los labios el extremo del vaso de plástico, pero antes observó que Seamus ya había hecho lo mismo, dando un buen sorbo al suyo... y fue ahí cuando se empezó a darse cuenta de cierto problema:
—Un momento…—Seamus se pasó la lengua por los labios—. Esto no es cerveza.
Entonces Seamus palideció de golpe y se giró hacia la chica, que estaba dando un buen sorbo a su vaso. De repente, el líquido que estaba dentro de su boca comenzó a manifestar un sabor extraño, uno que nunca había probado antes, y cuantos más segundos pasaban, más horrible se volvía el sabor, hasta el punto de sentirse obligada a escupirlo de golpe antes de que las náuseas la llevaran a vomitar.
—Demasiado tarde...—suspiró Seamus tras haber sido bañado en cerveza escupida. En realidad, ni siquiera fue un escupitajo como dios manda. Lo más cercano que se le podía parecer era a un chorro de agua tan débil que parecía salido de un aspersor, pero fue igual de vergonzoso para la chica.
—¡L-lo siento mucho! —exclamó ella, horrorizada por su falta de modales.
—No pasa nada, pequeña. La culpa es mía de todos modos. Mira que confundirme de vasos...—Seamus se pasó la manga por la cara, quitándose el líquido que lo cubría—. Viendo el lado positivo, ahora sabes lo que se siente al tomar una bebida de mayores.
—Creo que me faltan unos años más para comprender vuestro gusto.
—¡Ja! Date un tiempo, querida. Tarde o temprano cambiarás de opinión —entonces Seamus se colocó de nuevo la cabecera del traje ignífugo—. Bueno, toca terminar el trabajo. Será mejor que regreses al salón.
—¿No es mejor que espere aquí, en el pasillo?
—¿Y permitir que te dé un golpe de calor nada más abrir la puerta del incinerador? Ni en un millón de años. Tú haz caso a este viejo hombre. Pronto sabrás por qué.
—¿Por... el calor?
—No, algo mucho mejor que eso. Ahora no digas nada, ve al salón y pilla lo primero que veas en la nevera. Invita la casa.
La chica asintió y obedeció, marchándose por la puerta que la conducía al salón de la oficina. A su vez, Seamus dio su descanso por terminado y pensó en seguir trabajando, pero fue sorprendido por la presencia de la chica, que le había tocado el hombro con el dedo para llamar su atención.
—¿Aún sigues aquí? —preguntó Seamus, sin mala intención.
—Es que necesito aclararlo por si acaso. ¿Puedo comer lo que quiera?
—Sí, sí. Lo que a ti te apetezca. La nevera entera está a tu disposición.
Esto dejó a la chica satisfecha, despidiéndose de él con una pequeña reverencia para después regresar al salón. Y tras perderla de vista por segunda vez, Seamus se ajustó su traje ignífugo para asegurarse de que todo estaba correcto y después se movió hasta la puerta de la incineradora. Sin embargo, no tuvo ni tiempo de poner la mano en el pestillo, sintiendo una vez más la presencia de la chica a su espalda.
—¿Y las bebidas? —preguntó ella—. ¿Puedo coger una?
—Sí, claro —contestó Seamus—. Tampoco quiero que te ahogues ni nada. Sírvete a tu gusto.
La chica asintió y se volvió a marchar, dejando que Seamus pudiera volver a trabajar. Al fin, este hombre pudo poner la mano en el picaporte de la puerta del incinerador, esperando encontrarse con el habitual calor de espanto que hacía cada vez que se incineraba un cuerpo. Sin menos esperas fue abriendo la puerta con mucha paciencia... y la cerró tan rápido como cuando escuchó la voz de la chica a su espalda: