El Imperio estaba allí presente, al otro lado de aquella misma puerta, y no sería la primera vez que ocurría un hecho como este. Nuestra chica Talia aún recordaba el momento en el que los imperiales entraron por la puerta de su casa con tal de secuestrarla. Nana intentó defenderla como pudo, enfrentándose a ellos con sus propias manos, pero por mucha fuerza que tuviera no fue rival para tantas decenas de imperiales. Aquella fue una batalla perdida, y esta parecía ser igual. Ahora no tenía a Nana, ni a nadie que pudiera defenderla. La desgracia parecía ser más que inevitable.
—¿Qué es lo que ocurre, señorita Dawn? —preguntó Seamus, pero nuestra chica no estuvo por la labor de contestar, mirando a todos lados con desesperación en busca de un lugar donde esconderse.
Al ser testigo de aquel comportamiento tan extraño, Seamus estuvo a punto de preguntarle si le ocurría algo para actuar de aquella manera, pero unos nuevos golpes en la puerta lo interrumpieron, captando toda su atención. Este viejo hombre se acercó a la mirilla de la puerta y echó un vistazo al exterior, para así reconocer al instante los atuendos oscuros que llevaban los soldados que esperaban al otro lado.
—¿Imperiales, aquí abajo? —se preguntó Seamus—. Espero que no lo hayan descubierto todavía.
No obstante, su temor no le echó atrás. Seamus fue a abrirles la puerta para atender a sus nuevas demandas, pero entonces sintió otra mano debajo de la suya, impidiendo que bajara el pestillo. Se trataba de Talia, que estaba perdida en el miedo y en el nerviosismo.
—¡Por favor, no la abra! —le suplicó ella—. Esos imperiales tienen que estar buscándome. ¡Seguro que me matan si me encuentran!
—Mmm... Sí, me lo suponía. Habrán venido a terminar el trabajo, aunque no me explico cómo es posible que lleguen a pensar que sigas con vida. ¡Ni siquiera yo me lo creo!
Más golpes se escucharon procedentes de la puerta, esta vez acompañados de unos gritos:
—¡Sabemos que estás ahí, señor Carrillan! ¡Por orden del mismísimo imperio, abra la puerta de inmediato!
El tiempo se les estaba acabando, y los siguientes golpetazos lo dieron a entender. Seamus no tuvo más remedio que pasar a la acción, moviéndose con rapidez hasta el almacén de ataúdes. Después colocó un ataúd en un carrito de traslado y echó la tapa a un lado.
—¡Rápido, señorita Dawn! —gritó Seamus—. ¡Entra aquí! ¡Vamos, vamos!
Talia no lo cuestionó, acercándose hasta el ataúd y metiéndose en él tan rápido como podía. Después, Seamus se llevó el dedo a la boca para indicarle que se mantuviera en silencio, y luego cerró poco a poco la tapa del ataúd hasta encajarla de nuevo en su sitio. A partir de ahí Talia no pudo ver nada salvo la oscuridad, y tuvo que depender de sus orejas para enterarse de lo que iba a ocurrir a continuación.
Con la chica escondida, Seamus se movió hacia la puerta principal mientras agitaba su cuerpo para liberar tensión, y al llegar colocó la mano en el pestillo para abrir un poco la puerta, lo suficiente como para echar un vistazo al exterior. Ahí descubrió la figura de un imperial, con el rostro cabreado y los brazos cruzados. A su lado se encontraba otro, aunque no lo pudiera ver.
—¡Oye, tú! —gritó Seamus, fingiendo mal humor—. ¿Por qué me molestas ahora? ¿No ves que estoy muy ocupado limpiando la mierda que tiráis aquí abajo?
Los dos imperiales ignoraron su actitud y respondieron con un empujón, abriendo la puerta de golpe y apartando a Seamus a un lado, todo sea para investigar su oficina con mucho detenimiento. Buscaron en la capilla, en la sala de cremación, en su habitación personal y en el almacén de ataúdes, pero no encontraron ni rastro de aquello que buscaban. Para Seamus, era evidente por qué estaban allí, pero prefirió hacerse el loco y seguir con la actuación:
—¿Se puede saber qué diantres estáis haciendo? —arremetió Seamus contra los imperiales.
Al fin, uno de ellos le atendió, solo para hacerle callar de una vez.
—¡Tú, barrendero! —gritó el primer imperial, sacando y enseñando un cartel de "se busca"—. Estamos buscando a la chica de aquí. ¿La has visto?
Seamus agarró el cartel y lo examinó, descubriendo que la chica buscada no era otra que Talia, con un dibujo de su rostro. Sin embargo, lo más interesante no era la perfección del dibujo mismo sino la información sobre ella, que había sido garabateada y no podía verse de ningún modo.
—Mmm... ¿Por qué la buscáis? —preguntó Seamus, fingiendo ignorancia.
—Eso no es de tu incumbencia —contestó el imperial—. La has visto, ¿sí o no?
—¡Por supuesto que no! Aquí abajo solo hay vagabundos y carroñeros, así que marchaos de una vez. Interrumpís mi trabajo.
Ese mismo imperial se colocó delante de la puerta principal, bloqueándola con su propio cuerpo.
—Tú sigue a lo tuyo, vejestorio, porque no nos vamos a mover a ninguna parte hasta que el equipo de búsqueda encuentre a la mocosa. ¡Y ni se te ocurra cuestionarlo!
—Son órdenes directas del mismísimo emperador —añadió el segundo imperial tras reunirse con el primero.
Seamus no tuvo más remedio que callarse, prefiriendo no arriesgarse con aquellos imperiales. Si seguía poniendo resistencia, no solo sospecharían de él, poniendo en peligro a la chica, sino que también se jugaría su propio cuello, el castigo más severo de todos. Ambos resultados debían ser evitados a toda costa.