"Sigue el curso del agua", resonó de nuevo en su cabeza. Palabras dichas por el hombre que tanto había hecho por ella. Una mirada al canal más cercano indicaba la dirección por donde tenía que ir. Y con esta información en mente, nuestra chica continuó la marcha, corriendo lo más rápido que podía a través de los sucios pasadizos de las cloacas.
Porque no tenía otra opción.
Tenía que salir. Tenía que correr.
Tenía que huir. Tenía que vivir.
Porque nadie más lo haría por ella.
Esta vez estaba sola. Sola contra todo un imperio, pero eso no iba a detenerla. Seamus se había sacrificado para que ella pudiera escapar. No podía dejar que ese gesto de buena voluntad terminase siendo en vano.
Nuestra chica Talia avanzó y avanzó por donde creía que era el camino correcto. El agua no mentía, ni tenía la capacidad de hacerlo. Mas, al igual que ella, el agua solo se dejaba llevar, y quien sabe a dónde podía conducirla. En cuestión de tiempo hallaría la respuesta, si es que no la hallaban a ella primero.
Y fue entonces cuando sucedió de nuevo: otro encuentro fatídico entre la chica y el imperio. Sin embargo, esta vez fue Talia quien encontró primero a los imperiales, hallando a dos de ellos en una amplia sección de las alcantarillas. Se trataba de un espacio repleto de tiendas de campaña, los principales hogares de los carroñeros de las cloacas, pero Talia solo podía ver a uno de ellos, que estaba siendo acorralado por los dos imperiales. El rostro de este carroñero lo decía todo, y es que el miedo se había apoderado de él, como si tuviera enfrente a la Muerte misma. Y muerte sería lo que encontrara si no colaboraba con aquel imperial.
—¡Suéltalo ya, maldita rata de alcantarilla! —exigió el primer imperial—. ¡Dime de una vez dónde está la chica!
—¡P-pero si no he visto a ninguna chica por aquí! —se defendió el carroñero.
Sin embargo, sus palabras no hacían efecto en el imperial, que lo cogió del cuello de su arruinada camisa y lo empujó contra la pared, como si estuviera a punto de estrangularle.
—Mientes...—pronunció el imperial con severidad—. Vaya que si mientes, seguro que sí. Nos estás tomando por tontos, ¿verdad?
—¡No! ¡Por supuesto que no! —respondió el asustado carroñero.
—¿Oh, en serio? —el imperial frunció aún más el ceño—. Porque si no fuera así, ya estarías cantando todo lo que sabes.
—¡Pero si yo no sé nada! ¡Por favor, dejadme marchar!
Mas las súplicas no servirían de nada. Aquel imperial no conocía la piedad, y su paciencia había llegado a su fin.
—¿Sabes qué? Me he hartado de hablar —el imperial blandió su espada contra el carroñero—. ¡Dejaré que la hoja lo haga por mí!
Y a punto estuvo de arremeter, o de aparentar que lo iba a hacer, pero eso no llegó a suceder. Una segunda espada imperial chocó contra la del primero, colocada enfrente del rostro del carroñero para protegerle.
—Es suficiente —le dijo el segundo imperial al primero—. Este hombre no tiene ni idea, así que deja de presionar.
Ambos imperiales retiraron sus espadas y las volvieron a enfundar, no sin antes dirigirse de nuevo hacia el carroñero.
—¡Pff! —soltó el primer imperial—. Tienes suerte de que hoy no tenga ganas de matar. ¡Sal de mi vista antes de que cambie de opinión! Y ni una palabra de esto, ¿entendido?
—¡M-m-más claro que el agua! —exclamó el carroñero, quedándose a cuatro patas—. ¡Ninguna palabra saldrá de mi boca!
—Que así sea...
El primer imperial se dio la vuelta y caminó hacia el pasadizo más cercano, justo donde estaba Talia en ese momento. Sin embargo, nuestra chica no perdió los nervios todavía. En ese mismo pasadizo se encontraba una puerta de metal cerrada a medio abrir, y ella no perdió el tiempo, dirigiéndose hasta ella y metiéndose en el interior del pequeño cuarto que se encontraba tras ella. Allí no había nada más que bolsas de basura acumuladas, haciendo que el olor fuera insoportable, pero no tuvo más remedio que cerrar la puerta y aguantar la respiración, a la espera de que los imperiales se marcharan pronto.
Mientras tanto, el primer imperial estaba tan cabreado que ignoró la puerta por completo. Prefería echar la mirada atrás, a la espera de su compañero, que se había quedado atrás para dirigirse de nuevo al carroñero.
—Una cosa más —dijo este segundo imperial—. En el caso de que vea a una chica rondando por aquí, pega un grito o detenla usted mismo. Tu país te lo agradecerá.
—¡Por América, sacrificaría incluso mi propia vida! —exclamó el desesperado carroñero.
—Emm... Basta con que la encuentres y la atrapes, sin locuras de por medio. ¿Quién sabe? Incluso podrían acceder a sacarte de las cloacas. Sin duda, la superficie está mucho mejor.
—¿Una nueva vida solo por encontrar a una chica? ¡Sería todo un honor!
—En ese caso, no te quedes ahí parado. Muévete, o será otro quien reciba el premio.
—¡P-por supuesto! ¡Ahora mismo, mi señor!
El segundo imperial se despidió con la mano del carroñero y volvió junto al primero, que le esperaba apoyado en la pared del pasadizo, muy cerca de donde se escondía Talia.