Romance de los Tres Vientos - Acto 1

Capítulo 6. El bautizo del viento

Cada vez estaba más cerca. Lo pensaba, lo presentía, y en un momento u otro encontraría la salida que tanto buscaba, pero por el momento debía continuar.

Nuestra chica Talia avanzó a través de los pasillos más cercanos, siempre siguiendo el curso del agua del canal, o los caminos más cercanos que no lo perdieran de vista. Sin embargo, tras pocos minutos, lo que pareció una misión sencilla acabó convirtiéndose en un quebradero de cabeza. El canal que seguía acabó dividiéndose en dos: un camino por la izquierda, otro por la derecha, y el curso del agua continuaba a través de ambas direcciones. "¿Por dónde voy ahora?", pensó nuestra chica, desesperándose al momento. Seamus no había dicho nada del tema. ¿Esperaba que actuase por instinto propio, o es que cualquier camino conducía a su destino? El no saberlo hizo que se tirara de los pelos, pero tarde o temprano tendría que decidir.

¿Derecha?

¿O izquierda?

¿O tal vez derecha?

¿O tal vez izquierda?

Indecisión. Indecisión. Indecisión.

Cada uno de los caminos tenía la misma probabilidad de hacer que se perdiera o llegara a su destino. En ese caso, ¿por qué dudaba? ¿Por qué sudaba ante la decisión? Ni siquiera entendía por qué se comportaba de aquella manera. Tal vez estaba buscando algo que le ayudara, algo que le sirviera para tomar una elección, y fue entonces cuando lo encontró: aquello que guiaría su camino.

Colgado del techo, en medio de los dos canales, se hallaba una cámara de seguridad que apuntaba directamente hacia ella. Ni al moverse a los lados conseguía que la perdiera de vista, siguiendo cada uno de los movimientos de nuestra chica. Fue entonces cuando un fuerte pitido salió por el altavoz más cercano a la cámara, y de él escuchó esto:

…Sigue las cámaras... Sigue su dirección...

Estas palabras terminaron con otro pitido aturdidor, y nada más se escuchó por aquel mismo altavoz, signo de una rápida desconexión. Salvo que el mensaje no terminó ahí: la cámara que la vigilaba se dejó de centrar en ella y se giró lo máximo posible a la izquierda, indicándole el camino que debía coger. Ahora Talia estaba ante una nueva decisión: obedecer o no obedecer.

Lo primero era lo más sencillo, prefiriendo que alguien la guiara al no tener idea de por dónde ir. Sin embargo, era lo segundo lo que más le agobiaba. No conocía quien había producido aquellas palabras, o quien dirigía aquella cámara, si no se trataba de la misma persona. Su identidad era un misterio, al igual que lo era su motivo para ayudarla. ¿Sería prudente confiar en lo desconocido? No había una clara respuesta.

Segundos más tarde, nuestra chica descubrió que la indecisión también tenía sus consecuencias. Unas voces empezaban a emerger desde la lejanía, por el mismo camino que había tomado para llegar a la bifurcación, y solo reconoció a una de ellas: la del mismo carroñero que la delató, pensando entregarla a los imperiales.

—Te digo que la chica debe de estar por aquí —dijo la voz del carroñero—. No puede andar muy lejos.

—¿Y por qué me llamas, entonces? —preguntó un segundo hombre—. ¿No puedes pillarla tú solo?

—Es... mucho más complicado de lo que crees. Esa chiquilla es muy escurridiza. ¡Nunca la atraparé sin ayuda!

—Vale, vale. No digas más. Te ayudaré, pero después tendrás que decirme por qué estoy haciendo esto.

Talia perdió los nervios, sabiendo que no podía quedarse allí parada mucho tiempo, pero por suerte la presión logró ayudarla en su decisión, eligiendo el camino que creía correcto: el de la izquierda. Para bien y para mal, había optado por confiar en aquella cámara, y sin más preámbulos volvió a ponerse en marcha, reanudando con su escapada.

Por los caminos que cruzaba se encontró con muchas otras cámaras, todas colocadas en cada una de las bifurcaciones. Estas, al igual que la primera, se movían a diferentes lados cuando Talia llegaba a su posición, y ella siguió las indicaciones sin pensar en las posibles consecuencias.

Sin embargo, las cámaras serían la menor de sus preocupaciones. Fue a la cuarta bifurcación cuando Talia se dio cuenta de que no estaba sola. Un hombre la esperaba, oculto en las sombras desde uno de los pasadizos más estrechos, y este no dudó en asaltar a nuestra chica por detrás, sujetándole ambos brazos y tirando de ella con fuerza hacia atrás, con intención de esconderla en ese mismo pasadizo. Sin embargo, Talia no se rindió tan fácilmente, forcejeando como podía a pesar de que el hombre tuviera diez veces más fuerza que ella.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritaba Talia una y otra vez mientras hacía todo los posible para liberarse, hasta que ese hombre le tapó la boca con la mano, impidiéndola hablar.

—¡Baja la voz! —susurró aquel hombre—. ¿Es que quieres que los imperiales nos descubran?

—¿Los imperiales? —Talia dejó de forcejear—. Eso quiere decir que... ¿no eres uno de ellos?

El hombre terminó de arrastrarla y la liberó del agarre, a la vez que se quedaba tan confuso como extrañado. Ahí, nuestra chica pudo ver que estaba delante de un hombre de mediana edad, complexión atlética y pelo largo oscuro peinado hacia un lado. Vestía un simple chándal azul marino, justo lo que le gustaba llevar para moverse con más comodidad.

—¿De veras, Natalia? —dijo este hombre—. ¿Es que no me reconoces? ¿Es que no sabes quién soy?

Talia lo negó con la cabeza. Por mucho que pensara no lograba acordarse de su cara, si es que debía reconocerla. Esto solo hizo decaer al hombre.

—Qué mala pata...—suspiró este—. Aunque es normal que me veas como un simple desconocido. Seguro que tu padre que me conocieras, por no querer que supieras sobre la Independencia Sur.

—¿Independencia... Sur? —repitió ella, desconociendo lo que era.

—Es una larga historia, una que tu padre se esforzó por ocultarte a toda costa. Era mejor así: que no supieras quien era en realidad.

—Espera. ¿Conoces a mi padre?

Sin embargo, la conversación tuvo que dejarse a un lado, siendo interrumpida por las lejanas voces del carroñero y de su acompañante. Entonces el hombre que estaba a su lado decidió actuar por sí solo y empujó a Talia más adentro del pasadizo, hasta llegar a una esquina en donde pudieron esconderse. Fue ahí cuando divisaron a los dos que la perseguían, llegando a la misma bifurcación. Como era de esperar, y sin lugar para la duda, se trataba del mismo carroñero de antes. Después apareció su acompañante, que vestía igual de horrible que el carroñero, así que Talia supuso que era de su misma clase.



#1225 en Fantasía

En el texto hay: mitos, drama, bildungsroman

Editado: 15.10.2026

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