## 35: Noche de terror parte 2 "Ángeles vs Demonios"
—¡¡Ruuuunnn!! —rugía con furia el motor de la camioneta.
El vehículo ascendía a trompicones por la empinada calle principal del poblado. Con el pie hundido a fondo en el acelerador, Dayana ejecutaba los cambios de velocidad a ritmo forzado, exprimiendo cada caballo de fuerza de aquella mallugada mole metálica. A sus espaldas, la noche proyectaba sombras alargadas sobre el deteriorado entramado urbano. De pie sobre la plataforma de carga, aferrándose al tejado de la cabina mientras la ráfaga de viento helado le alborotaba el cabello, Caps escudriñaba el entorno. Las fachadas de las casas y los árboles periféricos desfilaban a ambos lados como borrones oscuros.
—Mierda, la calle es más larga de lo que parece. ¿Cuánto crees que mide, Judá? —inquirió Caps, alzando la voz para vencer el rugido del escape.
Judá, posicionado junto a él, mantuvo la vista fija en la penumbra tras la zaga del vehículo antes de responder:
—Qué sé yo, ¿un kilómetro y medio, quizás dos? Es un pueblucho más o menos... —De pronto, entornó las pupilas al divisar una silueta que emergía a gran velocidad entre la polvareda—. Mierda, ¿quién demonios es ese?
Una motocicleta de chasis chato y postura agresiva cortaba la distancia con una aceleración pasmosa. Caps afinó la mirada, reconociendo al instante la figura que la pilotaba.
—Maldita sea... Traje negro y un casco brillante no es una buena señal. Es lo mismo que llevaban los tipos que lucharon contra Maze en Chantarri.
—Joder, ahora los recuerdo —masculló Judá, apretando los dientes—. Son los malditos Terminators. Pero es imposible, a menos que sean como putas cucarachas.
—Creo que la nariz no te está dejando ver más allá —replicó Caps sin apartar los ojos del perseguidor—. No creo que sean los mismos.
—Da puto igual si lo son o no, se está acercando demasiado rápido —sentenció Judá. Acto seguido, flexionó los nudillos y propinó un par de golpes secos sobre la chapa del techo—: ¡Niña, písale a fondo!
Desde la cabina, la voz de Dayana resonó ahogada por el esfuerzo:
—¡Quisiera, pero esto es todo lo que esta lata puede darnos!
—Esta calle no tiene muchas intersecciones hacia la otra que da vuelta a la manzana alrededor de la plaza —analizó Caps—. Hay que volver allí; es donde probablemente estén Less y Helen. No pudieron haber ido demasiado lejos de la plaza. A la que veas un retorno, no lo dudes, Dayana.
—Mierda, ya está peligrosamente cerca —advirtió Judá.
Sin perder un segundo, se agachó levemente y percutió una ráfaga contra la motocicleta. Sin embargo, el perseguidor reaccionó con una destreza sobrehumana, inclinando el vehículo en un ángulo casi imposible contra el asfalto para eludir cada proyectil.
—¡Ah, joder! —renegó el tirador al ver fallar sus disparos.
En el asiento del copiloto, Metralla asomó la cabeza hacia el frente, divisando el final del tramo rectilíneo.
—¡Dayana, cruce de frente! ¡Cruce de frente!
—¡Ya lo vi, no soy ciega! —chilló ella, sujetando el volante con nudillos blancos.
—¿Entonces por qué no estás frenando? —exclamó Metralla con tono preocupado—. Es una curva cerrada con casas alrededor, está muy estrecho. A esta velocidad nos estrellaremos.
Dayana echó un vistazo por lo que quedaba del espejo retrovisor lateral. La luz del faro de la moto cortaba la noche a escasos metros de la plataforma. Aprestó la mandíbula.
—Si freno, esa moto o lo que sea nos alcanza. Confía en mí... ¿recuerdas las carreras en el desierto?
—Sí, ¡pero esto no es un juego! —replicó Metralla, sujetándose de la guantera.
—¡No queda de otra!
La motocicleta acortó la brecha a escasos cinco metros, esquivando los últimos fogonazos que salían del arma de Judá. La intersección se abalanzó sobre ellos como un muro inminente. Justo antes del punto de no retorno, sin emitir advertencia alguna, Dayana tiró con violencia del freno de mano y viró el volante hacia un costado. La camioneta derrapó de forma salvaje; los neumáticos chillaron contra el pavimento gastado, dibujando un denso semicírculo de caucho quemado y chispas sobre la calzada.
—¡Ahhh, joder! —gritó Judá al perder el equilibrio.
La fuerza centrífuga amenazó con arrojarlo fuera de la camioneta, pero Caps reaccionó con reflejos felinos, enganchándolo de la camiseta justo a tiempo para reinsertarlo en la plataforma.
La motocicleta pasó de largo, frenando de golpe metros más adelante tras el inesperado derrape. La camioneta completó el giro, momento en el que Dayana desenganchó el freno manual y, con un hábil golpe de volante, estabilizó el chasis para emprender la marcha en sentido contrario. Tomaron una vía paralela que conducía de regreso a la plaza, un trazado más accidentado y con mayor presencia de cruces secundarios.
Caps, tras dejarse caer hacia atrás por el esfuerzo de sostener a su compañero, exclamó:
—Casi terminas adornando el asfalto, ¿eh, viejo?
—¿Ahora que Flint no está, yo soy el viejo? —protestó Judá, reacomodándose la ropa.
—Shhhh... demonios —murmuró Caps, manteniendo la alerta.
Judá inclinó la cabeza hacia la ventanilla de la cabina, tratando de enmendar su arrebato:
—Eh... mierda. Es decir... niña, cuando quieras matarme, por lo menos avisa, joder. —Dayana permaneció en absoluto silencio, concentrada en el camino—. Pero bien hecho.
—Sabía que no tardaría mucho en seguirnos, pero esto es ridículo —comentó Caps al ver reaparecer el destello del faro tras la curva.
A escasa distancia, el piloto de la motocicleta ajustó el visor digital de su casco. El cristal inteligente ejecutó un zoom óptico instantáneo, escaneando los rostros de la plataforma. Al fijar el objetivo, el sujeto dejó escapar un murmullo por el sistema de audio interno:
—¿Huh?... ¿Realmente es...? Jajaja, imposible.
El motor de la moto emitió un chillido agudo y la distancia entre ambos vehículos volvió a reducirse de manera drástica.