Rovira: El Ascenso De Sair.

Capítulo 2 — El ejército de las montañas

Sair no durmió.
Lo intentó.
Durante horas permaneció tendido sobre la misma manta que había usado desde niño, mirando el techo de madera de su casa.
Todo seguía allí.
La cesta que su madre había dejado junto a la entrada.
Las herramientas de su padre.
Tres cuencos sobre una repisa.
Tres.
Sair los observó durante mucho tiempo.
Finalmente se levantó.
Tomó uno.
Después otro.
Los guardó.
Dejó solamente el suyo.
No pudo soportarlo.
Los sacó nuevamente.
—Qué estupidez...
Su voz resonó en una casa demasiado silenciosa.
Sair apretó los dientes.
Afuera se escucharon pasos.
Después voces.
Muchísimas.
Se acercó a la puerta.
Las montañas todavía estaban oscuras, pero Ubasá llevaba horas despierta.
Hombres recorrían los caminos cargando armas.
Mujeres preparaban bolsas de alimentos.
Ancianos distribuían mantas.
Algunos niños observaban en silencio mientras sus padres se preparaban para marchar.
Las antorchas continuaban encendidas sobre las montañas.
Una tras otra.
Como estrellas colocadas sobre la tierra.
Movilización general.
Sair volvió a mirar la casa.
Durante dieciséis años había querido salir de allí.
Conocer otras tierras.
Pelear en grandes batallas.
Escuchar su nombre pronunciado por miles de guerreros.
Ahora podía marcharse.
Y habría dado cualquier cosa por no tener que hacerlo.
Tomó la lanza de Aukan.
La sostuvo frente a él.
Era diferente a su arma de entrenamiento.
Más pesada.
Más larga.
La punta de piedra endurecida había sido reforzada alrededor de la base y todavía conservaba pequeñas manchas oscuras.
Sangre.
Sair pasó un dedo sobre ellas.
Siete.
Su padre había matado a siete hombres antes de morir.
—Yo habría matado ocho.
Silencio.
Sair cerró los ojos.
Casi podía escuchar la respuesta.
Primero consigue golpearme una vez.
Una sonrisa apareció involuntariamente.
Duró menos de un segundo.
Sair abrió los ojos.
—Voy a encontrarlos.
Apretó la lanza.
—Te lo prometo.
Se la colocó sobre el hombro.
Después salió de casa.
No miró atrás.
La puerta norte de Ubasá estaba irreconocible.
Normalmente, dos guardias eran suficientes para vigilarla.
Aquella mañana había más de cincuenta.
Una multitud se extendía desde la entrada hasta el camino de montaña.
Sair se detuvo.
—¿Todo esto es de Ubasá?
—¿Primera movilización?
La voz apareció a su izquierda.
Sair giró.
Un muchacho aproximadamente de su edad estaba sentado sobre un saco enorme.
Era más bajo que Sair, pero tenía hombros anchos y brazos que parecían demasiado grandes para su cuerpo.
Masticaba algo.
—¿Qué? —preguntó Sair.
—Pregunté si es tu primera movilización.
Sair miró nuevamente la multitud.
—Sí.
—Se nota.
Sair lo miró.
—¿Por qué?
El muchacho señaló su cara.
—Estás mirando como si hubieras visto aparecer a los espíritus de las montañas.
Sair frunció el ceño.
—¿Y tú has estado en muchas?
—Ninguna.
Sair permaneció callado.
El muchacho sonrió.
—Pero yo disimulo mejor.
Sair siguió caminando.
—Oye.
No respondió.
—¡Oye!
El muchacho levantó su saco y corrió detrás de él.
—¿Cómo te llamas?
—¿Por qué?
—Porque si vamos al mismo campamento quizá termines salvándome la vida.
—O tú la mía.
El desconocido pareció considerar la posibilidad.
—No.
—¿No?
—Yo pienso esconderme detrás de ti.
Sair lo miró.
El muchacho extendió una mano.
—Kantu.
Sair miró la mano.
Después a él.
—Sair.
—¿No vas a estrecharla?
—No.
Kantu bajó lentamente la mano.
—Definitivamente voy a esconderme detrás de ti.
Un cuerno resonó desde la puerta.
OOOOOOOH.
Las conversaciones terminaron.
Un guerrero subió sobre una plataforma de madera.
—¡TODOS LOS HOMBRES CONVOCADOS AL CAMPAMENTO NORTE DEBEN FORMAR EN EL CAMINO!
La multitud comenzó a moverse.
Sair avanzó.
Kantu apareció otra vez a su lado.
—Parece que iremos juntos.
—Parece.
—¿Estás emocionado?
Sair lo miró.
—No.
Kantu dejó de sonreír.
Por primera vez reparó realmente en la lanza que Sair llevaba.
En la sangre seca.
—Ah.
No preguntó.
Sair agradeció que no lo hiciera.
Marcharon durante casi tres horas.
Cada camino parecía aportar más personas.
De una aldea llegaron cincuenta.
De otra, cien.
Después doscientos.
Guerreros veteranos caminaban junto a campesinos que apenas sabían sujetar una lanza.
Algunos cantaban.
Otros hablaban de las batallas que vendrían.
Sair escuchó a un hombre asegurar que matarían a los invasores en dos días.
Otro apostó que jamás llegarían a ver al enemigo porque este huiría al escuchar que los Chitareros se habían movilizado.
Sair no dijo nada.
Recordó la caja.
Recordó los ojos abiertos de Aukan.
Los hombres que habían hecho aquello no parecían tener miedo.
—¿Sabes quiénes son? —preguntó Kantu.
—¿Quiénes?
—Los invasores.
Sair negó.
—Mi hermano dice que son Guanes.
Un hombre que caminaba delante de ellos volteó.
—Tu hermano es un idiota.
Kantu parpadeó.
—¿Conoces a mi hermano?
—No hace falta.
Algunos hombres rieron.
El desconocido continuó:
—Los Guanes no cruzarían por el norte para atacarnos. Sería absurdo.
—Entonces son Muiscas —dijo otro.
—Los Muiscas están demasiado lejos.
—¿Taironas?
—¿Aquí?
Las especulaciones continuaron.
Sair comenzó a comprender algo.
Nadie sabía contra quién iban a luchar.
Veinte mil hombres habían cruzado sus tierras...
y nadie conocía su nombre.
Llegaron a una cresta poco antes del mediodía.
Los hombres delante de Sair comenzaron a detenerse.
—¿Qué pasa? —preguntó Kantu.
Sair avanzó unos pasos.
Entonces lo vio.
El valle entero estaba cubierto.
Tiendas.
Miles.
Tantas que parecían una segunda ciudad.
Columnas de humo ascendían desde centenares de fogatas.
Hombres transportaban madera.
Otros cavaban zanjas.
Herreros golpeaban metal.
Grupos enteros practicaban formaciones.
Caravanas cargadas de alimentos llegaban por diferentes caminos.
Estandartes se levantaban por todas partes.
Sair permaneció inmóvil.
Había imaginado un ejército muchas veces.
En su imaginación siempre había hombres corriendo hacia una batalla.
Nunca había imaginado todo lo necesario para conseguir que esos hombres llegaran vivos hasta ella.
—¿Cuántos hay? —preguntó.
Kantu tenía la boca abierta.
—Un millón.
El hombre de delante volvió a mirar.
—Definitivamente tu familia tiene problemas.
—Era una aproximación.
Un veterano que pasaba junto a ellos respondió:
—Doce mil esta mañana.
Sair lo miró.
—¿Doce mil?
—Y seguirán llegando.
Sair volvió los ojos hacia el campamento.
Doce mil.
La cifra le parecía imposible.
Después recordó.
—El enemigo tiene veinte mil...
El veterano lo escuchó.
—Eso dicen.
—Entonces somos menos.
El hombre sonrió.
—Muchacho, en una guerra siempre eres menos hasta que sabes contar correctamente.
Sair no entendió.
El veterano continuó caminando.
Kantu se acercó.
—¿Sabes qué quiso decir?
—No.
—Bien. Pensé que era el único.
Los nuevos reclutas fueron enviados a una gran explanada.
Había cientos.
Un escriba se sentaba detrás de una mesa.
—Nombre.
—Sair.
—Aldea.
—Ubasá.
—Edad.
—Dieciséis.
El escriba levantó los ojos.
—¿Experiencia militar?
Sair pensó en las peleas con su padre.
—Entrenamiento con lanza.
—Pregunté experiencia militar.
Sair guardó silencio.
El hombre marcó algo.
—Ninguna.
—Sé usarla.
—Todos dicen eso.
Señaló hacia otro grupo.
—Siguiente.
Sair caminó.
Kantu ocupó su lugar.
—Nombre.
—Kantu.
—Aldea.
—Siraká.
—Edad.
—Diecisiete.
—Experiencia militar.
Kantu sonrió.
—Una vez maté un jabalí.
El escriba lo observó.
—¿Solo?
—No.
—¿Cuántos?
—Siete.
El escriba cerró los ojos.
—Ninguna.
—Pero el jabalí...
—Siguiente.
Sair sonrió por primera vez aquella mañana.
Kantu corrió detrás.
—Era un jabalí enorme.
—Estoy seguro.
—Casi mató a mi tío.
—Qué tragedia que fallara.
Kantu lo miró.
Después comenzó a reír.
Sair también.
La risa salió antes de que pudiera detenerla.
Y entonces sintió culpa.
Se quedó callado.
Kantu lo notó.
—Oye.
Sair continuó caminando.
—No tienes que hacer eso.
—¿Qué?
—Sentirte mal por reír.
Sair se detuvo.
Kantu ya no sonreía.
—Mi hermana murió hace dos años.
Sair lo miró.
—Una enfermedad.
Kantu se encogió de hombros.
—Durante semanas pensé que si me divertía significaba que la había olvidado.
Sair bajó la mirada.
—¿Y?
—Era una estupidez.
Kantu volvió a levantar el saco.
—Los muertos no necesitan que estemos tristes todo el tiempo.
Sair no respondió.
Kantu comenzó a caminar.
—Además, si mi hermana pudiera verme ahora seguramente estaría riéndose porque voy a una guerra sin saber usar bien una lanza.
Sair lo siguió.
—¿No dijiste que mataste un jabalí?
—El jabalí estaba ocupado intentando matar a mi tío.
Sair volvió a sonreír.
Esta vez no la reprimió.
—¡FORMEN FILAS!
La voz atravesó la explanada.
Cien reclutas se organizaron torpemente.
Sair terminó aproximadamente en el centro.
Kantu estaba a su derecha.
Un hombre caminó frente a ellos.
Era alto y delgado.
No parecía particularmente fuerte.
Una cicatriz comenzaba junto a su nariz y desaparecía debajo de la mejilla.
Llevaba una lanza corta y un escudo desgastado.
Se detuvo.
Miró a los cien hombres.
Nadie habló.
—Mi nombre es Daruk.
Silencio.
—Durante las próximas semanas, si tenemos suerte, seré su capitán.
Uno de los reclutas levantó la mano.
Daruk lo miró.
—¿Qué?
—¿Y si no tenemos suerte?
—Estaré muerto.
El muchacho bajó la mano.
Daruk continuó caminando.
—Quiero dejar algo claro.
Se detuvo frente a un hombre enorme.
—No me importa cuánto peso puedas levantar.
Pasó al siguiente.
—No me importa cuántos animales hayas cazado.
Otro.
—No me importa si tu padre es jefe de una aldea.
Otro.
—No me importa si crees que los espíritus te eligieron.
Llegó hasta Sair.
Sus ojos descendieron hacia la lanza de Aukan.
Se detuvieron sobre la sangre seca.
Después volvieron al rostro del muchacho.
—Y definitivamente no me importa a quién quieras vengar.
Sair endureció la expresión.
Daruk continuó.
—Aquí todos ustedes son exactamente lo mismo.
Hizo una pausa.
—Nada.
Un murmullo recorrió las filas.
Daruk sonrió.
—¿Les molesta?
Nadie respondió.
—Excelente.
Golpeó su lanza contra el suelo.
—Porque un hombre que cree que ya es guerrero es mucho más difícil de entrenar que uno que sabe que todavía es inútil.
Un recluta corpulento dio un paso adelante.
—Yo soy guerrero.
Daruk lo miró.
—¿Nombre?
—Barek.
—¿Has estado en una batalla, Barek?
—No.
—¿Has matado a un hombre?
—No.
—¿Has mantenido una formación mientras cincuenta personas intentan abrirte el vientre?
Barek guardó silencio.
Daruk se acercó hasta quedar frente a él.
—Entonces eres un muchacho grande sosteniendo una lanza.
Algunos rieron.
Barek apretó los dientes.
Daruk retrocedió.
—Algunos de ustedes creen que vinieron aquí para convertirse en héroes.
Comenzó a caminar.
—Otros quieren vengar familiares.
Sair volvió a mirarlo.
—Algunos vinieron porque su aldea los obligó.
Kantu levantó ligeramente la mano.
Sair se la bajó.
—No me importa.
Daruk señaló hacia las montañas.
—Cuando empiece la batalla, el enemigo tampoco preguntará.
Se detuvo.
—Así que les enseñaré una sola cosa.
Los reclutas esperaron.
—A regresar vivos.
Sair frunció el ceño.
¿Eso era todo?
Daruk lo vio.
—Tú.
Señaló a Sair.
—¿Esperabas algo diferente?
Sair dudó.
—Pensé que nos enseñaría a ganar.
Daruk sonrió.
—¿Cómo te llamas?
—Sair.
—Bien, Sair.
Se acercó.
—Los muertos no ganan guerras.
Sair guardó silencio.
—Primera lección.
Daruk señaló una montaña.
—Corran.
Nadie se movió.
—¿Hasta dónde? —preguntó Kantu.
Daruk miró la cima.
—Hasta arriba.
Los reclutas palidecieron.
—¿Y después? —preguntó alguien.
Daruk sonrió.
—Regresan.
Kantu levantó la mano.
—Capitán.
—¿Qué?
—¿Y si morimos?
Daruk señaló el campamento.
—Me ahorran comida.
Tres horas después, Sair odiaba a Daruk.
Cinco horas después estaba considerando seriamente asesinarlo.
Corrieron.
Cargaron piedras.
Subieron.
Bajaron.
Volvieron a subir.
Aprendieron a sostener escudos.
Daruk golpeaba con una vara a cualquiera que bajara el suyo.
Kantu recibió nueve golpes.
Sair, seis.
Barek ninguno.
—Presumido —murmuró Kantu.
Después aprendieron posiciones.
Una línea de diez hombres.
—Escudo junto a escudo —ordenó Daruk.
Sair obedeció.
—Las lanzas salen entre los espacios.
Lo hicieron.
—Ahora avancen.
La línea se movió.
Tres pasos.
El hombre de la izquierda tropezó.
Toda la formación se desordenó.
Daruk cerró los ojos.
—Impresionante.
Los reclutas respiraban agotados.
—Acaban de ser derrotados por un pie.
Kantu intentó no reír.
Daruk lo señaló.
—¿Algo gracioso?
—No.
—Excelente. Cien pasos alrededor del campo.
La sonrisa desapareció.
—Capitán...
—Ciento veinte.
Kantu comenzó a correr.
—Odio este lugar.
Cuando finalmente los dejaron descansar, el sol estaba desapareciendo.
Sair cayó junto a una fogata.
Cada músculo le dolía.
Kantu se dejó caer a su lado.
—He tomado una decisión.
—¿Cuál?
—Voy a desertar.
—Llevas un día.
—Precisamente. Todavía estoy a tiempo.
Sair cerró los ojos.
A su alrededor, otros reclutas comían.
Algunos hablaban.
Otros estaban demasiado cansados.
Barek se sentó frente a ellos.
Kantu lo miró.
—El guerrero.
Barek ignoró el comentario.
—Tú eres Sair.
Sair abrió un ojo.
—Sí.
—Esa lanza.
Sair miró el arma.
—¿Qué pasa?
—Tiene sangre.
Kantu dejó de bromear.
Sair no respondió.
Barek continuó.
—¿Mataste a alguien?
—No.
—Entonces ¿de quién es?
Sair levantó los ojos.
—De mi padre.
Barek comprendió.
—Ah.
Silencio.
—Lo siento.
Sair esperaba sentir rabia.
No ocurrió.
—Gracias.
Barek asintió.
Se levantó.
Kantu lo observó alejarse.
—Pensé que sería un idiota.
—Lo es.
—Sí, pero uno educado.
Sair sonrió ligeramente.
Entonces escucharon un cuerno.
Uno.
OOOOOOOH.
Los veteranos alrededor dejaron de comer.
Segundo.
OOOOOOOH.
Algunos se pusieron de pie.
Tercero.
OOOOOOOH.
El campamento entero cambió.
Miles de hombres comenzaron a moverse.
—¿Qué significa? —preguntó Sair.
Daruk apareció caminando rápidamente.
Ya llevaba escudo.
—Todos de pie.
Los reclutas se levantaron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Barek.
Daruk no respondió.
—¡CAPITÁN!
—Exploradores.
—¿Qué encontraron?
Daruk miró hacia el norte.
Sair siguió sus ojos.
En una montaña distante apareció una luz.
Después otra.
Después cinco.
Señales.
Un mensajero llegó corriendo.
—¡Capitán Daruk!
Le entregó una tablilla.
Daruk leyó.
Su mandíbula se tensó.
Sair dio un paso.
—¿Qué dice?
Daruk levantó los ojos.
—Los veinte mil hombres cambiaron de dirección.
Kantu tragó saliva.
—¿Se van?
Daruk negó.
—Entonces ¿adónde van?
Daruk miró directamente a los cien reclutas.
—Aquí.
Nadie habló.
Sair sintió cómo el cansancio desaparecía.
—¿Cuánto falta?
Daruk volvió a mirar la tablilla.
—Dos días.
Un murmullo recorrió la formación.
—Capitán —preguntó Barek—. Apenas comenzamos el entrenamiento.
—Lo sé.
—No estamos preparados.
Daruk dobló la tablilla.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué hacemos?
Daruk los observó.
Cien muchachos.
Cien reclutas.
Cien hombres que aquella mañana todavía no sabían caminar en línea.
—Aprender rápido.
Muy lejos del campamento chitarero, la noche era completamente silenciosa.
Un hombre permanecía arrodillado frente a un mapa.
No llevaba adornos.
No llevaba corona.
Ni siquiera una armadura particularmente llamativa.
Delante de él había pequeñas piedras.
Rojas.
Negras.
Blancas.
Una mano tomó una piedra negra.
La movió.
Detrás apareció un segundo hombre.
—La noticia llegó.
La piedra se detuvo.
—¿Movilizaron?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Doce mil confirmados. Probablemente dieciocho mil antes de dos días.
El hombre observó el mapa.
—¿Y ella?
—Todavía no.
Silencio.
La piedra negra avanzó otra posición.
—Lo hará.
—¿Está seguro?
El hombre levantó los ojos.
—Veinte mil hombres han cruzado su frontera.
Una pequeña sonrisa apareció.
—Zairá vendrá.
El subordinado dudó.
—¿Y si no?
La sonrisa desapareció.
—Entonces quemaremos suficientes aldeas hasta que lo haga.
Movió la piedra negra hasta colocarla exactamente frente a las montañas chitareras.
—Esta guerra no comienza cuando nuestros ejércitos se encuentren.
El subordinado esperó.
—Ya comenzó.
El viento apagó una de las antorchas.
Sobre el mapa, las montañas chitareras quedaron cubiertas por la sombra de la mano del desconocido.




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