Rovira: El Ascenso De Sair.

Capítulo 3 — Cien hombres

Sair descubrió que dos días podían ser demasiado poco tiempo para aprender a sobrevivir.
Y demasiado tiempo para pensar en morir.
—¡Otra vez!
Cien escudos golpearon el suelo.
¡THUM!
—¡Otra vez!
¡THUM!
—¡LANZAS!
Las armas descendieron.
Al menos, eso debía ocurrir.
La lanza de Kantu chocó contra la de Sair.
Otra golpeó a Barek en la nuca.
Alguien perdió el escudo.
Y un muchacho de la última fila tropezó y arrastró a otros dos consigo.
Daruk cerró los ojos.
Permaneció así varios segundos.
Sair respiraba agitadamente.
Nadie se atrevió a hablar.
Finalmente, el capitán abrió los ojos.
—Magnífico.
Kantu sonrió nerviosamente.
—¿En serio?
Daruk lo miró.
—No.
La sonrisa desapareció.
Daruk caminó lentamente frente a la formación.
—Veinte mil enemigos vienen hacia nosotros.
Se detuvo.
—Veinte mil.
Levantó dos dedos.
—Eso significa que probablemente habrá suficientes para que cada uno de ustedes tenga la oportunidad de morir varias veces.
Nadie rio.
—Y ustedes...
Miró la formación.
Un escudo estaba al revés.
Dos hombres sostenían sus lanzas con la mano equivocada.
Otro intentaba discretamente limpiarse la nariz.
Daruk suspiró.
—Ustedes acaban de perder contra ustedes mismos.
Sair apretó los dientes.
Llevaban entrenando desde antes del amanecer.
El sol apenas comenzaba a elevarse sobre las montañas y sus brazos ya parecían hechos de piedra.
Daruk golpeó con una vara el escudo del primer hombre.
—Otra vez.
Un gemido colectivo recorrió la formación.
—¿Algún problema?
Silencio.
—Eso pensé.
Daruk levantó la mano.
—¡ESCUDOS!
¡THUM!
Esta vez sonaron casi al mismo tiempo.
Daruk siguió caminando.
—Mejor.
Kantu murmuró:
—Gracias a los espíritus.
La vara de Daruk apareció frente a su cara.
—¿Dijiste algo?
—Que podemos hacerlo mejor, capitán.
—Excelente actitud.
Kantu sonrió.
—Gracias.
—Veinte vueltas después del entrenamiento.
Kantu dejó de sonreír.
Sair tuvo que morderse el interior de la mejilla.
—Y tú también —dijo Daruk.
Sair lo miró.
—¿Yo qué hice?
—Querías reírte.
—Pero no lo hice.
—Diez vueltas.
Kantu abrió los brazos.
—¡Eso es injusto! ¡Yo tengo veinte!
Daruk lo miró.
—Treinta.
Kantu cerró la boca.
Durante el resto de la mañana, Daruk les enseñó a no morir.
No a atacar.
No a realizar grandes maniobras.
Ni siquiera a matar.
A no morir.
—Escudo.
Golpe.
—Paso.
Golpe.
—Lanza.
Golpe.
—Retroceso.
Golpe.
Cada movimiento debía repetirse hasta que el cuerpo lo hiciera sin pensar.
Sair comenzó a frustrarse.
Sabía usar una lanza.
Su padre se había encargado de eso.
Aukan le había enseñado a atacar desde distintos ángulos, cambiar la posición de las manos y utilizar el extremo posterior del arma.
Pero Daruk no parecía interesado en nada de aquello.
—¡Sair!
Sair regresó a la formación.
—¿Qué?
La vara golpeó su hombro.
—Cuando un superior te llama, respondes «sí, capitán».
Sair apretó la mandíbula.
—Sí, capitán.
Daruk señaló sus pies.
—Estás demasiado adelantado.
Sair miró.
Había avanzado medio paso más que los demás.
—Es medio paso.
—Correcto.
—No cambia nada.
Daruk sonrió.
Sair comenzóaba a odiar esa sonrisa.
—Kantu.
—¿Sí, capitán?
—Atácalo.
Kantu parpadeó.
—¿A Sair?
—No. Al espíritu que está detrás de él.
Kantu miró detrás de Sair.
Daruk lo golpeó con la vara.
—¡A SAIR!
—¡Sí, capitán!
Kantu levantó su lanza de entrenamiento.
—Perdóname.
Sair levantó el escudo.
Kantu atacó.
Sair bloqueó fácilmente.
—¿Ves?
Miró a Daruk.
—No cambia...
¡THAK!
Algo golpeó su costado.
Sair cayó.
Barek estaba allí.
—¿Qué...?
Daruk señaló la posición que Sair había abandonado al adelantar el pie.
—Medio paso.
Sair comprendió.
—Acabas de abrir un espacio entre tú y el hombre de tu derecha.
Barek bajó la lanza.
—En una pelea individual —continuó Daruk—, puedes moverte como quieras.
Se agachó frente a Sair.
—En una formación, tu cuerpo ya no te pertenece.
Sair lo miró.
Daruk señaló a los otros noventa y nueve.
—Les pertenece a ellos.
Sair se levantó.
—Otra vez.
Daruk arqueó una ceja.
—¿Qué?
Sair regresó a su posición.
—Quiero hacerlo otra vez.
Daruk lo observó.
Después miró a Kantu.
—Atácalo.
Kantu suspiró.
—Siempre termino involucrado.
Atacó.
Sair bloqueó.
Esta vez no avanzó.
Barek intentó golpear desde el costado.
Sair mantuvo la posición.
El escudo de Barek chocó contra el suyo.
Sair sonrió.
Daruk no.
—Ahora veinte veces.
La sonrisa de Sair desapareció.
A mediodía recibieron comida.
Una masa de maíz.
Carne seca.
Agua.
Kantu observó su porción.
—¿Esto es comida?
Barek estaba sentado frente a él.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Cómetela.
Kantu levantó la masa.
—Creo que si se la lanzo al enemigo podemos ganar la guerra.
Sair mordió la suya.
—No está tan mala.
Kantu lo miró horrorizado.
—Tus padres no te enseñaron a respetar tu boca.
Sair dejó de masticar.
La frase había salido sin intención.
Kantu lo comprendió inmediatamente.
—Sair...
—Está bien.
Sair continuó comiendo.
Barek cambió de tema.
—¿Creen que realmente lleguen mañana?
Kantu bajó la comida.
—Eso dijo Daruk.
—Pregunté qué creen ustedes.
Sair miró hacia las montañas.
Desde aquella mañana no habían dejado de llegar guerreros.
El campamento ya era mucho más grande que el día anterior.
—Llegarán.
Barek lo observó.
—¿Cómo sabes?
—Porque quieren que sepamos que vienen.
Kantu frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Sair tampoco sabía exactamente por qué lo había dicho.
—Veinte mil hombres no pueden esconderse.
—Precisamente.
Sair negó.
—No.
Miró hacia el norte.
—Quiero decir que no están intentando esconderse.
Barek dejó de comer.
—¿Y?
—Si quisieran sorprendernos, podrían dividirse.
Kantu lo miró.
—¿Desde cuándo eres general?
—No soy general.
—Menos mal.
Sair ignoró el comentario.
—Mi padre cazaba conmigo.
Barek esperó.
—Cuando perseguíamos venados, nunca caminábamos directamente hacia ellos haciendo ruido.
Kantu levantó la mano.
—Los venados tampoco tienen exploradores.
—Sabes lo que quiero decir.
Sair tomó una piedra.
La colocó sobre el suelo.
—Nosotros estamos aquí.
Colocó otra.
—Ellos estaban al norte.
Movió la segunda directamente hacia la primera.
—Todo el mundo sabe que vienen.
Barek comenzó a comprender.
—Quieres decir que quieren que concentremos hombres aquí.
Sair se encogió de hombros.
—Tal vez.
Una voz apareció detrás.
—O tal vez veinte mil hombres simplemente no tienen miedo de ustedes.
Los tres giraron.
Un joven estaba de pie detrás.
No lo conocían.
Llevaba una protección de cuero mejor que la mayoría de los reclutas y una espada corta colgada a la cintura.
Tendría dieciocho o diecinueve años.
—¿Quién eres? —preguntó Kantu.
El joven ignoró la pregunta.
Miró a Sair.
—Tu idea no es mala.
Sair arqueó una ceja.
—Gracias.
—Pero está incompleta.
—¿Por qué?
El desconocido tomó una tercera piedra.
La colocó al oeste.
—Si quisieran concentrarnos aquí, necesitarían una segunda fuerza.
Sair observó la piedra.
—Tal vez la tienen.
El joven sonrió.
—Tal vez.
Kantu levantó la mano.
—Vuelvo a preguntar. ¿Quién eres?
El desconocido tomó la masa de maíz de Kantu.
Le dio un mordisco.
—Alguien que tenía hambre.
Y se marchó.
Kantu permaneció inmóvil.
—Acaba de robarme.
Barek asintió.
—Sí.
—¡MI COMIDA!
Kantu se levantó.
Sair lo agarró.
—Déjalo.
—¡Era lo único que tenía!
—Dijiste que parecía un arma.
—¡Era mi arma!
El desconocido desapareció entre las tiendas.
Sair miró la tercera piedra.
Oeste.
Por alguna razón, no pudo dejar de pensar en ella.
Aquella tarde llegó la primera noticia importante.
Un grupo de exploradores apareció desde el norte.
Tres hombres.
Habían salido siete.
El campamento quedó en silencio cuando atravesaron la entrada.
Uno llevaba una flecha clavada en el hombro.
Otro tenía sangre seca cubriéndole medio rostro.
El tercero apenas podía caminar.
Sair los observó desde lejos.
Daruk apareció.
—No miren.
Nadie obedeció.
Los exploradores fueron llevados directamente a la tienda de mando.
Kantu tragó saliva.
—Cuatro no regresaron.
Barek asintió.
—Sí.
—¿Crees que estén vivos?
Nadie respondió.
Sair miró al hombre de la flecha.
La guerra todavía no había comenzado.
Y ya había hombres que no regresarían.
Dentro de la tienda principal, varios comandantes rodeaban una mesa.
—Dieciocho mil confirmados.
Una piedra negra cayó sobre el mapa.
—Tal vez veinte.
Otra.
—Aquí.
Un oficial señaló un paso entre dos montañas.
—Marchan directamente hacia el valle de Sarak.
Un hombre mayor cruzó los brazos.
—Entonces los enfrentamos allí.
—Es un buen terreno defensivo.
—Podemos reunir quince mil antes del amanecer.
—Dieciocho al mediodía.
—Suficiente.
Un comandante golpeó el mapa.
—Bloqueamos el valle y los obligamos a atacarnos de frente.
Varios asintieron.
Desde un extremo de la tienda, una mujer permanecía en silencio.
Nadie se había atrevido a preguntarle nada.
Zairá observaba el mapa.
La Serpiente Blanca había llegado aquella mañana sin ceremonia.
Solo dos mil de sus soldados la acompañaban.
El resto de su ejército todavía marchaba desde el sur.
—General Zairá.
Ella no respondió.
—General.
Zairá levantó los ojos.
—¿Qué?
—¿Está de acuerdo?
—No estaba escuchando.
Silencio incómodo.
El comandante parpadeó.
—Hablábamos de bloquear Sarak.
—Ah.
Zairá volvió al mapa.
—Mala idea.
Los oficiales intercambiaron miradas.
—¿Por qué?
Zairá tomó la piedra que representaba al enemigo.
La hizo avanzar.
—Porque eso es exactamente lo que quieren.
—¿Cómo puede saberlo?
—No lo sé.
El comandante frunció el ceño.
—Entonces...
—Por eso es interesante.
Zairá apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Veinte mil hombres.
Movió la piedra.
—Sin estandartes.
Otra.
—Sin colores.
Otra.
—Sin identificar.
Otra.
—Y marchando por la ruta más visible posible.
Miró a los oficiales.
—¿A nadie más le parece extraño?
Uno respondió:
—Podrían ser mercenarios.
—Veinte mil mercenarios.
—Una coalición.
—¿De quién?
Silencio.
Zairá sonrió.
—Exactamente.
Se acercó al mapa.
—No conocemos su pueblo.
—No conocemos a su comandante.
—No conocemos su objetivo.
—Y, sin embargo...
Golpeó Sarak con un dedo.
—Sabemos exactamente dónde quieren combatir.
La sonrisa desapareció.
—Eso me preocupa.
Un comandante preguntó:
—¿Qué ordena?
Zairá permaneció en silencio.
Después señaló tres puntos.
—Exploradores aquí, aquí y aquí.
—¿Cuántos?
—Todos los que podamos.
El hombre abrió los ojos.
—Eso dejará al campamento casi sin reconocimiento cercano.
—Lo sé.
—¿Qué estamos buscando?
Zairá miró hacia el oeste.
—El ejército que todavía no vemos.
Sair volvió a entrenar.
Escudo.
Paso.
Lanza.
Retroceso.
Escudo.
Paso.
Lanza.
Retroceso.
Las palabras de Daruk comenzaron a convertirse en movimientos automáticos.
Entonces ocurrió.
Barek atacó.
Sair bloqueó.
Kantu avanzó por su izquierda.
Otro hombre cubrió la derecha.
Por primera vez...
la línea no se rompió.
Diez hombres avanzaron juntos.
Un paso.
Otro.
Otro.
Daruk observaba.
—¡LANZAS!
Diez puntas salieron al mismo tiempo.
¡THAK!
Golpearon los escudos de la línea contraria.
La formación enemiga retrocedió.
Sair sintió algo extraño.
No había hecho nada espectacular.
No había derrotado a nadie.
Pero la fuerza de diez hombres avanzando juntos era completamente distinta a la de diez hombres luchando por separado.
—¡OTRA VEZ! —gritó Daruk.
Avanzaron.
¡THAK!
—¡OTRA!
¡THAK!
La otra línea se rompió.
Kantu levantó los brazos.
—¡GANAMOS!
Daruk lo golpeó con la vara.
—Y acabas de morir.
—¡¿Por qué?!
—Bajaste el escudo para celebrar.
Kantu miró su escudo.
—Pero ganamos.
—Un enemigo moribundo te abre el vientre mientras celebras.
Kantu bajó los brazos.
—Odio sus historias.
Daruk miró a los demás.
—Escuchen.
Todos guardaron silencio.
—Lo que hicieron ahora...
Señaló la formación.
—Eso es un ejército.
Sair miró a sus compañeros.
Por primera vez comenzaba a entender.
Daruk se acercó.
—Sair.
—Sí, capitán.
—Mucho mejor.
Sair sonrió.
—Gracias.
—No era un cumplido.
La sonrisa desapareció.
—Todavía eres terrible.
Kantu rio.
La vara también lo golpeó.
Esa noche nadie habló demasiado.
Faltaba un día.
Tal vez menos.
Sair estaba acostado cuando escuchó pasos.
Abrió los ojos.
Daruk caminaba entre las tiendas.
—Capitán.
Daruk se detuvo.
—Duerme.
Sair se incorporó.
—No puedo.
—Aprende.
Daruk continuó.
—¿Usted tiene miedo?
El capitán se detuvo.
No volteó inmediatamente.
—Sí.
Sair no esperaba esa respuesta.
—¿En serio?
Daruk giró.
—¿Creías que los soldados dejan de sentir miedo?
—Pensé que...
—¿Que somos valientes?
Sair guardó silencio.
Daruk se sentó frente a él.
—Te contaré un secreto.
Sair esperó.
—Todos los hombres tienen miedo antes de una batalla.
—¿Incluso los Grandes Generales?
Daruk sonrió.
—Especialmente los que son inteligentes.
—Entonces ¿qué diferencia a un cobarde?
Daruk tomó una piedra.
—Esto.
La lanzó.
—Nada.
Sair frunció el ceño.
—No entiendo.
—El miedo no decide quién eres.
Daruk señaló su pecho.
—Lo que haces mientras tienes miedo sí.
Sair miró sus manos.
—Yo quiero pelear.
—Lo sé.
—Quiero encontrar a quienes mataron a mis padres.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué sigue diciéndome que no estoy preparado?
Daruk permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Cómo se llamaban?
Sair levantó la mirada.
—¿Mis padres?
—Sí.
—Aukan y Yara.
Daruk asintió.
—¿Quieres vengarlos?
—Sí.
—Supongamos que mañana ves al hombre que los mató.
Sair apretó el puño.
—Lo mato.
—Está detrás de cien soldados.
—Llego hasta él.
—Mueren diez compañeros.
Sair guardó silencio.
—¿Sigues?
—Sí.
—Mueren veinte.
Sair dudó.
—Treinta.
Daruk lo miró.
—Cincuenta.
Sair ya no respondió.
—¿Cuántos hombres estás dispuesto a matar para vengar a dos?
Sair sintió rabia.
—No es lo mismo.
—Para las familias de esos cincuenta sí.
Sair se levantó.
—Usted no entiende.
Daruk también.
—Entiendo mejor de lo que crees.
Por primera vez, Sair vio algo distinto en sus ojos.
—Yo también entré al ejército por venganza.
Sair se detuvo.
Daruk no explicó más.
—Duerme.
Se marchó.
Sair lo observó desaparecer.
Aquella noche, por primera vez desde la muerte de sus padres, una pregunta apareció junto a su deseo de venganza.
¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
No encontró respuesta.
Horas después, un explorador corría.
Su respiración estaba destrozada.
Las piernas cubiertas de barro.
Había perdido el arco.
Una herida cruzaba su espalda.
Pero continuaba.
Detrás de él, el bosque permanecía silencioso.
Demasiado silencioso.
El hombre llegó a una pequeña posición chitarera.
—¡ABRAN!
Dos guardias corrieron.
—¿Qué ocurrió?
El explorador cayó de rodillas.
—General...
—¿Qué?
—Debo hablar con la general...
—¿Zairá?
El hombre agarró al guardia por la ropa.
—¡AHORA!
Zairá estaba despierta cuando lo llevaron.
El explorador cayó frente al mapa.
—General...
—Respira.
—Los encontramos.
Los comandantes se reunieron.
Zairá se inclinó.
—¿A quiénes?
El hombre señaló el oeste.
La misma dirección que Sair había marcado con aquella tercera piedra horas antes.
—Otro ejército.
Nadie habló.
Zairá no pareció sorprendida.
—¿Cuántos?
El explorador respiró.
—No pudimos contar todos.
—Dame una cifra.
El hombre levantó los ojos.
—Al menos...
Tragó saliva.
—Treinta mil.
Los oficiales palidecieron.
Uno murmuró:
—Entonces no son veinte mil...
Zairá miró las piedras sobre el mapa.
Veinte mil al norte.
Treinta mil al oeste.
Cincuenta mil enemigos.
Y todavía no sabían quién los comandaba.
—General —preguntó un oficial—. ¿Qué hacemos?
Zairá tomó una piedra blanca.
La colocó entre ambos ejércitos.
El campamento chitarero.
—Ahora sí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—La guerra comenzó.
A kilómetros de allí, un hombre recibió el mismo informe.
—Encontraron el ejército occidental.
Su subordinado parecía preocupado.
—Antes de lo esperado.
El hombre no respondió.
—¿Cambiamos el plan?
—No.
—Pero Zairá ya sabe que intentamos rodearla.
El hombre movió una piedra.
—Eso quería.
El subordinado lo miró.
—¿Quería que descubriera la emboscada?
—Una trampa que el enemigo no descubre solo captura soldados.
Levantó la mirada.
—Yo no quiero soldados.
Silencio.
—Entonces ¿qué quiere?
El hombre tomó una pequeña figura blanca.
Representaba una serpiente.
La colocó exactamente en el centro del mapa.
—A ella.
El subordinado comprendió.
—Zairá.
El desconocido sonrió.
—Ahora que sabe que existe una trampa...
Cerró lentamente la mano alrededor de la figura.
—entrará por voluntad propia.




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