Rovira: El Ascenso De Sair.

Capítulo 4 — La Serpiente Blanca.

El campamento chitarero despertó antes que el sol.
Esta vez nadie tuvo que golpear escudos.
Nadie tuvo que gritar.
Los rumores habían hecho el trabajo.
—Dicen que son treinta mil.
—Yo escuché cuarenta.
—Son dos ejércitos.
—Nos rodearon.
—Los Muiscas.
—No son Muiscas.
—¿Entonces quiénes?
—Nadie lo sabe.
Sair escuchaba mientras ajustaba una correa de su escudo.
A su alrededor, cientos de soldados hacían exactamente lo mismo.
Las fogatas se apagaban.
Los cocineros guardaban provisiones.
Los herreros trabajaban sin descanso.
Los exploradores entraban y salían del campamento.
El día anterior, aquel lugar parecía una ciudad improvisada.
Ahora parecía una criatura preparándose para defenderse.
Kantu apareció cargando dos lanzas.
—Tengo buenas noticias.
Sair levantó la mirada.
—¿Cuáles?
—Ya sé cuántos enemigos hay.
Barek, que estaba sentado afilando una punta, ni siquiera levantó la cabeza.
—No sabes.
—Cincuenta mil.
Barek siguió trabajando.
—Eso lo sabe todo el campamento.
Kantu dejó una lanza junto a Sair.
—Entonces tengo malas noticias.
—¿Cuáles?
—Somos muchos menos.
Sair se puso de pie.
—Eso también lo sabemos.
Kantu permaneció pensativo.
—Hoy no estoy aportando demasiado.
—Nunca lo haces —respondió Barek.
Kantu lo señaló.
—Por eso me caes mal.
Daruk apareció detrás de ellos.
—Excelente.
Los tres se pusieron de pie.
—Capitán.
Daruk llevaba la armadura puesta.
Hasta aquel momento, Sair siempre lo había visto con protección ligera de entrenamiento.
Ahora tenía placas endurecidas sobre el pecho, protecciones en los antebrazos y una lanza verdadera.
Sair observó el arma.
No era especialmente bonita.
Tenía marcas.
Rasguños.
La madera estaba oscurecida por años de uso.
Daruk notó que la miraba.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces deja de mirarla.
Kantu levantó una mano.
Daruk cerró los ojos.
—¿Qué quieres?
—¿Vamos a luchar hoy?
Los reclutas cercanos dejaron de hablar.
Daruk miró alrededor.
Cien rostros esperaban su respuesta.
—No lo sé.
—Pero están aquí —dijo Barek.
—No.
Daruk señaló las montañas.
—Están acercándose.
—¿Cuánto?
—El ejército del norte podría estar frente a nosotros antes del anochecer.
Kantu tragó saliva.
—¿Y el otro?
—Oeste.
—¿También hoy?
—Tal vez.
Sair ajustó la mano alrededor de su lanza.
Daruk lo vio.
—Relájala.
Sair lo miró.
—¿Qué?
—Tu mano.
Sair se dio cuenta de que estaba apretando el asta con todas sus fuerzas.
—Si haces eso durante una hora —explicó Daruk—, cuando necesites luchar no sentirás los dedos.
Sair aflojó.
—Bien.
Daruk caminó frente a ellos.
—Escuchen todos.
Los reclutas se acercaron.
—Desde este momento se acabó el entrenamiento.
Kantu sonrió.
—Finalmente.
—Eso no es una buena noticia.
La sonrisa desapareció.
—Todavía no son soldados.
Daruk observó los cien.
—Pero parece que al enemigo no le importa.
Nadie habló.
—Así que desde ahora cada diez hombres formarán una escuadra.
Se escucharon murmullos.
Daruk comenzó a señalar.
—Barek.
El joven levantó la cabeza.
—Tú diriges la tercera.
Barek pareció sorprendido.
—¿Yo?
—¿Hay otro Barek?
—No.
—Entonces sí.
Daruk siguió asignando.
Sair esperaba escuchar su nombre.
No ocurrió.
Diez líderes.
Sair no estaba entre ellos.
Daruk terminó.
—Tienen una hora. Aprendan los nombres de todos los hombres de su escuadra.
Kantu levantó la mano.
—¿Para qué?
Daruk lo miró.
—Porque es más difícil abandonar a alguien cuando conoces su nombre.
Esta vez nadie hizo bromas.
—Muévanse.
Los hombres comenzaron a separarse.
Sair permaneció quieto.
Daruk pasó junto a él.
—¿Problema?
—No.
—Tienes cara de problema.
Sair dudó.
—¿Por qué Barek?
Barek, que estaba cerca, volteó.
Daruk también.
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó Barek.
—Nada.
—Entonces...
Daruk levantó una mano.
—Déjalo.
Miró a Sair.
—¿Quieres saber por qué él y no tú?
—Sí.
—Porque ayer, durante todos los ejercicios, Barek miraba a los hombres que tenía al lado.
Sair frunció el ceño.
—Yo también.
—No.
Daruk señaló sus ojos.
—Tú mirabas al frente.
Silencio.
—Siempre.
Daruk continuó:
—Buscas al enemigo. Buscas una abertura. Buscas algo que atacar.
Señaló a Barek.
—Él revisa quién está cansado, quién pierde el paso y quién necesita ayuda.
Sair miró a Barek.
Nunca lo había notado.
Daruk dio un pequeño golpe sobre el pecho de Sair.
—Antes de dirigir hombres, aprende a verlos.
Y se marchó.
Sair permaneció en silencio.
Kantu apareció a su lado.
—Yo te habría elegido.
Sair lo miró.
—Gracias.
—Aunque solo porque Barek probablemente me obligaría a trabajar.
Barek lanzó una correa contra él.
Kantu la esquivó.
—¿Ves? Abuso de autoridad.
En la tienda principal, nadie bromeaba.
Zairá permanecía frente al mapa.
Las piedras habían cambiado.
Veinte mil al norte.
Treinta mil al oeste.
Dieciocho mil chitareros alrededor del campamento.
Otros grupos todavía marchaban desde diferentes regiones, pero tardarían días.
Uno de los comandantes golpeó la mesa.
—Debemos retirarnos.
Otro negó.
—¿Y dejarles el paso libre hacia las aldeas?
—Si nos quedamos nos rodearán.
—Todavía no estamos rodeados.
—Lo estaremos al anochecer.
Las voces comenzaron a subir.
Zairá no intervino.
Estaba comiendo.
Uno de los oficiales la miró.
Esperó.
Zairá tomó otro pedazo.
—General...
Ella levantó un dedo.
El hombre calló.
Zairá terminó de masticar.
—¿Sí?
—Necesitamos una decisión.
—Ya la tomé.
Todos guardaron silencio.
—¿Cuál?
—Vamos a quedarnos.
Algunos comandantes se miraron.
—General, son cincuenta mil.
—Sé contar.
—Nosotros apenas llegamos a dieciocho mil.
—También sé contar eso.
El hombre apretó la mandíbula.
—Entonces comprenderá que...
Zairá colocó la comida sobre la mesa.
—Lo que comprendo es que nuestro enemigo quiere que huyamos.
—¿Cómo puede saberlo?
Zairá señaló el mapa.
—Porque todavía podemos hacerlo.
Silencio.
—Si realmente quisiera rodearnos, el ejército occidental habría cerrado esta ruta durante la noche.
Su dedo recorrió un paso hacia el sur.
—No lo hizo.
Otro comandante se acercó.
—Quizá llegaron tarde.
—Quizá.
—Entonces debemos aprovecharlo.
—Eso es lo que quieren.
El comandante golpeó la mesa.
—¡Todo lo que hacemos parece ser lo que quieren según usted!
Zairá sonrió.
—Ahora estás entendiendo.
El hombre quedó desconcertado.
Zairá tomó dos piedras.
—Nuestro enemigo nos está ofreciendo decisiones.
Colocó una.
—Quedarnos.
La segunda.
—Retirarnos.
Miró a todos.
—Cuando un enemigo te ofrece dos opciones...
Tomó ambas piedras y las cerró dentro de su puño.
—Lo primero que debes preguntarte es por qué quiere que elijas una.
Uno de los oficiales habló.
—Entonces no elegimos ninguna.
Zairá lo señaló.
—Exactamente.
—¿Qué hacemos?
Zairá tomó una tercera piedra.
La colocó sobre una montaña al noreste.
—Nos movemos aquí.
Un comandante palideció.
—¿La meseta de Akor?
—Sí.
—No caben dieciocho mil hombres.
—No necesito que quepan.
—No entiendo.
Zairá sonrió.
—Todavía.
Una hora después, una orden recorrió el campamento.
—¡LEVANTEN LAS TIENDAS!
Sair miró a Daruk.
—¿Nos retiramos?
—Nos movemos.
—¿A dónde?
—Akor.
Barek frunció el ceño.
—Eso está al noreste.
Daruk lo miró.
—¿Conoces la zona?
—Mi padre comerciaba por allí.
—Entonces sabes cómo es.
Barek asintió.
—Una meseta.
—¿Grande?
—No demasiado.
Sair miró hacia el oeste.
—¿Y por qué vamos allí?
Daruk levantó un saco.
—Cuando seas Gran General puedes preguntárselo personalmente a Zairá.
Kantu se acercó.
—Yo tengo otra pregunta.
Daruk suspiró.
—¿Qué?
—¿Quién es Zairá?
Silencio.
Sair miró a Kantu.
Barek también.
Dos soldados cercanos voltearon.
Kantu observó sus caras.
—¿Qué?
Daruk se acercó lentamente.
—¿Nunca has escuchado hablar de Zairá?
—Claro que sí.
—¿Entonces?
—Quiero decir... sé el nombre.
Daruk señaló hacia las montañas.
—Uno de los Seis Grandes Generales.
Kantu asintió.
—Eso sé.
—Entonces ¿qué estás preguntando?
—¿Por qué todos hablan de ella como si fuera un espíritu?
Daruk permaneció callado.
Después dejó el saco.
—Hace doce años, tres pueblos formaron una coalición contra nosotros.
Sair se acercó.
Daruk continuó:
—Cuarenta mil guerreros.
—¿Cuántos teníamos? —preguntó Barek.
—Veintitrés mil.
Kantu silbó.
—¿Ganamos?
Daruk lo miró.
—¿Crees que estaría contando la historia si hubiéramos perdido?
—Podría ser una historia triste.
Daruk ignoró el comentario.
—Zairá tenía diecinueve años.
Sair frunció el ceño.
—¿Diecinueve?
—Todavía no era Gran General.
Daruk recogió tres piedras.
—Los tres ejércitos enemigos intentaron rodearla.
Colocó las piedras.
—Entonces ella abandonó su campamento.
—¿Huyó? —preguntó Kantu.
—Eso pensaron.
Daruk movió otra piedra.
—La persiguieron durante dos días.
—¿Y?
—Al tercero descubrieron que Zairá no estaba huyendo.
Sair se inclinó.
—¿Qué estaba haciendo?
Daruk sonrió.
—Eligiendo dónde enterrarlos.
Kantu dejó de sonreír.
—Los llevó hasta un terreno pantanoso. Esperó a que los tres ejércitos entraran y después incendió los caminos de salida.
Barek frunció el ceño.
—¿Cuántos murieron?
—Demasiados.
Daruk guardó las piedras.
—Después de esa batalla comenzaron a llamarla la Serpiente Blanca.
Sair recordó las palabras de su padre.
Había escuchado el nombre.
Historias junto al fuego.
Campañas que parecían imposibles.
Siempre había asumido que la mitad eran exageraciones.
—¿Y ahora ella nos dirige?
—Sí.
Kantu respiró aliviado.
—Entonces estamos bien.
Daruk lo miró con una expresión que hizo desaparecer inmediatamente su tranquilidad.
—Nunca pienses eso.
—¿Por qué?
—Un Gran General no es un dios.
Daruk levantó su lanza.
—Sangra.
—Se equivoca.
—Y muere.
Sair sintió algo extraño al escuchar aquella última palabra.
No sabía por qué.
El ejército comenzó a marchar.
Sair nunca había visto dieciocho mil personas moverse juntas.
La columna parecía interminable.
Primero exploradores.
Después unidades veteranas.
Arqueros.
Infantería.
Suministros.
Reclutas.
Más suministros.
Cada grupo llevaba símbolos diferentes.
Sair intentaba mirar todo.
—Vas a romperte el cuello —dijo Kantu.
—Cállate.
—Mira.
Kantu señaló.
Un grupo de soldados avanzaba por un camino lateral.
No hablaban.
No cantaban.
Todos llevaban protecciones similares y escudos pintados con una serpiente blanca.
Sair sintió inmediatamente la diferencia.
No parecían más grandes.
Ni más fuertes.
Pero caminaban como si fueran una sola persona.
—Esos son de ella —dijo Daruk.
—¿De Zairá?
—Su ejército personal.
Sair los observó.
Miles.
Entonces escuchó algo.
Primero fueron voces lejanas.
Después golpes.
THUM.
THUM.
THUM.
Soldados comenzaron a golpear sus lanzas contra los escudos.
Sair miró alrededor.
—¿Qué pasa?
Daruk no respondió.
Los golpes aumentaron.
THUM. THUM. THUM.
Una palabra surgió desde el frente.
—¡ZAIRÁ!
Otra unidad respondió.
—¡ZAIRÁ!
Miles se unieron.
—¡ZAIRÁ!
—¡ZAIRÁ!
—¡ZAIRÁ!
Sair sintió cómo el sonido atravesaba su pecho.
Entonces la vio.
No llevaba corona.
No necesitaba una.
Zairá avanzaba en el centro de su ejército.
Era alta.
Su cabello oscuro estaba recogido detrás de la cabeza, atravesado por pequeñas piezas blancas.
Una capa clara caía desde sus hombros.
Y apoyada contra ellos llevaba una lanza de asta pálida.
La famosa lanza blanca.
Sair esperaba una mujer vieja.
Una comandante cubierta de cicatrices.
Alguien que pareciera una leyenda.
Zairá parecía demasiado tranquila.
Mientras miles gritaban su nombre, hablaba con un oficial a su lado como si nada estuviera ocurriendo.
—¿Esa es? —preguntó Sair.
Daruk asintió.
—La Serpiente Blanca.
Zairá giró ligeramente.
Durante un instante sus ojos recorrieron las columnas de reclutas.
Sair sintió algo absurdo.
Como si lo hubiera mirado.
No fue así.
Sus ojos simplemente pasaron por encima de él.
Para Zairá, Sair era uno entre miles.
Un muchacho sin rango.
Sin unidad propia.
Sin una sola victoria.
Ella continuó avanzando.
Sair siguió observándola.
Kantu notó su expresión.
—No me digas.
—¿Qué?
—Ahora quieres ser como ella.
Sair no respondió.
—Ayer querías matar a todos.
—Cállate.
—Anteayer querías ser Gran General.
—Kantu.
—Mañana quizá quieras ser cocinero.
Sair lo empujó.
Kantu rio.
Pero Sair volvió a mirar hacia adelante.
Zairá ya había desaparecido entre las tropas.
Por alguna razón, recordó las palabras de Aukan.
Algún día lo descubrirás.
Sair apretó la lanza de su padre.
Todavía no entendía qué significaba ser fuerte.
Pero acababa de ver algo que quería comprender.
La marcha continuó durante horas.
Cuando el sol comenzó a descender, llegaron a Akor.
Barek tenía razón.
La meseta era demasiado pequeña.
Apenas una parte del ejército podía ocuparla.
El resto tendría que distribuirse entre las laderas.
—Esto es horrible —murmuró Kantu.
Sair miró alrededor.
—¿Por qué?
Barek respondió:
—Si nos atacan desde dos lados, no podremos formar todos juntos.
Daruk escuchó.
—Correcto.
Kantu lo miró.
—¿Y vinimos aquí voluntariamente?
—Sí.
—¿Podemos cambiar de general?
Daruk casi sonrió.
Sair observó el terreno.
La meseta estaba rodeada por montañas.
Dos caminos principales permitían entrar.
Uno desde el norte.
Otro desde el oeste.
Sair comenzó a comprender.
—Los dos ejércitos tendrán que entrar por caminos diferentes.
Daruk lo miró.
—Sí.
—No pueden juntarse antes de llegar.
—No fácilmente.
Barek señaló el valle inferior.
—Pero cuando lleguen aquí sí.
Sair volvió a mirar.
Dos caminos.
Dos ejércitos.
Ellos en medio.
Parecía todavía peor.
Entonces vio algo.
Un pequeño paso entre las montañas.
Estrecho.
Casi invisible.
—¿Qué hay allí?
Daruk siguió su dedo.
—No sé.
Sair continuó mirando.
Algo no encajaba.
Zairá había elegido aquel lugar.
No podía ser solo porque separaba a los dos ejércitos.
Tenía que haber algo más.
Al caer la noche, Zairá estaba de pie exactamente en aquel paso.
Un explorador se acercó.
—General.
—¿Lo confirmaste?
—Sí.
—¿Cuántos hombres pueden atravesarlo?
—Tal vez cinco mil antes del amanecer.
Zairá sonrió.
—Suficiente.
Su segundo comandante miró el sendero.
—Entonces este era el motivo.
—Uno de ellos.
—¿Retiraremos cinco mil por aquí?
Zairá lo miró.
—¿Retirarnos?
El hombre parpadeó.
—Pensé que...
—No.
Zairá señaló hacia el norte.
—Los veinte mil creen que estamos atrapados.
Después hacia el oeste.
—Los treinta mil también.
Tomó una piedra del suelo.
—Los dos ejércitos esperan que mañana intentemos escapar.
La lanzó al aire.
La atrapó.
—Así que mañana...
Su sonrisa creció.
—Atacaremos.
El comandante abrió los ojos.
—¿A cuál?
Zairá respondió:
—A los dos.
Muy lejos de allí, otro mapa mostraba Akor.
El hombre desconocido recibió un informe.
—Zairá movió todo su ejército a la meseta.
El subordinado sonrió.
—Entonces entró.
El hombre no respondió.
—¿Señor?
Tomó una pieza blanca.
La colocó sobre Akor.
—No.
—¿No?
—Zairá no entra en trampas.
El subordinado frunció el ceño.
El hombre observó el mapa.
—Las convierte en otra cosa.
Por primera vez desde el inicio de la campaña, parecía verdaderamente interesado.
—Ordena al ejército occidental que se detenga.
—¿Qué?
—Que no avance hasta que yo lo ordene.
—Pero el plan...
—Ha cambiado.
El subordinado se inclinó.
—¿Y el ejército del norte?
El hombre tomó una pieza negra.
La hizo avanzar hacia Akor.
—Que ataque al amanecer.
—¿Solo?
—Sí.
—Son veinte mil contra dieciocho mil.
—Lo sé.
El subordinado dudó.
—¿Y si Zairá los destruye?
El hombre soltó la pieza.
—Eso espero.
Silencio.
—No entiendo.
El desconocido levantó la mirada.
—Para matar una serpiente...
Movió otra pieza detrás de Akor.
Una que hasta ese momento había permanecido fuera del mapa.
—Primero tienes que conseguir que enseñe los colmillos.
El subordinado miró aquella pieza.
Su rostro cambió.
—¿Esos hombres ya están allí?
—Desde hace cuatro días.
—Entonces los otros cincuenta mil...
—Son el cebo.
El subordinado quedó inmóvil.
El hombre observó la pequeña figura blanca que representaba a Zairá.
—Mañana quiero ver cómo pelea la legendaria Serpiente Blanca.
Sus dedos tocaron la pieza oculta.
—Después decidiré...
Una pequeña sonrisa apareció.
—cómo matarla.




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