El bote encalló con un roce suave sobre la arena blanca de una isla que parecía sacada de un sueño, si no fuera por los gritos que desgarraban el aire tropical. Noah y Meldrick apenas habían puesto un pie fuera cuando una figura familiar emergió de la espesura a toda velocidad.
—¡Corran, pedazos de alcornoques! ¡Si nos alcanzan, seré el primer plato! —rugió una voz femenina y potente.
Era ella. La Capitana Liriel. Pero no era la imagen imponente que Noah esperaba. Liriel corría con el cabello revuelto, la casaca abierta y los pies descalzos, seguida de cerca por dos tripulantes que tropezaban entre sí. No traían armas, ni tesoros, ni siquiera el famoso barril de ron.
Detrás de ellos, una docena de guerreros de una tribu local saltaban entre los arbustos. Los nativos blandían lanzas decoradas con plumas y gritaban frases ininteligibles:
—¡Gubba-shaka! ¡Ool-miki-nam-nam! —vociferaban, mientras uno de ellos hacía gestos de estar masticando algo delicioso y señalaba el brazo de Liriel.
—¿Qué están diciendo? —preguntó Noah, atónito.
—¡No tengo la menor idea! —gritó Liriel mientras pasaba junto a Noah sin detenerse—. ¡Pero ese bajito de las plumas azules me miró como si yo fuera una pierna de jamón glaseada! ¡A estos les falta proteína y han decidido que nosotros somos el buffet!
—¡Capitana! —gritó Meldrick, alzando una botella—. ¡Traje suministros!
—¡Guárdate el vidrio, Meldrick, y mueve las piernas! —chilló uno de los tripulantes, un hombre flaco que intentaba correr mientras se sujetaba los pantalones—. ¡Creen que el ron que sudamos es adobo!
La tribu estaba a pocos metros de alcanzarlos, rodeándolos en un semicírculo. Los guerreros se detuvieron y empezaron a entonar un cántico rítmico, frotándose el estómago y señalando a los piratas con cuchillos de hueso. Liriel se puso en guardia, apretando los puños.
—¡Escuchen, salvajes! —bramó Liriel, tratando de recuperar la dignidad—. ¡Soy la Capitana Liriel, el terror de los siete mares! ¡Tengo más pólvora en la sangre que carne en los huesos! ¡Soy amarga! ¡Indigesta!
De repente, el cántico cesó. Los guerreros se quedaron petrificados. El líder de la tribu, el del penacho azul, abrió los ojos como platos, soltó su lanza y señaló algo detrás de Liriel. Con un alarido de terror puro, toda la tribu dio media vuelta y desapareció en la selva en menos de cinco segundos.
Liriel se quedó en silencio, parpadeando. Lentamente, se estiró, se acomodó la casaca y puso una mano en su cadera, luciendo una sonrisa triunfal.
—¿Lo ven? —dijo, mirando a Noah y a Meldrick con suficiencia—. El carisma de una capitana. Se asustaron solo con ver mi determinación. Sabían que si me daban un mordisco, les daría una acidez de estómago que duraría tres lunas.
—Eh... ¿Capitana? —susurró Meldrick, señalando con el dedo hacia el mar.
Liriel se dio la vuelta. La sonrisa se le borró de la cara al instante.
No era su carisma lo que había ahuyentado a la tribu. Saliendo de detrás de los acantilados, una fragata real con el estandarte del Rey Kaelin acababa de soltar anclas. Tres botes llenos de guardias armados hasta los dientes ya estaban tocando la orilla, con los mosquetes listos.
—¡Ahí está el príncipe! —gritó un guardia desde la distancia—. ¡Y está con esos asquerosos piratas!
Liriel miró a los guardias, luego miró a Noah, y finalmente miró a Meldrick.
—¿Príncipe? —repitió Liriel, entornando los ojos hacia Noah—. ¿Me estás diciendo que el chico nuevo es un "sangre azul" y que nos ha traído a la marina de regalo?
—¡Es una larga historia! —exclamó Noah, viendo cómo los guardias empezaban a disparar al aire para intimidarlos.
—¡Pues cuéntala mientras corres! —sentenció Liriel, perdiendo toda su pose de grandeza—. ¡De la tribu podíamos ser cena, pero de esos guardias seremos decoración de horca! ¡Al bote, ahora!
Los piratas, el príncipe y la cabra Ana emprendieron una nueva huida desesperada por la costa, mientras las balas de madera golpeaban el agua a sus espaldas. La "vida libre" de Noah acababa de volverse mucho más concurrida de lo que esperaba.
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Editado: 17.04.2026