Mientras Liriel regresaba de su silenciosa observación en los jardines y Noah seguía absorto en las historias de Meldrick, los otros dos tripulantes, Pike y Barnaby, intercambiaban miradas de complicidad. A diferencia de su capitana, ellos no estaban interesados en vestidos de seda ni en dilemas existenciales; su prioridad era recuperar a la pieza que faltaba en su caótico rompecabezas: Finola, la navegante del grupo.
—Te digo que la vi caer cerca de la ensenada sur —susurró Pike, ajustándose un cinturón que apenas contenía su barriga—. Estaba abrazada a una caja de galletas marineras y cantando algo sobre una sirena bizca.
—Si Finola sobrevivió a esa tormenta y al ron de las Islas de Fuego, estará en el lugar con más sombra y menos ruido de esta isla —respondió Barnaby, rascándose la barba rala—. Vamos, antes de que la capitana nos mande a fregar los mástiles con un cepillo de dientes.
Aprovechando que Liriel parecía sumida en sus propios pensamientos tras su regreso del palacio, los dos piratas se escabulleron hacia la zona más baja de la aldea, donde las tabernas de mala muerte se amontonaban contra el puerto.
El rastro no fue difícil de seguir. No buscaban huellas, sino el caos característico que Finola dejaba a su paso. Encontraron una hilera de puestos de fruta derribados y a un tabernero quejándose amargamente de una mujer que había intentado pagar su cuenta con un botón de nácar y una promesa de "eterna gratitud pirata".
Finalmente, llegaron a una pequeña choza de redes de pesca abandonada. Allí, sentada sobre un montón de cabos viejos y con un sombrero de paja cubriéndole la cara, estaba Finola. A su lado, para sorpresa de nadie, descansaba una botella vacía y un zapato que claramente no le pertenecía.
—¿Finola? ¿Sigues viva o ya eres un fantasma con resaca? —preguntó Barnaby, dándole un empujoncito con la bota.
La mujer levantó el sombrero apenas unos centímetros. Un ojo rojo y cansado los observó con desconfianza.
—Si vienen a pedirme que navegue, digan a las olas que dejen de moverse un rato... El mundo sigue dando vueltas —gruñó ella con voz rasposa—. ¿Dónde está el barril? ¿Y la capitana?
—La capitana está viva y el barril... bueno, el barril es una tragedia de la que no hablamos —dijo Pike, ayudándola a ponerse en pie—. Tenemos un príncipe, un trato con un rey y un viejo con una cabra. El Destino Oscuro está listo para zarpar.
Finola se tambaleó, recuperando el equilibrio mientras se calzaba el único zapato que tenía. Miró hacia el horizonte, donde el mástil del barco se recortaba contra el cielo.
—¿Un príncipe? —Finola soltó una risita ronca—. Espero que sepa cocinar, porque si dependemos de ustedes, moriremos de hambre antes de encontrar el próximo puerto. Andando, antes de que se me pase el efecto del ron y empiece a sentir el dolor de espalda.
Con la tripulación casi completa y Finola siendo arrastrada a medias por sus compañeros, el grupo emprendió el regreso al bote. La búsqueda del Ojo de la Pirata Temible estaba a punto de volverse mucho más ruidosa.
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Editado: 17.04.2026