El Destino Oscuro se balanceaba perezosamente cuando un golpe seco resonó contra el casco. Noah, que estaba terminando de asegurar unas redes junto a Liriel, se puso alerta. La capitana desenvainó su espada en un movimiento fluido, con el acero reluciendo bajo la luna.
—¡Tenemos un polizón! —gritó Pike desde la borda, pero su voz se apagó al ver quién subía por la escala de cuerda.
Una figura empapada, con la capa pesada por el agua y el rostro manchado de salitre, saltó sobre la cubierta. Al caer, la capucha se deslizó, revelando la melena dorada y los ojos encendidos de la Princesa Tara. Noah se quedó petrificado, con la boca abierta, incapaz de articular palabra.
—¿Tara? —logró decir al fin.
Liriel bajó lentamente su espada, pero no la guardó. Observó con incredulidad a la mujer que, apenas unas horas antes, parecía una estatua de porcelana en un balcón. Ahora, Tara estaba despeinada, con las manos heridas por los remos y una expresión de pura desesperación.
Antes de que Noah pudiera acercarse, Tara se lanzó hacia él. No fue un movimiento delicado; fue un choque de emociones. Lo rodeó con sus brazos con una fuerza que le quitó el aliento, enterrando su rostro en el cuello de la camisa del príncipe.
—¡Noah! —exclamó ella, y su voz se quebró—. ¡Maldito seas, Noah! Pensé que te habías ido para siempre, que el mar te había borrado.
Noah, recuperando el sentido, la abrazó de vuelta, sintiendo el temblor de su cuerpo. Pero Tara no se quedó allí. Se separó lo justo para sostenerle el rostro con las manos, mirando fijamente a sus ojos y luego, con una mirada gélida y posesiva, se giró hacia Liriel, quien observaba la escena con los brazos cruzados y una ceja levantada.
—No sé quién eres tú, pirata —dijo Tara, marcando cada palabra con una autoridad real que hizo que incluso Barnaby retrocediera un paso—. Pero este hombre es mi prometido. Es mío. Y si crees que voy a dejar que se pierda en el océano con una extraña mientras mi vida se cae a pedazos, no conoces a la casa de Azura.
Noah intentó intervenir: —Tara, escucha, Liriel me está ayudando...
—¡Me importa un bledo quién te ayuda! —le gritó Tara, volviendo su atención a él, sus ojos llenos de lágrimas contenidas—. Te amo, Noah. Te amo tanto que me duele, y me dejaste en ese palacio de cristal mientras mi padre quemaba mis vestidos y borraba mi historia. ¡Me dejaste sola con los secretos que nos están matando!
Liriel dio un paso al frente, con una sonrisa ladeada que ocultaba una punzada de algo que no quería admitir.
—Vaya, vaya... parece que la "flor de jardín" tiene espinas de acero —comentó la capitana, guardando finalmente su espada—. Bienvenida al Destino Oscuro, princesa. Siento decirte que aquí el título de "dueña" no sirve de mucho, pero por el valor que has tenido para remar hasta aquí, no te tiraré por la borda... todavía.
Tara no se amedrentó. Se mantuvo firme al lado de Noah, entrelazando sus dedos con los de él de forma firme, reclamando su lugar en medio de ese barco de madera vieja y secretos oscuros.
—No he venido a ser una invitada —sentenció Tara, mirando a Liriel directamente a los ojos—. He venido a buscar lo que nos pertenece. A Noah, y la verdad que se oculta tras ese Ojo que todos persiguen.
El silencio volvió a reinar en el barco, solo interrumpido por el chillido del halcón Ícaro, que descendió para posarse en el hombro de su dueña. La búsqueda del tesoro acababa de complicarse: ahora tenían a un príncipe fugitivo, a una capitana herida por el pasado y a una princesa dispuesta a incendiar el mundo por amor.
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Editado: 17.04.2026