Sail

XV

El aire en la cubierta del Destino Oscuro se había vuelto tan denso que casi se podía cortar con una espada. Liriel observaba la escena: Noah y Tara, cogidos de la mano, representaban todo lo que ella había intentado dejar atrás. El orden, el linaje y esa clase de amor desesperado que nubla el juicio de los marineros.

—Fantástico —murmuró Liriel entre dientes, tan bajo que solo el viento pudo oírla—. Una nobleza era un problema. Dos noblezas son una maldición. Solo me falta que el Rey envíe a su bufón para completar el circo.

La capitana apretó los puños. Ver a Tara allí, con su orgullo real intacto a pesar de estar empapada, le recordaba demasiado a la fragilidad que ella misma ocultaba. No soportaba la energía que irradiaban; era una distracción que su barco no podía permitirse.

—¡Meldrick! —ladró Liriel, haciendo que el anciano saltara sobre sus pies.

—¿Sí, capitana? —respondió él, dejando a un lado la cuerda que estaba trenzando.

—Tienes el mando. Mantén el rumbo hacia las Islas de la Bruma. Si estos dos empiezan a dictar leyes o a pedir té de jazmín, tíralos por la borda sin previo aviso —sentenció con una frialdad que hizo que Barnaby y Pike se pusieran a trabajar de inmediato.

—Pero Liriel... —intentó decir Noah, dando un paso hacia ella.

—Ni una palabra, "Su Alteza" —lo cortó ella, señalándolo con un dedo acusador—. Ya has causado suficientes problemas por hoy.

Sin mirar atrás, Liriel caminó hacia la popa con pasos pesados que resonaban en la madera. Al llegar a su cabina, cerró la puerta de un portazo tan violento que el eco vibró en todo el casco. Se echó el cerrojo y se apoyó contra la madera, dejando que el silencio de su camarote la rodeara.

En la penumbra de la cabina, rodeada de mapas amarillentos y el olor a tabaco y mar, Liriel se cubrió el rostro con las manos. La presencia de Tara había despertado recuerdos que el ron no había logrado ahogar: la sospecha de la hermana perdida, el brillo de Azura y la dolorosa certeza de que el destino estaba uniendo los hilos de una forma que ella no podía controlar.

Afuera, en la cubierta, Meldrick suspiró y miró a los jóvenes príncipes.

—Bueno —dijo el viejo, rascándole las orejas a Ana—. Parece que la capitana necesita un descanso. Noah, mejor busca una manta para la princesa. El mar no perdona a los que no conocen el frío, y este viaje apenas está comenzando.

Noah asintió en silencio, mientras Tara observaba la puerta cerrada de la cabina con una mezcla de curiosidad y desafío. Sabía que Liriel no solo huía de ellos, sino de algo mucho más profundo.




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