Sail

XVI

La noche continuó su curso, pero el sueño era un extraño a bordo del Destino Oscuro. Noah había logrado convencer a Meldrick de que le cediera un par de mantas de lana áspera y un poco de agua dulce para Tara. La princesa se había sentado junto al mástil mayor, envuelta en el tejido gris, observando cómo los marineros se movían con una eficiencia mecánica que ella nunca había visto en los sirvientes del palacio.

—Noah —susurró Tara, rompiendo el silencio mientras el príncipe se sentaba a su lado—. Esa mujer... la capitana. Me miró como si me conociera de otra vida.

Noah suspiró, mirando hacia la cabina cerrada.
—Liriel es... complicada. Meldrick dice que el mar le ha quitado mucho. Pero tiene razón en algo: aquí no hay muros que nos protejan. Estamos en su mundo ahora, Tara.

—No necesito muros —respondió ella, apretando la manta contra sus hombros—. Necesito la verdad. Mi padre me ha mentido toda la vida sobre lo que hay más allá de los arrecifes. Si ella sabe dónde está el Ojo, sabe por qué mi familia tiene tanto miedo de que sea encontrado.

Mientras tanto, dentro de la cabina, Liriel no descansaba. Estaba inclinada sobre su mesa de mapas, pero sus ojos no seguían las rutas trazadas. En su mano sostenía un pequeño relicario de plata que guardaba bajo su camisa, uno que nunca mostraba a nadie. Al abrirlo, la luz de una vela solitaria iluminó una miniatura desgastada: dos niñas pequeñas, una con el cabello oscuro y otra con el cabello dorado, jugando cerca de un jardín que se parecía sospechosamente al de Azura.

—Maldita sea —gruñó Liriel, cerrando el relicario con un clic metálico.

Se sirvió un poco de grog barato, pero el líquido le supo amargo. Los chismes de Finola sobre la "hermana perdida" y la aparición de Tara con su orgullo de acero estaban derribando las barricadas que Liriel había construido durante años. Ella siempre se había dicho que su pasado estaba en el fondo del océano, muerto junto con el hombre que amó. Pero ahora, el pasado estaba sentado en su cubierta, envuelto en una manta de lana.

De repente, un golpe suave en la puerta de la cabina la sacó de sus pensamientos.

—Liriel, soy yo —la voz de Meldrick era apenas un susurro tras la madera—. La bruma se está espesando. Estamos entrando en el territorio de las Islas Olvidadas. Necesito que vuelvas al timón. Finola dice que las estrellas se están moviendo de forma extraña.

Liriel se puso en pie, se ajustó el cinturón con firmeza y se colocó su sombrero. El dolor y la duda se guardaron en el mismo lugar oscuro de siempre. Abrió la puerta y salió a la cubierta, donde el frío de la madrugada le golpeó el rostro.

Al pasar junto a Noah y Tara, no se detuvo, pero sus ojos se cruzaron con los de la princesa por un segundo. No hubo desprecio, solo un reconocimiento silencioso.

—¡Finola! —gritó Liriel, subiendo al puente de mando con una energía renovada—. ¡Olvida las estrellas! Si este barco se hunde, que sea porque decidimos ir hacia el abismo, no porque el cielo nos lo diga. ¡Desplieguen las velas de proa!

El Destino Oscuro crujió, inclinándose hacia adelante mientras se adentraba en un banco de niebla tan blanco y denso que parecía humo. El viaje hacia el Ojo de la Pirata Temible acababa de entrar en su etapa más peligrosa, y por primera vez en años, Liriel no estaba segura de si era la cazadora o la presa.




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