Sail

XXI

El estruendo del cañonazo aún vibraba en las paredes del faro en ruinas, un eco brutal que anunciaba el fin del anonimato. A través de las ventanas estrechas de la torre, se divisaba la silueta imponente del Soberano, la fragata insignia del Reino de Kaelin, emergiendo de la bruma como un leviatán sediento de guerra. Sus velas carmesíes, desplegadas en toda su gloria, eran una mancha de sangre sobre el horizonte grisáceo.

Noah se acercó al borde de la ventana, con el rostro pálido y los ojos desencajados por la confusión.

—No... no es posible —tartamudeó el príncipe, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies—. Él me dio cinco lunas. Un trato real, sellado ante la corte. Mi padre es un hombre de palabra, aunque sea una palabra de hierro. ¿Por qué está aquí? ¡Apenas han pasado días!

La atmósfera dentro de la torre cambió de forma instantánea. El aire, que antes pesaba por la magia antigua, ahora ardía con una tensión letal. Liriel se giró hacia Noah, y el príncipe retrocedió involuntariamente ante la furia que emanaba de la capitana. Sus ojos dorados ya no eran de curiosidad o melancolía; eran dos pozos de odio líquido, tan gélidos que parecían capaces de congelar el mar.

—¡Maldito seas, rata real! —rugió Liriel, desenvainando su espada con un sonido metálico que desgarró el silencio—. ¡Una trampa! ¡Todo este tiempo fue una maldita trampa!

—¡No! ¡Liriel, escucha! —gritó Noah, alzando las manos en un gesto de paz que fue ignorado.

—¿Escuchar qué? —la capitana avanzó hacia él, acorralándolo contra el muro de piedra—. ¿Que usaste mi barco para guiar a la flota de tu padre hasta aquí? ¿Que el trato de las "cinco lunas" solo era un cebo para que yo te trajera a la primera pista? ¡Nos has vendido! ¡Has vendido a mi tripulación, a Meldrick y a Finola por tu estúpida libertad!

Liriel apoyó la punta de su acero contra el cuello de Noah. La presión era suficiente para que una gota de sangre comenzara a deslizarse por la piel del príncipe. A su lado, Tara intentó intervenir, pero la mirada de la capitana la detuvo en seco.

—¡Liriel, detente! —suplicó Tara—. Noah no lo sabía. Míralo, está tan perdido como nosotros. Mi padre también ha ocultado cosas, el Rey Kaelin no juega limpio. ¡Él nos ha rastreado, no fue Noah!

—¡Cállate, princesa! —siseó Liriel sin apartar la vista de Noah—. Los de su clase siempre dicen lo mismo mientras nos apuñalan por la espalda. Me dijiste que querías ser libre, Noah. Me dijiste que buscabas tus propias cadenas. Resulta que tus cadenas tienen el sello de tu padre y vienen a por mi cuello.

—¡Te juro que no lo sabía! —exclamó Noah, con la voz quebrada por la desesperación y la traición que él mismo sentía—. Liriel, él me engañó a mí también. Me usó como un perro de caza para encontrarte a ti, para encontrar el Ojo...

—¡Pues lo ha conseguido! —Liriel bajó la espada de un golpe, golpeando una mesa de piedra cercana, haciendo que saltaran chispas—. El Soberano tiene cañones que pueden hundir esta isla antes de que volvamos al bote. Si el Rey Kaelin está aquí antes de tiempo, es porque nunca le importó el trato. Quería el mapa, quería la sangre y nos quería a todos en el fondo del océano.

Afuera, otro cañonazo rugió, esta vez impactando en las rocas de la playa, levantando una columna de arena y fuego cerca de donde habían dejado su bote. La isla entera pareció estremecerse bajo el peso de la autoridad real.

Liriel se guardó la espada, pero su expresión seguía siendo de un desprecio absoluto. Miró a Noah como si fuera un insecto.
—Si salimos vivos de esta, Noah, te juro que te dejaré en una balsa a la deriva para que tu padre te recoja. Has traído la guerra a mi barco, y en mi mundo, la traición se paga con algo más que disculpas.

La capitana echó a correr hacia la salida de la torre, dejando a un Noah destrozado y a una Tara que ya empezaba a vislumbrar que el enemigo real no estaba solo en los barcos que se acercaban, sino en la sangre que corría por sus propias venas. El Rey Kaelin no había venido a rescatar a su hijo; había venido a reclamar el premio final, y no le importaba pasar por encima del cadáver de su propio heredero para lograrlo.




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