Sail

XXII

La carrera hacia la orilla fue un descenso frenético por el sendero de rocas afiladas. El aire estaba saturado del olor a pólvora y azufre; cada estallido del Soberano sacudía la tierra bajo sus pies, desprendiendo guijarros que rodaban hacia el abismo. Liriel encabezaba la huida con una agilidad felina, pero su rostro era una máscara de absoluta desconfianza. Noah y Tara la seguían de cerca, jadeando, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el miedo.

—¡Rápido! ¡Al bote antes de que bloqueen la salida de la cala! —rugió Liriel, señalando la pequeña embarcación que se mecía violentamente en el agua revuelta.

Al llegar a la arena negra, Noah giró la cabeza instintivamente hacia el flanco derecho. De entre la bruma y las rocas costeras, un bote de remos real, pintado con el carmesí y oro de la casa de Kaelin, emergió con rapidez. A bordo, seis guardias de élite remaban con fuerza rítmica, pero en la proa, un tirador ya estaba arrodillado, apoyando su mosquete largo sobre el borde de madera.

El mundo pareció ralentizarse para Noah. Vio el destello del sol sobre el cañón metálico y el ojo frío del soldado alineando la mira.

—¡Al suelo! —gritó Noah, lanzándose hacia adelante y empujando a Tara hacia la arena.

El estallido fue seco, un trueno breve que desgarró el silbido del viento. Noah cerró los ojos, esperando sentir el impacto o el calor del plomo, pero el proyectil no iba dirigido al príncipe. El Rey Kaelin había dado órdenes claras: el heredero debía volver ileso, pero la pirata era el objetivo que debía ser neutralizado.

Un grito ahogado, más parecido a un jadeo de sorpresa que a uno de dolor, hizo que Noah abriera los ojos. Liriel estaba de pie, a solo dos pasos del bote, pero su impulso se había detenido en seco. Su mano izquierda se presionó contra su hombro derecho, y entre sus dedos comenzó a brotar un carmesí espeso que manchaba la casaca de cuero. La fuerza del disparo la hizo tambalear, su espada cayó sobre la arena húmeda con un sonido sordo, y finalmente, sus rodillas cedieron.

—¡Liriel! —el grito de Noah fue un desgarro de pura angustia.

Intentó gatear hacia ella, pero antes de que pudiera alcanzarla, el bote de los guardias chocó contra la orilla con un impacto brutal. Cuatro soldados saltaron al agua, con el agua por la cintura, y avanzaron hacia la capitana herida con una precisión despiadada.

—¡Atrás, Alteza! —advirtió uno de los guardias, interponiendo su escudo entre Noah y Liriel—. Por orden del Rey Kaelin, la mujer queda bajo custodia de la Corona. ¡Cualquier interferencia será considerada traición!

Liriel, con la visión nublada y la respiración entrecortada, intentó alcanzar su daga con la mano libre, pero un soldado le propinó un golpe con la culata de su arma, dejándola aturdida. La levantaron en vilo, tratándola como una mercancía valiosa pero peligrosa, y comenzaron a arrastrarla hacia el bote real.

—¡Suéltenla! ¡Es una orden! —bramó Noah, poniéndose en pie y desenvainando su espada corta, pero Tara lo sujetó del brazo con desesperación.

—¡Noah, son demasiados! ¡Mira hacia el mar! —gritó la princesa.

Desde el Soberano, más botes estaban siendo arriados. El asedio era total. Los guardias arrojaron a Liriel, casi inconsciente, al fondo de su embarcación. Ella giró la cabeza una última vez, sus ojos dorados, ahora desenfocados por el shock, se encontraron con los de Noah. No había súplica en ellos, solo una confirmación amarga de su mayor miedo: la traición del mundo de los reyes.

—¡Liriel! —Noah intentó correr hacia el agua, pero los guardias ya estaban empujando el bote de regreso a las profundidades, alejándose de la playa con su trofeo.

El príncipe se quedó en la orilla, con el agua fría lamiendo sus botas y el corazón hecho pedazos. Había perdido el mapa, había perdido la confianza de su capitana y, ahora, veía cómo su propio padre se llevaba a la única persona que realmente conocía el secreto del Ojo. El Rey Kaelin no solo quería el tesoro; ahora tenía a la pirata, y el destino del Destino Oscuro colgaba de un hilo de sangre sobre el mar embravecido.




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