Saint Seiya - Lo que apunta la flecha

Capítulo 1. Cuaderno

—Bájate de ahí —dijo el guardia.

—No —dijo Amaru.

Le salió en griego, y le salió bien, porque era la palabra que más había practicado desde marzo. El guardia levantó la lámpara. Desde el patio del archivo bajo solo se veía una silueta sentada en el borde del techo, una máscara de plata y una trenza blanca que colgaba sobre el vacío.

—Es tarde. Está prohibido.

—Doscientas once —dijo ella—. Doscientas doce.

—¿Doscientas doce qué?

—Estrellas. Del vecino. —Señaló con la barbilla hacia el sur, hacia Sagitario, bajo y rojizo sobre los cerros—. Las mías no salen.

El guardia no entendió nada, y Amaru no tenía griego para explicarle que su constelación, el Telescopio, vivía demasiado al sur para el cielo de Grecia, y que llevaba cuatro meses contando las de otro porque las suyas no se asomaban nunca. Abrió la boca para intentarlo.

Entonces los tres anillos de su brazal empezaron a girar solos.

No los había tocado. Solo se movían cuando ella encendía el cosmos, y no lo había encendido. Giraron cada vez más rápido, con un zumbido agudo, y le levantaron el brazo izquierdo hacia el sur, recto, tirante. Ella se agarró del borde con la otra mano.

Abajo, el guardia dio un paso atrás.

No se había movido ninguna estrella. Amaru las tenía contadas, y seguían ahí. Lo que había cambiado estaba detrás de ellas, mucho más lejos, en un punto que nadie podía ver. Algo se había dado vuelta allá.

Hacia acá.

Duró un minuto. Después los anillos se detuvieron y el brazo le cayó sobre las rodillas. Cuando volvió a mirar hacia el patio, el guardia ya no estaba. Al día siguiente juraría que no había visto nada.

Amaru se quedó mirando el sur. Había perdido la cuenta. Fue lo que más rabia le dio.

*

Santuario, techo del archivo. 17 de julio de 1985, 23:41.

Maestra, usted decía que el cielo no cambia de opinión. Le tengo noticias: esta noche cambió.

Perdí la cuenta en la doscientos doce. Usted sabe que eso no me pasa.

Hubo un testigo. Salió corriendo. No cuenta.

Mañana subo a ver al Patriarca, me reciba o no. Si no me cree, me va a tener que creer a golpes.

*

El archivo bajo era su castigo, aunque nadie lo había llamado así. Llevaba cuatro meses en ese sótano, ordenando doscientas cajas de registros que nadie consultaba, porque antes se había pasado años escribiendo cartas. Desde los diez años preguntaba cómo había muerto su maestra la noche de la revuelta, y por qué su último cuaderno se cortaba a mitad de una frase. Nadie le contestó nunca. La última carta, en cambio, le trajo una orden del Patriarca, dos pasajes de avión, un mensajero de plata que sonreía demasiado y este sótano.

Al amanecer abrió la caja de bronce de su armadura. Era plata delgada, casi de joyería, hecha para mirar y no para pelear: los tres anillos del brazal juntaban la luz débil y acercaban lo lejano. La llama de una vela en Rodorio. Un pájaro dormido en un olivo a dos kilómetros. Eso era todo lo que sabía hacer, y lo hacía mejor que nadie vivo.

Se ajustó la máscara. Salió.

*

Las doce casas no estaban hechas para que una amazona de plata subiera por ellas sin permiso, y Amaru lo sabía tan bien como cualquiera. Precisamente por eso no pidió permiso.

La casa de Aries estaba vacía. Llevaba años así; se decía que su guardián vivía en las montañas de Jamir, al otro lado del mundo, y que no bajaba ni para los funerales. Amaru cruzó sus columnas en silencio, con la sensación incómoda de estar pisando la casa de alguien que se había ido sin cerrar la puerta.

En la segunda escalera, una montaña le cerraba el paso.

No tenía otra forma de describirlo, y después, en el cuaderno, ni siquiera lo intentó. El guardián de Tauro estaba sentado en el último peldaño, con los codos en las rodillas y una taza humeante entre las manos, y aun sentado era más alto que ella de pie. Tenía diecisiete años, según los rumores del archivo. Amaru no les había creído hasta ese momento.

—Buenos días —dijo él, en un griego lento y amable—. ¿Vas a alguna parte?

Amaru había preparado la frase durante la subida. La dijo con el griego que tenía, que era el de una niña de siete años, porque a los siete la habían sacado del Santuario y desde entonces no había tenido con quién hablarlo.

—Voy arriba. Con el Patriarca. Cosa importante. Cielo enfermo.

El gigante la miró un rato largo. Sopló su taza.

—El cielo está bien —dijo—. Lo vi anoche. Lleno de estrellas, como siempre.

—Las estrellas sí. El cielo no.

—No entiendo la diferencia.

—Yo sí. Por eso voy.

Dio un paso hacia la escalera. Él no se levantó: estiró el brazo y lo dejó ahí, cruzado frente a los peldaños.

—Nadie pasa por Tauro sin permiso del Patriarca.

—Yo pido permiso arriba.

—Así no funciona.

Amaru pensó en las cartas. En el avión. En el sótano. En cuatro meses de ordenar cajas.

—Entonces —dijo— funciona mal.

Concentró el cosmos en el brazal. Los tres anillos giraron y la luz que rebotaba en su armadura se dobló lo justo: durante un instante, para cualquiera que la mirara, Amaru estuvo medio metro a la derecha de donde estaba de verdad. Era su truco favorito. Lo llamaba Paralaje, porque su maestra le había enseñado que hasta las estrellas parecen moverse cuando uno cambia de lugar para mirarlas.

El brazo del gigante bajó sobre el lugar donde ella no estaba. Amaru pasó por debajo, por el lado contrario, y alcanzó a pisar tres peldaños.

En el cuarto, una mano del tamaño de su espalda la levantó por la armadura con la delicadeza de quien saca un gato de una caja.

—Eso estuvo bueno —dijo el guardián de Tauro, sinceramente admirado, con ella colgando a la altura de su cara—. ¿Cómo lo hiciste?

—Suéltame.

—¿Lo vas a hacer de nuevo?

—Sí.




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