Saint Seiya - Lo que apunta la flecha

Capítulo 2. La línea raspada

Nadie subía a Star Hill acompañado.

Era la ley más antigua del Patriarca, más vieja que las doce casas y que el reloj de fuego. Star Hill era un dedo de roca que se levantaba sobre el Santuario, y en su cima, entre instrumentos de bronce que nadie más había tocado en siglos, el representante de Athena leía en las estrellas el destino de la Tierra. Se subía a mano. Se subía solo.

Saga subía de noche, con la túnica del Patriarca recogida en el cinturón y el casco colgando a la espalda. En la última parte de la pared, donde la roca se volvía lisa y había que buscar las grietas con la punta de los dedos, siempre pensaba lo mismo, no con palabras sino con el cuerpo: aquí arriba, hacía diez años, alguien más había subido con él. Y él había bajado solo.

Llegó a la cima a las once y media. El aire era limpio y frío, y el Santuario, abajo, parecía un juguete de piedra dormido. Se puso el casco por costumbre, aunque allí no había nadie a quien engañar. Después se volvió hacia el sur.

En julio, a esa hora, Sagitario asomaba sobre los cerros como un barco varado en la orilla del mundo. Desde Grecia nunca subía mucho: el arquero apenas despegaba del horizonte, rojizo, temblando en el aire tibio que subía del valle. Saga lo había mirado mil veces. Conocía cada estrella por su nombre y por su costumbre.

Lo que no sabía era leerlas. Shion las leía como quien lee una carta de un amigo: sin esfuerzo, de corrido, y a veces sonreía con lo que encontraba. Desde que Shion ya no subía, Saga había subido cientos de noches esperando que el don viniera con el casco. No vino. Aprendió a fingirlo, como fingía todo lo demás, y muy de vez en cuando, en las noches más limpias, alcanzaba a entender una línea suelta.

Esa noche, la constelación estaba exactamente donde debía estar.

Y sin embargo.

Se quedó inmóvil un largo rato, tratando de entender qué le molestaba, con esa paciencia fría que en el Santuario confundían con sabiduría. No era una estrella fuera de lugar. No era un brillo nuevo. Era algo más parecido a lo que se siente en una habitación cuando alguien ha entrado sin ruido y está de pie detrás de uno. El cielo era el mismo. Solo que ahora estaba de frente.

—Nos miran —dijo una voz.

Era la suya. Venía de adentro del casco, de esa parte de él que en el Santuario no tenía nombre, y sonaba contenta.

Saga no le contestó. Hacía años que había aprendido que contestarle era regalarle la mitad de la conversación. Fue hasta el atril de piedra donde descansaba el registro y abrió el libro.

El registro de Star Hill no era un libro sino muchos, cosidos uno sobre otro durante siglos, con tapas de cuero que se habían vuelto de madera y de madera que se había vuelto bronce. Cada Patriarca había copiado en él las ochenta y ocho constelaciones de Athena, con sus estrellas, sus caballeros y sus muertos. Saga lo había leído entero dos veces. La primera, para aprender. La segunda, para saber exactamente qué cosas de ese libro ya no eran verdad.

Pasó las hojas hasta Escorpio. Después hasta Sagitario. Tenía la mano sobre la página del arquero, sobre el nombre de Aioros escrito con la letra de Shion, cuando sintió con la yema de los dedos una aspereza que no recordaba.

Entre las dos constelaciones había una línea raspada.

No una tachadura. Una raspadura: alguien, hacía mucho, había tomado una hoja de metal y había quitado la tinta capa por capa, con cuidado de no romper el pergamino, hasta dejar una franja pálida y lisa del ancho de un nombre. Saga acercó la lámpara. Bajo cierta luz se adivinaban los fantasmas de unas letras, demasiado gastadas para leerse. En el margen, con otra tinta y otra mano, alguien había escrito una advertencia en griego antiguo.

No se nombra. No se mira.

La leyó dos veces. Luego levantó la vista hacia el sur, hacia el arquero varado en la bruma, y por primera vez en diez años sintió un miedo que no venía de adentro de él.

—Una amazona —dijo la voz del casco—. ¿Te acuerdas? La que escribe cartas.

Se acordaba. Una plata del Telescopio, venida del otro lado del océano, discípula de una mujer que había muerto la noche de la revuelta por estar en el lugar equivocado. Llevaba años preguntando cómo. Él mismo la había hecho traer en marzo para tenerla cerca y callada, enterrada en el archivo con las cajas que nadie abría. Hacía dos semanas había llegado otra de sus peticiones, y él la había quemado sin leerla, como todas. Ahora, en lo alto de Star Hill, se preguntó qué decía.

Lo que iba a hacer lo decidió antes de bajar, y lo decidió con las dos mitades, cosa que no le pasaba a menudo. La escucharía. Si la amazona había visto lo mismo que él, nadie más debía creerle. Y para que nadie le creyera, necesitaba que la acompañara alguien a quien tampoco nadie escuchaba.

Pensó en el león.

La voz del casco se rio despacio.

*

La noche siguiente, en Tokio, Saori Kido se despertó porque algo había cambiado de lugar.

Tenía diez años y una costumbre que ningún adulto de la casa conocía: antes de dormir, recorría en su cabeza cada habitación de la mansión y dejaba cada cosa donde debía estar. El jarrón azul del vestíbulo. Los cuadros del pasillo. La caja dorada del cuarto cerrado, la que nadie podía tocar. Lo hacía desde que tenía memoria, sin saber por qué, como otros niños cuentan ovejas.

Esa noche, al recorrer la casa por dentro, la caja no estaba donde la había dejado.

Se levantó sin ponerse las pantuflas. El pasillo estaba oscuro y Tatsumi roncaba detrás de su puerta. El cuarto cerrado tenía llave, pero Saori sabía dónde estaba la llave. Siempre lo había sabido.

La caja dorada había girado sobre el piso. No mucho, pero lo bastante para que Saori lo notara desde la puerta. La tapa estaba entreabierta, y por la rendija salía una luz tibia que no alcanzaba a iluminar nada. Saori se arrodilló y miró adentro.

El arquero dorado seguía en su lugar, con sus patas de caballo plegadas y las alas cerradas sobre la espalda. Pero el arco había bajado. La flecha, que Saori recordaba apuntando hacia arriba, hacia el techo y más allá, se había inclinado despacio, como una cabeza que se agacha para escuchar, y ahora señalaba la ventana. La ventana daba al sur. Afuera, sobre los techos de la ciudad, bajo, casi tocando los edificios, temblaba un grupo de estrellas que ella no sabía nombrar.




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