Aioria llevaba dos horas golpeando la misma columna cuando lo mandaron llamar.
No la golpeaba para romperla. La columna estaba en el extremo norte del coliseo, sola, resto de un pórtico que se había caído hacía siglos, y en la cara oriental tenía una mancha más oscura del tamaño de un puño. Esa mancha era suya. La había empezado a los nueve años, el primer día que le permitieron entrenar sin maestro, y había crecido con él: entonces era del tamaño de un puño de niño, y ahora era del tamaño del suyo. Volvía cada mañana a poner el puño en el mismo lugar, siempre con la misma fuerza, sin dejar que la piedra se partiera. Romper era fácil. Lo difícil era dar mil golpes iguales y que la columna siguiera de pie.
Su hermano le había enseñado eso, antes. Lo pensaba cada mañana, y cada mañana se obligaba a pensar en otra cosa.
En las gradas, dos soldados rasos comentaban algo en voz baja. No necesitaba oírlos. En diez años había aprendido a reconocer la forma que tomaba su nombre en la boca de los otros: una palabra corta, una pausa y después la otra palabra, la que nadie decía delante de él. Traidor. A veces ni siquiera la decían. Les bastaba la pausa.
Dio el golpe mil. Se secó la frente con el antebrazo. Cuando se dio vuelta, los soldados miraban hacia otro lado y un mensajero del Patriarca lo esperaba al pie de la grada, con la frente casi en las rodillas.
—Leo. El Patriarca quiere verlo esta tarde.
*
La sala del Patriarca estaba en penumbra, como siempre, y olía a incienso y a piedra fría. Aioria entró, se arrodilló a la distancia de costumbre y esperó.
No estaba solo. A su derecha, también de rodillas, aunque de una manera que parecía más una concesión que una reverencia, había una amazona de plata que no conocía. Llevaba una armadura delgada, extraña, con anillos de metal en el antebrazo, una trenza larga, blanca como la de una anciana aunque ella no podía tener más años que él, y la máscara le tapaba todo menos la terquedad, que se le notaba en los hombros. Junto a ella sudaba Nikos de la Corona Austral, el mensajero, un muchacho que Aioria conocía porque era el único caballero de plata que lo saludaba en las escaleras.
—Leo —dijo el Patriarca—. Gracias por venir.
Su voz, como siempre, era serena y profunda, y llegaba desde detrás del casco como desde muy lejos. Aioria inclinó un poco más la cabeza. Le debía todo a esa voz. Cuando su hermano intentó matar a Athena recién nacida, el Patriarca pudo haberlo echado a él también, por la sangre; en cambio lo dejó quedarse, lo dejó entrenar, lo dejó ganarse la armadura de Leo a pulso. Aioria no olvidaba esas cosas. No se permitía olvidarlas.
—Esta amazona —siguió el Patriarca— afirma que el cielo está cambiando. Escuchémosla.
La amazona habló. Habló en un griego tan roto que al principio Aioria pensó que tenía algún problema en la boca: frases de tres palabras, verbos sin tiempo, la gramática de una niña. Cuando se le acababan las palabras griegas, seguía en otro idioma, rápido y seco, y Nikos traducía detrás de ella con la cara cada vez más roja.
—Dice que en el centro de la galaxia hay algo. Dice que anoche se dio vuelta. Que nos está mirando. Que no es una estrella, que es —Nikos dudó— un hueco que mira.
El Patriarca guardó silencio. Aioria sintió que algo se le endurecía en el estómago. No era miedo. Era vergüenza ajena: la certeza de estar escuchando a alguien a punto de quedar en ridículo frente al hombre más sabio del Santuario.
—Anoche subí a Star Hill —dijo el Patriarca al fin, con suavidad—. El cielo estaba en paz.
La amazona levantó la cabeza.
—No.
Nikos cerró los ojos.
—El cielo —dijo ella, en su griego de escuela— no en paz. Usted vio. Yo sé que usted vio.
Fue un silencio distinto. Aioria lo sintió en la nuca. Por un instante le pareció que algo en la sala se inclinaba hacia la amazona; que detrás del casco, el Patriarca la estaba mirando de verdad por primera vez. Después el instante pasó.
—Leo —dijo el Patriarca, y la voz era otra vez la de siempre—. Te encargo a esta amazona. Acompáñala. Mira lo que ella mira, las noches que haga falta. Y cuando no veas nada, dilo. Dilo en voz alta, donde todos te oigan, para que el Santuario descanse.
Aioria entendió la orden completa, incluida la parte que no se decía. Era una misión de niñera. Era peor: era una misión para desacreditar a una loca, y se la daban al único caballero dorado cuya palabra, en esas escaleras, valía menos que la de un soldado raso. Si la amazona tenía razón, nadie le iba a creer a él. Si estaba equivocada, se reirían de ella y, por una vez, no de él. Era una orden perfecta.
—Como usted diga —contestó.
Cuando se levantaban, la amazona preguntó algo más. Lo dijo en su idioma, en voz baja, sin mirar a nadie. Nikos no lo tradujo. El Patriarca no contestó. Aioria vio que el mensajero tenía los nudillos blancos.
—¿Qué dijo? —le preguntó afuera, en la escalera.
Nikos tardó en responder.
—Nada —dijo—. Cosas suyas.
Era la primera vez que Aioria lo oía mentir. Lo guardó.
*
Al atardecer, la amazona lo llevó al coliseo. Mejor dicho: caminó hasta el coliseo sin mirar atrás, y Aioria la siguió porque esa era su orden, y Nikos los siguió a los dos porque nadie más en el Santuario hablaba con ella.
Se paró en el centro de la arena, donde la tierra estaba más pisada, y se volvió hacia él.
—Pégame —dijo.
Aioria creyó que había entendido mal. Miró a Nikos.
—Dice que le pegues —confirmó Nikos, incómodo—. Dice que necesita algo que vaya casi a la velocidad de la luz para calibrar. Para comparar, como cuando se ajusta un instrumento. Y que tú eres lo único que tiene a mano.
—No golpeo a caballeros de plata.
Nikos lo tradujo. La amazona inclinó la cabeza, como un pájaro, y dijo una sola palabra en griego, bien pronunciada, la única que Aioria le oiría pronunciar bien en toda esa semana: