Sal de mi piel

No era una buena idea

El ruido de la cafetería era una mezcla de conversaciones, risas sueltas y el sonido de las cucharas chocando con las tazas, la mayoría de los estudiantes que estaban ahí era por que no tenían clase, no habían entrado o porque era un lugar donde no podían sentir frio, Sheccid y yo estábamos en nuestra mesa de siempre, ella revolvía su café sin mucho interés, aunque el líquido oscuro parecía reflejar lo que estaba pasando por su mente.

—Luego mi ex ya tiene novia —dijo de pronto, rompiendo el silencio

La observe detenidamente y note que miraba al vacío.

—¿De verdad? —pregunté, no tanto por sorpresa, sino por la necesidad de que continuara hablando.

—Sí —suspiró, su mirada se perdía más allá de las ventanas empañadas por el clima, una risa al fondo de la cafetería pareció irritarla aún más—. Es que me da mucho coraje porque a mí me tachó de infiel, y míralo ahora... ya consiguió tan rápido a alguien más.

Su voz estaba cargaba de una mezcla de incredulidad y amargura.

—La verdad sí se pasó, porque tú nunca lo fuiste... siempre fuiste respetuosa con él —aseguré, viendo cómo sus ojos se nublaban entre rabia y tristeza.

—Lo peor es que yo ya lo quiero olvidar y no puedo —su voz se quebró un poco, apenas lo suficiente para que su vulnerabilidad se asomara por sus palabras—. Luego hay veces en que lo extraño, y otras me acuerdo de lo que me hizo y me enoja.

Tomé un trago de mi chocolate, buscando las palabras correctas, aunque no las encontré, así que improvisé.

—Enamórate de alguien más.

Sheccid soltó una risa amarga, de esa que vienen de la parte más desgastada y cansada.

—Es que no puedo amar a alguien más... —dijo, negando con la cabeza como si quisiera convencer a su propio corazón.

Puse mi mano sobre la suya.

—Sí se puede —insistí, con la certeza de quien da consejos que rara vez aplica, aunque sabia que yo estaba en la misma situación que ella.

—Aún no surge esa conexión con alguien más —respondió.

Me miro a los ojos, note como sus ojos brillaron con una mezcla de esperanza y resignación.

—Te aseguro que llegará el indicado —la miré, queriendo transmitirle una seguridad que, en realidad, ninguna de los dos teníamos—. No con cualquiera vas a sentir ese amor.

Sheccid aparto su mano de la mía, apretó la taza entre sus manos, como si lo caliente de la cerámica pudiera consolarla.

—Pero aun así me pone mal... —su voz se fue apagando, hasta llegar casi a un susurro—. Él sí me dejó con pequeños traumas, los cuales espero poder superar.

—Te prometo que algún día ya no vas a sentir nada por él —le dije, deseando que mis palabras se convirtieran en una verdad tangible, algo que por lo menos pudiera sostenerla en medio de su caos.

Sheccid asintió, aunque no parecía convencida.

—Ojalá... —dio un sorbo a su cafe.

El silencio se instaló entre nosotras de nuevo, pero no era incómodo, sino que era el tipo de silencio que compartes con alguien que te entiende, aunque no tenga las respuestas.

El ruido de la cafetería seguía de fondo mientras Sheccid y yo seguíamos perdidas en nuestras propios pensamientos, las palabras que habíamos intercambiado seguían presente, hasta que de pronto mi teléfono vibró en la mesa, rompiendo el silencio, al revisa vi que era un mensaje de Uziel.

Uziel —Estoy en pastos, ven, quiero verte.

Leí el mensaje dos veces sintiendo un cosquilleo incómodo en el pecho, mi corazón traicionero se aceleró, pero mi mente intentaba convencerme de que ignorarlo era lo correcto.

—¿Todo bien? —preguntó Sheccid, viéndome con curiosidad.

—Sí, es solo que... —dije, buscando una excusa creíble—. Creo que ya empezó mi clase, debería ya irme a mi salón.

—Pro ya es un poco tarde, ¿no? —Sheccid me miró con el ceño ligeramente fruncido—. Aunque sea hay que terminarnos las bebidas.

—Ya no me da tiempo, ya sabes cómo son los maestros, ellos si pueden llegar tarde, pero si yo llego tarde seguro ya no me dejan entrar —le sonreí, tratando de sonar casual mientras recogía mi mochila.

—Está bien, nos vemos al rato —Sheccid no insistió, pero su mirada cargaba un toque de sospecha.

Salí de la cafetería con pasos firmes, pero apenas crucé la puerta mi determinación me abandono, el viento frío golpeó mi rostro recordándome que esto no era una buena idea, pero aun así mis pies me llevaron hacia pastos. Al llegar ahí estaba Uziel, estaba sentado bajo un árbol, jugueteando con uno de sus característicos porros entre los dedos, al verme, vi como una sonrisa se formaba en su rostro, esa que siempre lograba desarmarme.

—Pensé que no vendrías.

—No debería estar aquí —dije con una sonrisa.

—Pero viniste —Uziel apago lo que le restaba de su porro y se puso de pie, acercándose a mi un poco más de lo necesario.

El aire entre nosotros parecía estar cargado de electricidad, mi mente me gritaba que me alejara, pero mi cuerpo traidor, se quedó de pie.

—¿Por qué me escribiste? —pregunté, cruzándome de brazos en un intento de protegerme de mi propia vulnerabilidad.

—Porque quería verte.

—Uziel, sabes que esto no está bien... —murmuré, evitando su mirada.

—¿Qué no está bien? —respondió, con sus palabras que siempre sonaban indiferentes, aun que siempre me confundía—. ¿Qué te quiero ver? ¿qué me importas?

Miré alrededor, asegurándome de que nadie estuviera cerca, la idea de que alguien nos viera juntos me llenaba de ansiedad, no porque estuviera haciendo algo malo, sino porque sabía lo que los demás pensarían, sabía lo que Sheccid pensaría.

—Ya se que te dicen que no deberías estar conmigo, es algo que todos ellos saben, incluso yo lo sé.

Bajé la mirada, no sabia como se había enterado.

—Pero ¿a quién le importa lo que piensen los demás? —preguntó mientras daba pequeños pasos hacia mi—. Lo único que importa es lo que tú y yo queremos.

Antes de que pudiera responder, Uziel acortó la distancia entre nosotros, tomo mi rostro entre sus manos, nos vimos a los ojos y sin previo aviso me besó, fue un beso breve, casi cauteloso, pero suficiente para desarmarme por completo, mi mente se quedó en blanco y por un momento todo lo demás desapareció.




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