La noche había caído sobre el castillo Drăculea.
Liam acababa de despedirse de Valeria después de reconciliarse con ella. Por primera vez en días, ambos habían vuelto a sonreír y habían prometido no permitir que los secretos de sus familias destruyeran su relación.
Pero, mientras Liam se alejaba del castillo, su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
«Si realmente amas a Valeria, deja de buscar el segundo documento. La verdad sobre su madre destruirá todo lo que crees saber de ella».
Liam frunció el ceño.
Liam: «Dime quién eres».
La respuesta llegó enseguida.
«Alguien que conoce el secreto de tu familia. Mañana, medianoche. Ven solo».
Liam guardó el teléfono y continuó caminando.
No pensaba obedecer a un desconocido sin investigar primero. Pero había algo en aquel mensaje que le provocaba una inquietud que no podía ignorar.
Mientras tanto, Valeria regresó a su habitación.
Sobre su cama encontró una caja negra que no estaba allí cuando se había marchado.
En la tapa estaba escrito su nombre.
La abrió con cuidado.
Dentro había una fotografía de Liam cuando era niño, un anillo con el escudo de los Drăculea y una carta antigua.
Valeria comenzó a leer.
«Valeria: si estás leyendo esto, significa que Liam ya conoce parte de la verdad. Pero hay algo que debes descubrir antes de confiarle el resto de tu vida».
Debajo aparecía una última frase:
«El hombre al que amas nació con un secreto que ni siquiera él conoce».
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Qué demonios significa esto?
Tomó su teléfono y llamó a Liam.
Él respondió después de varios tonos.
—¿Qué pasa, Vale?
—Necesito que vengas. Ahora.
La voz de Valeria sonaba seria.
—¿Qué ocurrió?
—Encontré algo sobre ti.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio.
—¿Sobre mí? —preguntó Liam.
—Sí. Y quiero que me expliques qué significa.
Liam cerró los ojos.
No sabía qué había encontrado Valeria, pero comprendió que el pasado estaba alcanzándolos mucho más rápido de lo que imaginaba.
—Voy para allá.
La llamada terminó.
Valeria se quedó esperando.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Liam no llegaba.
Entonces recibió un mensaje.
Era de él.
Liam: «Vale, no salgas del castillo. Necesito resolver algo antes de verte».
Valeria frunció el ceño.
—¿Resolver qué, Liam?
No obtuvo respuesta.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
Valeria abrió.
No había nadie.
Solo un sobre negro en el suelo.
Lo recogió y encontró una fotografía reciente de Liam junto a una mujer desconocida. Él parecía estar discutiendo con ella, pero la imagen estaba tomada desde lejos y no permitía distinguir sus rostros con claridad.
En la parte posterior había una frase escrita con tinta roja:
«Pregúntale qué ocurrió esta noche. Pregúntale por qué te prometió que nunca volvería a ocultarte nada… y aun así lo hizo».
Valeria sintió que la rabia comenzaba a reemplazar su preocupación.
—Más te vale tener una buena explicación, Liam Vitale.
Su teléfono vibró otra vez.
Un último mensaje apareció en la pantalla.
Liam: «Valeria, pase lo que pase, recuerda que te amo».
Ella intentó llamarlo inmediatamente.
El teléfono estaba apagado.
Valeria miró la fotografía una vez más. No iba a llorar por una sospecha ni a sacar conclusiones sin escuchar su versión. Pero tampoco pensaba ignorar las pruebas.
Se puso la chaqueta, guardó la carta y salió de su habitación.
Al llegar a las escaleras, encontró a su padre esperándola.
—¿Adónde vas?
Valeria levantó la barbilla.
—A descubrir la verdad.
—Valeria, no puedes confiar en todo lo que encuentres.
Ella lo miró con frialdad.
—Y tampoco puedo confiar en quienes llevan toda mi vida ocultándome cosas.
Pasó junto a él sin detenerse.
Su padre no intentó seguirla.
Porque sabía algo que su hija todavía ignoraba.
Algo que podía cambiar para siempre su relación con Liam.
Y, en algún lugar de la ciudad, Liam estaba frente a una puerta que llevaba años creyendo que jamás tendría que abrir.
La mujer de la fotografía lo esperaba al otro lado.
Cuando él entró, ella levantó la mirada.
—Has tardado, hijo.
Liam se quedó helado.
—¿Mamá?
La mujer cerró la puerta y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Tenemos que hablar de Valeria. Y de lo que ocurrió la noche en que naciste.
Liam miró la carpeta.
En la portada aparecían dos apellidos:
DRĂCULEA — VITALE.
Debajo, una fecha.
La misma noche en que, según los archivos familiares, su madre había desaparecido.
Ella le sostuvo la mirada.
—Hay algo que nunca te conté, Liam. Algo que tu padre y yo juramos llevarnos a la tumba.
Liam abrió la carpeta.
La primera página contenía una fotografía de dos bebés.
Uno era él.
El otro llevaba una pulsera con el nombre de Valeria.
Liam dejó de respirar por un instante.
—No… Esto no puede ser.
Su madre comenzó a llorar.
—Lo siento, hijo.
Liam levantó la mirada, pálido.
—¿Qué significa esto?
Ella susurró las palabras que cambiarían todo:
—Valeria y tú no os conocisteis por casualidad. Nuestras familias llevan veinte años intentando impedir que descubráis por qué os eligieron el uno al otro.
Y, por primera vez en su vida, Liam no supo qué hacer.
Porque amaba a Valeria.
Pero acababa de descubrir que la historia de su amor quizá había comenzado mucho antes de que ambos pudieran elegir.