Sangre Mestiza I: el inicio de la travesía

1. Hogar, dulce décimo tercer hogar

Eran más de las 11 de la noche del primer día del 2020 cuando llegaron a su nuevo hogar, el camión de la mudanza habría llegado mucho tiempo antes por lo que esperaba encontrar su cama armada, lista para tenderla y tirarse a dormir. Aun con aquella extraña sensación, se bajó sin ganas de aquel auto para detallar el lugar en que pasaría otro año de su vida como nómada, de ciudad en ciudad. Le gustaba viajar y conocer nuevos lugares, pero muchas veces deseaba poder instalarse en una casa por más tiempo que solo los 12 meses que el trabajo de sus padres le permitía.
Se maravilló con la vista frontal de su nueva casa, no se quejaría, no está vez. La casa era sencillamente hermosa, tal y como siempre la había deseado. A diferencia de la anterior, esta es de dos pisos con una amplia terraza y un hermoso patio donde podría relajarse a gusto. En el segundo piso había un ventanal enorme terminado en un alfeizar bajo, desde la cual podría observar la calle y sus alrededores. «Esa habitación será mía» pensó con deleite.
—Es hermosa ¿cierto? —comentó Félix lleno de orgullo.
—Vaya que lo es —exclamó Naomi encantada— le agradeceré a mamá por la elección.
—Yo escogí la casa —replicó Félix ofendido— también puedo tener mis buenos gustos.
—¿En serio, papá? —Indagó burlona— ¿te recuerdo la casa anterior?
—Se veía más bonita en la foto —se defendió.
—¡No me digas!
Ambos estallaron en risas ahogadas, era demasiado tarde como para hacerlo a todo pulmón porque podrían despertar a los vecinos y no querían dar esa primera mala impresión.
—Silencio los dos —amenazó Nilsa— despertaran el vecindario completo.
—Si señora —contestaron ambos al unísono.
Nilsa y Naomi entraron silenciosamente a la casa mientras Félix guardaba el coche en el garaje, encerrándose cada quien en sus respectivas habitaciones. Naomi, por su parte, agradeció mentalmente a sus padres por dejarle la habitación con la ventana hacia la calle. «Mañana se los haré saber» pensó sonriente. Esperó pacientemente hasta que escucho las quejas de su padre entrando, el chirriar de la puerta de su habitación al cerrarse y sus fuertes ronquidos a los 10 minutos.
Tomó su mochila y un tarro de sal de la cocina, caminando sigilosamente salió al resplandor nocturno observando con suma atención los alrededores. Era casi media noche por lo que asumía todos estarían durmiendo; sin embargo, no estaba de más asegurarse, lo que menos quería era un vecino chismoso en esos momentos. Rodeó toda el área de la casa con sal tal y como siempre lo hacía cada vez que se mudaban, se sentó con las piernas cruzadas frente al andén, dentro del círculo.
Faltaban cinco minutos para las 12, abrió cuidadosamente el libro sobre su regazo. Era bastante viejo por lo que siempre lo trataba con suavidad y lo guardaba donde nadie pudiese encontrarlo, más siendo de su padre quien aún lo creía perdido. Volvió a leer el conjuro de protección solo para verificar no haberlo olvidado, repitió una y otra vez aquel rito mentalmente para no fallar al pronunciarlo, ya que el neerlandés no se le daba muy bien. 
La alarma de su teléfono sonó, la hora había llegado. Respiró profundo, dibujó con tiza azul el símbolo descrito en el libro, una línea horizontal atravesada por tres líneas verticales siendo la del centro más larga que las otras dos. Unió sus manos formando un círculo tocando las yemas de sus dedos, y empezó a recitar a ojos cerrados.
—«Heilige en eeuwige maan, jij bent de koningin van de nacht, bescherm ons tegen alle kwaad, zelfs als het licht weer schijnt. Haal alle wezens weg en bedek met jouw energie de magische uitstraling die van hieruit uitgaat, maak me onzichtbaar voor het kwaad dat op me wacht. Beschermend schild.» —recitó en neerlandés tres veces seguidas.
El viento sopló con mayor fuerza rodeando la casa completamente, un aro resplandeciente nació siguiendo la línea del círculo de sal. A medida que recitaba su cantico, una barrera brillante y plateada creció hasta forma un domo fuerte e impenetrable, protegiendo la casa y a todos los que en ella habitan. Y al terminar, aquel símbolo brilló intensamente para luego desvanecerse en forma de escarcha azul.
Abrió lentamente los ojos sintiendo un leve mareo, vio encantada como caía el rocío de escarcha mientras aquel domo dejaba de brillar sin perder su efecto, simplemente se hacía invisible al ojo humano. Respiró con tranquilidad, levantándose del suelo para poder entrar y por fin descansar. Con tan solo dos pasos perdió el equilibrio cayendo de rodillas en el césped, con la frente perlada en sudor frio y la respiración agitada. Se sentía débil, pero sabía perfectamente que solo era por la energía liberada en el hechizo, sin embargo, agradeció al silencio no haberse desmayado como en otras ocasiones.
Un cosquilleo en su nuca la alertó, recorrió detenidamente con la mirada los alrededores, pero no vio nada ni nadie. «Debe ser mi imaginación, estoy demasiado cansada» pensó aliviada. Respiró profundo tratando de calmarse recobrando un poco de su energía, por lo menos lo suficiente para caminar y llegar hasta su preciada cama. Y con solo entrar su cabeza en contacto con la almohada, se desmayó a voluntad dejándose arrastrar por la fría sensación de la oscuridad nublando su mente.
—Naomi Nosborn —la maestra leía la lista de clases con su tono monótono.
—Presente —contestó sin prestar atención.
El último día de clases llegó demasiado rápido, más de lo que quiso realmente. Un cosquilleo en su nuca le hizo desviar la mirada a su lado izquierdo, a dos puestos del suyo estaba Elías, el chico guapo y el único lo suficientemente loco como para hablarle a la rara asocial del salón. Sus ojos no dejaban de observarla, Naomi supo por su propia boca que siempre le gustó la forma de su rostro, el color de su cabello y el sonido de su risa escandalosa. Y eso era exactamente una de las cosas que detestaba de su vida, no poder vivirla como quería. El timbre sonó y todos salieron del aula apresuradamente, llenos de la alegría que el fin de año les generaba.
—¿De verdad tienes que irte? —acarició suavemente las mejillas de Naomi.
—No tengo de otra —contestó con un suspiro.
—Pero…
—Debo hacerlo —Naomi interrumpió sus réplicas— no quiero, pero por el bien de todos debo hacerlo.
—¿A qué te refieres? —la confusión se reflejó en su rostro.
—No quieres saberlo —le dio un suave beso en la mejilla— fue un gusto conocerte, Elías.
—Extrañaré tus hermosos ojos verdes y tu mal carácter.
Lágrimas nublaron su visión, el perfilado y hermoso rostro de Elías empezó a difuminarse frente a sus ojos. Su suave voz se oía lejana, como un leve susurro guardado en el fondo de su corazón. Detestaba las despedidas por lo que siempre evitaba vínculos con los demás. Prefería la soledad como su única amiga, pero eso no evito encariñarse con él y odiaba eso más que nada en el mundo.
—Mis ojos —despertó en medio de un susurro lastimero, con el rostro surcado en lágrimas furtivas salidas durante su sueño.
Estaba adolorida, cansada y con un fuerte dolor de cabeza, pero todo le parecía superficial comparado con el dolor en su pecho. El año anterior fue la primera vez en varios que rompía su regla número uno, «Sin amigos no hay tristes despedidas a final de año». Intentó alejarlo e incluso pudo haberlo tratado mal un par de veces, pero fue tan persistente y convincente que se dejó cautivar por su forma de ser, y no hubo marcha atrás. Y aunque sabía que a final de año ambos sufrirían, él aceptó llevar ese peso sobre sus hombros con gusto, con tal de pasar todo el tiempo posible junto a ella.
Sin embargo y a pesar de todo, no se arrepentía de nada. Fue uno de los mejores años que ha tenido desde ese entonces, cuando aún era una niña inocente que buscaba ser aceptada por sus compañeros de clase. Y se lo agradecía profundamente, siempre lo recordaría.
Decidió levantarse antes que su madre entrara a despertarla, el resplandor del sol entraba a través de pequeñas rendijas entre las cortinas, indicándole que era demasiado tarde para seguir en cama. Lentamente logró ir al baño y asearse, quitándose de encima los restos de aquel doloroso recuerdo. El dolor en su cuerpo le recordaba la razón de todo aquello, de la mudanza año tras año y aunque no le gustara ese modo de vida, era el único al que podía tener acceso si no quería lastimar a nadie. Bajó las escaleras rumbo al comedor con pasos pesados y casi arrastrando los pies.
—Naomi Patricia —exclamó su madre fijando una mirada de advertencia sobre su hija— ¿quieres dejar de arrastrar los pies y caminar como una persona normal?
«Normal, ojalá eso aplicara en mí» pensó con melancolía.
—Estoy cansada —comentó seguido de un profundo bostezo— y me duele la cabeza.
—Eso no es excusa, dormiste más de 10 horas —replicó Nilsa.
—¿En serio? Ni parece.
Dejo escapar un resoplido de aburrimiento, acariciando sus sienes en señal de rendición y malestar. Su cerebro palpitaba como si quisiera estallar y salirse por sus fosas nasales, la migraña muy poco la alteraba, pero había ocasiones como esa en que la torturaba sin descanso.
—¿Quieres desayunar? —Indagó Félix, su padre— no deberías tomar café hoy.
—Tomate esto —Nilsa le ofreció dos pastillas redondas, una blanca y otra amarilla— y deja de leer de noche.
—Soy inocente esta vez —se defendió Naomi.
—¿Solo esta vez? —una mirada fija y amenazante por parte de Nilsa la analizaba detenidamente.
Ignorando la pregunta de su madre, se tragó de un solo sorbo ambas pastillas acompañadas de jugo de naranja. Desviaba la mirada a todas direcciones, evitando cruzarse con los ojos escrutadores de Nilsa.
—¿Qué hay para desayunar? —Preguntó mirando a su padre, quien trataba de retener una carcajada— tengo hambre.
—Muy graciosa, niña —replicó su madre entre seria y divertida— ahora como castigo te toca desempacar y ordenar las cosas de la sala.
—¿Y es que alguien más lo iba hacer? —Preguntó en tono divertido— solo pregunto.
—Ya quisieras —exclamó Félix estallando en risas.
Desayunaron con calma, pan tostado, tocino y huevos revueltos, acompañados de jugo de naranja y café con leche. Y para equilibrar la carga algo de fruta picada, banana, manzana y mango, su favorita.
—Deja ya el tocino y come fruta —riñó Félix a Naomi— traga mango.
Naomi balbuceaba con la boca llena de pan y tocino, tomando un pequeño tazón con fruta variada.
—Ya traga y deja de hablar con la boca llena, por Dios —Nilsa golpeo suavemente el hombro de Naomi con un periódico enrollado— que fastidiosa te pones, niña.
—Es la falta de sueño —dijo Naomi seriamente— está científicamente comprobado.
—Yo leí ese artículo —aseguró Félix reteniendo una risotada.
—Con que esas tenemos, ¿no? —tanto Naomi como Félix se encogieron de hombros con expresión inocente— bien, castigados los dos.
—¿Qué? —exclamaron entre risas ambos.
—Tú la sala y el estudio —señaló a Naomi— y tú todo lo demás —señaló esta vez a Félix.
—¡Pero mamá! —se quejaron los dos.
Tanto Naomi como Nilsa miraron con gesto burlón a Félix por su comentario.
—¿Qué? Estoy castigado, ¿no?
—¡Pero no soy tu mamá! —Nilsa reía sonoramente.
—¿Mamacita? —miraba con gesto seductor a su esposa Nilsa, provocando en esta un suave rubor en sus mejillas.
—Hay una niña presente, ¿recuerdan? —Se quejó Naomi— no den malos ejemplos.
—Somos un buen ejemplo —replicaron ambos padres en medio de risas.
—¡Ajan! Lo que ustedes digan.
Continuaron con las risas el resto del desayuno, para luego seguir con los montones de quehaceres del hogar. La mudanza siempre acarreaba muchas labores por realizar, cajas que abrir y miles de chécheres por ubicar. Especialmente los pertenecientes a Naomi, quien a escondidas de sus padres coleccionaba ciertos elementos de potencial poder mágico. Se dirigió a la sala, cuanto antes terminara con ese lugar podría dedicarse a su habitación y organizar ciertos «asuntos».
Primero se dispuso a limpiar los restos de polvo y suciedad esparcidos por el suelo y paredes, dejando un agradable olor a vainilla. Los muebles ya estaban ubicados, pero le gustaba reorganizar según el espacio disponible y la forma del lugar. Tampoco era mucho; solo un par de muebles, un pequeño estante de discos de su padre, un multimueble con la TV, un estéreo y unos cuantos libros de su madre. Colocó en lugares estratégico las fotos familiares, las más grandes colgadas en la pared y las pequeñas decorando una pequeña mesita.
Estaba por terminar de limpiar, solo le restaba organizar los discos de su padre en orden alfabético. Pero sentía que, a diferencia de otras veces, esta se le estaba haciendo muy larga. Por primera vez en todas sus mudanzas, habían recibido muchas visitas por parte de sus vecinos dando la bienvenida. Recién empezaba llego una señora de unos 35 años de edad con su hija, Mara.
—Buenas tardes vecina, bienvenida a Betania —exclamó entusiasmada con una voz un tanto aguda y chillona— mucho gusto, mi nombre es Gemma y ella es mi hija.
—Es un placer conocerla señora —la chica estrechó la mano de Nilsa cortésmente— soy Mara.
Mara era una chica realmente bella, de piel clara y levemente bronceada, alta y cuerpo esculpido, su cabello dorado brillaba como el mismo sol, sus ojos color caramelo y labios rosados hacían resaltar el suave rubor en sus mejillas y su carismática personalidad.
—Muchas gracias, soy Nilsa y ella es —contestó con una gran sonrisa llamando con la mirada a su hija— Naomi, mi hija.
Con algo de timidez, Naomi se acercó posicionándose al lado de su madre. Estrechó cordialmente la mano de sus nuevas vecinas. Eran realmente suaves al tacto, lo cual concordaba con sus aspectos refinados y bien cuidados.
—¿Qué tal, linda? —saludó Gemma con una espléndida sonrisa de oreja a oreja— les traje este regalito de bienvenida, espero lo disfruten.
Naomi recibió en sus manos una tarta de chocolate casera, adornada con fresas dibujando una flor en el centro del pastel.
—Muchas gracias, señora Gemma, llevaré esto a la cocina. Permiso.
Se alejó con pastel en mano rumbo a la cocina, no sin antes volver a echar un vistazo a sus nuevas vecinas quienes amablemente les habían traído un regalo de bienvenida. Naomi estaba confundida por lo que vio, no sabía si solo fue su imaginación o si realmente sucedió. Miró fijamente por varios segundos a Mara, quien le devolvió la mirada con una expresión no tan dulce y risueña como hace un rato. Era más bien una mezcla de presunción y altivez, como esas chicas que por ser lindas físicamente pretenden ser mejores que todos los demás.
Las demás visitas fueron más agradables que esta primera, todos con un pequeño regalo para la nueva familia en el vecindario. Desde ensaladas y postres, hasta algunos utensilios para decorar, como objetos magnéticos con formas de frutas y verduras para el refrigerador.
—Bueno —anunció Nilsa sonriente viendo todos los regalos— creo que hoy no cocinaré.
—¿Comeremos ensalada y dulces? —indagó Félix entre risas— ¿si sabes que un almuerzo balanceado lleva una proteína?
—Almuerzo balanceado —repitió Naomi en tono burlón.
—Sigue así y no tocaras la tarta de chocolate —amenazó Nilsa— y tú, mi querido esposo, si quieres proteína tendrás que cocinar porque yo…
El sonar del timbre interrumpió el regaño de Nilsa, sobresaltándolos por un momento porque no esperaban más visitas.
—Voy yo —se ofreció voluntariamente Félix— tal vez este regalo sea a base de proteína.
—Soñar no cuesta nada —murmuró Naomi para sí misma.
—Mira niña —comentó Nilsa en tono amenazante al perder de vista a su esposo— esta vez tu padre no te va a alcahuetear, te vas a tragar la ensalada así me toque dártela yo misma.
—Aja —contestó Naomi como si nada mientras masticaba un trozo de tomate sacado de la misma— la ensalada.
—¿Me estas prestando atención?
—Claro —aseguró, tomando otro bocado de la ensalada— que rico esta, ¿no quieres un poco?
—¿Por qué mi ensalada no te la comes así? —indagó Nilsa con un mescla de molestia, ofensa y diversión en su voz.
En respuesta, Naomi simplemente se encogió de hombros y siguió devorando vegetales tranquilamente, como si su madre no la mirara con gesto asesino.
—Hija del demonio…
—¡Nilsa! —llamó Félix desde la entrada.
—De esta no te salvas —amenazó antes de dar media vuelta y dirigirse a la sala.
Al perder de vista a su madre, Naomi aprovechó para hacer todos los gestos de desagrado posible, dejando a un lado el gran tazón de ensalada para acercarse a la tarta de chocolate, su verdadero objetivo. «Lo que tengo que hacer por ti, pinche chocolate adictivo» pensó divertida. Tomó entre sus manos un pequeño cuchillo, para partir un enorme trozo del pastel y llevarlo a su habitación antes que regresaran sus padres, pero el llamado de su madre alteró sus planes. Fue hasta la entrada de la casa, esperando el buen motivo por el cual su intento de robo fue destrozado. Al llegar, sus padres estaban de espaldas a ella y de frente a quien sea que fuere la visita.
—¿Me llamaron?
—Naomi, te presento a la señora Nieves —su madre se hizo a un lado, permitiéndole ver a una señora de unos 65 años— vive en frente.
—Hola cariño, gusto en conocerte —con una sonrisa amplia y radiante, ofreció su mano como saludo.
Sin dudarlo, Naomi estrechó cortésmente respondiendo su saludo. Pero algo extraño sucedió. Al entrar su mano en contacto con aquella mujer, tuvo una especie de vistazo mental. Una imagen fugaz se cruzó por su mente, acompañado de un cosquilleo en todo su cuerpo dejándola un poco mareada y confundida.
—Mu-mucho gusto, señora —titubeó nerviosa— me llamo Naomi.
—Lindo nombre —sonrió dulcemente, con un brillo peculiar en sus ojos.
—Gracias —contestó aún perpleja— la idea fue de mamá.
—Nena, lleva esto a la cocina —Nilsa le dio una bandeja de vidrio transparente con cubierta de aluminio, el cual desprendía un olor delicioso— fue un regalo de la señora Nieves.
—Muchas gracias señora, fue un placer conocerla —tomó con cuidado la bandeja aún caliente— con permiso.
Se alejó apresuradamente tratado de disimular un poco su afán por salir del radar visual de los adultos, especialmente de aquella mujer. Respiró profundo y cerró sus ojos concentrándose, para tratar de traer de vuelta a la superficie de su conciencia aquella imagen confusa. Pero por segunda vez, solo obtuvo destellos. Veía de forma borrosa aquella mujer, pero una versión mucho más joven a la que está hablando con sus padres en esos momentos, como si la hubiese conocido mucho tiempo antes. «¿Qué demonios fue eso?» Pensó confundida y frustrada.
La señora Nieves a simple vista parecía una dulce abuelita con su cabello plateado por las canas, su rostro un poco arrugado de piel blanca y su postura un poco encorvada por el peso de los años. Pero había ciertos detalles que confundían como el brillo de sus ojos verdes, su semblante elegante y sus finos movimientos que denotaban juventud. Lo que más le inquietaba a Naomi era aquella sensación electrizante al estrechar su mano, jamás había sentido aquello con nadie y lo más preocupante, no sabía que significaba.
Esa noche, soñaría con una jovencita de ojos verdes que le sonreía dulcemente, le susurraba palabras de calma y paz, pero al despertar todas las imágenes desparecían volviendo a lo más profundo de su memoria, sin poder tener la menor oportunidad de recordarlas.
Esos dos primeros días fueron un completo cansancio para todos, el día se les iba en desempacar y ordenar montones de cachivaches traídos en la mudanza. Habiendo terminado las labores asignadas por su madre, Naomi pudo centrarse en su habitación. «Si voy a pasar la mayor parte del tiempo encerrada aquí, que por lo menos se vea decente» pensó sarcásticamente. Encendió su equipo de sonido con su playlist favorita, abrió de par en par la gran ventana para dejar entrar el aire fresco y se puso manos a la obra.
Inició reubicando la cama justo en el centro de la habitación entre la puerta y la enorme ventana. Enfrente estaba el closet donde almacenó toda su ropa por color, sus zapatos y demás accesorios. Colgó algunos posters y fotos enmarcadas en las paredes, la mesita de noche justo del lado derecho de la cama y su pequeña pero espaciosa estantería de libros y discos, su mayor orgullo.
Escondió algunas cajas debajo de la cama, donde almacenaba ciertas cosas que sus padres no sabían que poseía ni esperaba que se enteraran. Dejó algunas por fuera donde guardaba cuidadosamente sus libros, discos favoritos, cuadernos de apuntes y dibujo, además de todos sus materiales artísticos, pinturas, pinceles, lápices y colores.
Un agradable olor a comida se filtró por debajo de su puerta, recordándole que la hora del almuerzo había pasado hace un tiempo, por lo que decidió hacer una pausa para bajar a comer. Se acercó a la ventana para cerrarla mientras no estuviese allí, dando un vistazo rápido a las calles y casas aledañas a la suya. Había niños jugueteando en las aceras, algunos corriendo tras sus mascotas y otros simplemente saltando de un lado a otro. Recordó a la señora Nieves al ver la casa de enfrente, un poco parecida a la suya. Dos pisos de color azul claro y dos ventanas que daban justo a la calle, igual que la de su habitación.
Trató de no pensar mucho en aquel extraño suceso, pero justo en ese momento tres personas iban saliendo de aquella casa. Eran tres chicos de diferentes edades, el primero aparentaba tener su misma edad con rostro bastante risueño, de cabello rojizo como el cobre, piel clara, alto y delgado. Detrás de este un chico un poco mayor de tez bronceada, cabello castaño y rizado. Y, por último, de rostro tosco y bastante serio, un chico corpulento y musculoso, de cabello liso negro azabache, tan oscuro que resaltaba el color de su piel blanca.
Se quedó demasiado tiempo contemplándolos, embobada en el atractivo de los tres desconocidos, especialmente en el último. Observó cómo se alejaban a paso lento, pero sin previo aviso el pelinegro se detiene desviando la mirada hacia Naomi. Sus ojos se encuentran por unos momentos, sintiendo un calor recorrer su rostro. Dejándose llevar por los nervios, cerró apresuradamente las cortinas cortando el contacto visual.
—Serás pendeja —se riñó en voz alta— olvidaste cerrar la ventana.
Soltando un suspiro de frustración, salió de la habitación para bajar al comedor donde sus padres estaban colocando la mesa para comer. Aún quedaban galletas y biscochos de regalo de bienvenida, siendo Naomi quien se deleite con tanto dulce a la hora del postre. Estaban degustando un delicioso ponqué de arequipe acompañado de un vaso de leche fría, tal y como les gustaba a los tres.
—¡Esta delicioso! —exclamó Naomi.
—Cualquier cosa con azúcar te parece deliciosa —comentó Félix entre risas.
—Cualquier cosa, excepto las uvas pasas —arrugo la nariz sutilmente— que asco.
—Deja el drama —riñó su madre Nilsa— si tuviesen helado igual te las tragas.
—Eso no es cierto —replicó Naomi— pero ahora que lo mencionas, querida madre…
—Aquí viene —murmuró con un suspiro.
—Hay que hacer algunas compras, víveres y cosas así —anunció expresando toda la seriedad que era capaz de transmitir— la comida regalada no dura para siempre.
—Claro —confirmó Nilsa, ignorando las risas de su esposo— pero no iras tú, así que no insistas.
—Esta vez seré más responsable, lo prometo. Además, necesito salir y conocer el lugar, cuando entre a la escuela quiero ir sola en bicicleta. Si me entienden, ¿verdad?
—Y lo harás, dalo por hecho —continuó su padre— pero ahora que lo mencionas, ¿Por qué no tratas de relacionarte más este año?
—Este es tu último año escolar, deberías disfrutarlo —completó Nilsa— no sabemos aún que pasara después, pero…
—¿Saben que repiten lo mismo todos los años? —Preguntó Naomi un poco fastidiada— ¿No se cansan de la misma cháchara?
—No es cháchara, son solo consejos —respondió Nilsa.
—Hazle caso a tu madre, es solo que no queremos que andes sola, además —dijo Félix, con una sonrisa de satisfacción en su rostro— logramos algo el año pasado.
—Y terminó peor que nunca —susurró, levantándose de su asiento para encerrarse en su habitación.
Cerró tras de sí la puerta con un sonoro clic, indicando que quería estar sola. Volvió a encender el equipo de sonido mientras All of me de John Leyend sonaba a todo volumen, trayendo recuerdos a su mente que quisiera dejar escondidos en un baúl.
Recordó la sonrisa amplia con la que siempre la saludaba al llegar a la escuela, sus cálidos brazos alrededor de su cuerpo con cada abrazo que le daba cuando algo no iba bien, el roce de su piel cuando acariciaba sus mejillas y el brillo en sus ojos cuando le confesó sus sentimientos, lo que ella más temía. Lo recordó a él, Elías, el único amigo que había tenido en su vida y a quien dejó atrás para mantenerlo a salvo. Y con esto, el motivo por el cual no debía volverse a repetir, la razón principal por la que se alejaba de todos.
«Soy un peligro, no soy buena para nadie» pensó con frustración y tristeza en su corazón, «No pude salvar a Ciro, pero por lo menos evité que le pasara lo mismo a Elías. Y no puede volver a suceder, nunca más».
Lágrimas corrieron descontroladas por sus mejillas, la sola mención de su nombre le ardía en el alma. Aún se culpaba por lo sucedido, estaba convencida de que si hubiese hecho algo diferente en ese momento él estaría allí con ella. Pero no fue así y nunca volverá.
—Ciro —sollozó.



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En el texto hay: monstruos, magia, sobrenatural

Editado: 01.09.2021

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