Sangre Mestiza I: el inicio de la travesía

4. Accidente accidentalmente accidentado

—A despertar, el aseo no se hace solo —exclamó Nilsa entrando a la habitación de Naomi, abriendo de par en par las cortinas— el día esta radiante, ¿No crees?
El brillo del sol cegó por completo a Naomi, quien lanzó un quejido de molestia mientras cambiaba de posición para poder seguir durmiendo.
—Levántate mocosa —advirtió su madre, quitándole la frazada de encima— te doy 10 minutos para que bajes a desayunar, de lo contrario…
Salió de la misma forma abrupta en que entró, dejando la frase inconclusa y en el aire. Resignada y temerosa, salió de su cómoda cama para ducharse y bajar antes de ser cruelmente castigada. Un nuevo día de aseo incansable la esperaba, aún le sorprendía la cantidad de mugre que podía entrar en tan poco tiempo a la casa, por lo que todos los días sin excepción se hacía la limpieza.
—Hola nena, ¿Cómo sigue tu pie? —saludó Félix.
—Sin dolor, hasta podría correr —sugirió Naomi sonriente.
—Me encanta que tengas tanta energía —comentó Nilsa sarcásticamente— la necesitaras para hacer tus deberes.
—Le quitas lo divertido a la vida, mujer —replicó Naomi.
Desayunaron en calma, comentando y riendo como siempre. Las charlas durante las comidas siempre variaban de tema, el trabajo en bienes raíces de sus padres, la escuela y cualquier otro que esté en vigencia, como su pequeño encuentro con Jeimmy.
—¿Qué tal está Jeimmy? —preguntó inesperadamente Nilsa.
Naomi miraba a su madre analizando su expresión, la sorpresa por aquella pregunta casi hace que escupiera su café, pero al parecer su padre esperaba algo así, ni se inmutó ante tal cuestionamiento.
—¿Por qué debería saber eso? —preguntó Naomi desconcertada.
—No sé, tal vez has seguido hablando con él desde de tu pequeño accidente —contestó Nilsa— fue muy amable al ayudarte.
—Lo fue, pero eso no significa que seamos amigos.
—Naomi, cariño —interrumpió su padre— deberías intentarlo, ¿No crees?
—No otra vez, por favor —suspiró Naomi, sabiendo a donde querían llegar.
—Se ve que es un buen chico, no dudó en ayudarte aún sin conocerte, creo que se merece una oportunidad —continuó Félix— tú deberías darte una oportunidad, sabes que no me gusta verte sola.
—Pero ya estoy acostumbrada a estarlo, y así es mejor —su fastidio fue evidente en el tono de su voz.
—Está bien, no insistiremos más —comentó Nilsa— por ahora…
—¿Perdón? —Exclamó Naomi— ¿Cómo que por ahora? ¿Qué están tramando ustedes?
—¿Ustedes? —Dijo Félix— me sacas de ese costal.
—¿Por qué tendría que tramar algo? —indagó inocentemente su madre.
—Porque te conozco.
—¿Acaso me vas a negar que el chico está bueno? Es todo un bombón.
—¡Mamá! —exclamó Naomi escandalizada, desviando la atención a su padre— ¿Sí ves? Me quiere vender a los vecinos solo porque son medio simpáticos.
—Nilsa, por favor —recitó Félix— recuerda que hasta los 40 no va a tener novio, así que ni lo pienses.
—¡Perate! —Vociferó Naomi, mientras su madre se burlaba de la situación— ¿No era a los 30?
—Estarás muy niña aún.
—Pero tú tienes 39 —se quejó Naomi— 18 años de casado y una hija de 16.
La discusión sin sentido continuó hasta que Naomi no pudo más. «Esta gente está loca» pensó, recordando las absurdas insinuaciones de su madre. Rápidamente hizo todos sus deberes, dejando su habitación perfectamente ordenada. Se duchó y alistó para salir en su bicicleta, necesitaba terminar el trabajo que inició y no pudo continuar por culpa de aquella inesperada visión. Normalmente las podía controlar evitando tenerlas en momentos inadecuados, solo aparecían cuando estaba demasiado agotada o alterada emocionalmente. Por eso, se le hizo extraño que sucediera de forma tan inesperada y eso casi la mata.
—Procura no demorarte como ayer —advirtió su padre antes de dejarla salir.
—Sí señor, como usted diga —contestó con una enorme sonrisa.
Salió tranquilamente sin demostrar la ansiedad y emoción que sentía por llegar lo antes posible, a lo que será su lugar de escape. A las pocas calles, vio de reojo a Jeimmy tratando de zafarse de encima por décima vez en la semana a Mara. Era tan insistente y fastidiosa que ya sentía pena por aquellos chicos, especialmente por él a quien atosigaba con mayor persistencia. Sus intentos de coqueteo y seducción, si alguna vez había funcionado, no surtían efecto en ninguno de los tres.
—Pobre hombre —susurró con fingido pesar.
Continuó sin parar, pedaleando a gran velocidad teniendo cuidado con transeúntes y vehículos. Estaba cerca de aquel parque, las calles se hacían cada vez más solitarias a pesar de estar en pleno día, pero un crepitar en su bicicleta la pone en alerta. Era la primera vez que sonaba de esa manera, siempre le hacía su respectivo mantenimiento por lo cual se extrañó aún más.
—¿Qué carajos? —exclamó.
Fue bajando poco a poco la velocidad, pero sin poder evitarlo la cadena de la bicicleta se reventó con un sonoro crack enredándose en los rines de la llanta trasera y, aun con cierta velocidad se tambaleaba a punto de caer. Asustada, no se fija en aquella silueta. Con algo de brusquedad y fuerza, logran jalarla evitando estrellarse contra un árbol. Aun así, ambos caen estrepitosamente al suelo quedando ella encima del desconocido. Al reaccionar, nota que sus rostros quedaron demasiado juntos, a solo centímetros.
Un par de ojos color avellana la observaban preocupados, su piel trigueña combinaba con el castaño de su ondulado cabello. Debajo de ella, la dureza de su pecho al subir y bajar le hizo entrar en razón.
—Lo siento —susurró, levantándose rápidamente— de verdad lo siento, no te vi.
—De eso estoy seguro —contestó acomodándose aún sentado en el suelo— ¿Estas bien?
—Ahmm… Yo… Sí, estoy bien… gracias —titubeó confundida— Disculpa ¿tú eres…?
—Peter, y tú debes ser Naomi si mal no estoy. Me parece que somos vecinos.
Lo reconocía como uno de los chicos de enfrente, era difícil olvidar unos rostros como los de ellos. Su madre tenía razón, los chicos están buenos, pero no dejaba de ser raro que sea ella quien lo diga y le haga ese tipo de comentarios.
—¿Segura que estas bien? —Preguntó Peter arqueando una ceja— ¿No te duele el tobillo, por casualidad?
—¿Por qué me debería…? —Se interrumpió entornando los ojos— Jeimmy ¿Te lo dijo?
—Digamos que algo así —contestó encogiéndose de hombros— Jeimmy es mi hermano mayor.
—Que agradable sujeto —murmuró Naomi más para sí misma.
Aquel chico se levantó sacudiéndose la ropa, le ofreció la mano a Naomi para ayudarla a levantar. Dudó por un instante, pero terminó por aceptarla más por educación que por necesitarla de verdad. Apoyó firmemente sus pies, dejando en claro que su tobillo estaba perfecto.
—Gracias por la ayuda —lo miró a los ojos algo apenada— la verdad no sé qué fue lo que pasó con mi bicicleta.
Desvió su mirada buscándola, la ubicó a un par de metros detrás del chico tirada en el suelo con algunas raspaduras, la cadena hecha trizas esparcida por todas partes y en una posición retorcida.
—Se llamaba bicicleta —exclamó Naomi afligida.
Se acercaron a ella, recogiendo lo que se veía salvable de todo el desastre que quedo. Sosteniéndola del manubrio, Naomi se disponía a regresar andando a su casa.
—Me parece que necesitas una nueva cadena, pintura, una buena lavada y… —continuó Peter examinando con la mirada la bicicleta— un par de ajustes en los cambios.
—¿Cómo sabes lo de los cambios? —preguntó curiosa.
—Soy mecánico —contestó— puedo reparar casi cualquier tipo de vehículo, si quieres te puedo ayudar con eso.
—¿Podrías? —indagó sorprendida.
—Claro.
—Gracias, en serio te lo agradecería —exclamó evidentemente emocionada— pero no tengo con que pagarte.
—No te preocupes, tómalo como un regalo de bienvenida.
—Genial, me gustan los regalos de bienvenida.
Caminaron juntos mientras charlaban fluidamente, al parecer el tema de las bicicletas y su mantenimiento era algo que tenían en común. Para ella se sentía raro entablar una conversación tan rápido, pero Peter hacía las cosas fáciles, incluso para una persona con tan poca experiencia socializando como Naomi. En cierto modo no se había equivocado, Peter a diferencia de Jeimmy era más expresivo y relajado. Mientras que este es bastante serio y a veces amargado, él podía ser amable y comprensivo sin restarle importancia y seriedad a las cosas.
Estaban a un par de cuadras de su casa, pero de manera inesperada Naomi se detiene con rostro preocupado.
—¿Qué paso? —pregunta Peter confundido.
—No puedo llegar así a casa, no si quiero vivir —hizo énfasis señalando lo destartalada que lucía su bicicleta.
—¿No crees que estas exagerando un poquito?
—Antes de ayer caí de una considerable altura, llegando a casa con una venda en la cabeza y el tobillo lastimado —explicó con seriedad— Ahora, ¿crees que después de ese incidente, llegar con la bicicleta en estas condiciones podrán dejarme volver a ver la luz del día?
—¿Estás hablando en serio? —preguntó Peter con un suspiro de escepticismo.
—Me declararan no apta para poner un pie fuera de casa por el resto de mí corta existencia.
—Es broma, ¿Verdad?
Peter la miraba fijamente, con rostro inexpresivo. Naomi solo le sostenía la mirada, dispuesta a ser tomada en serio y no como una simple adolescente dramática.
—Bien —exclamó Peter dándose por vencido— si quieres vamos a mi casa, la reparo y dejas de hacerte películas en tu cabeza.
—No son películas —replicó haciendo un puchero de molestia— pero gracias.
—Pareces una niña quejosa —dijo entre risas.
—Me estabas cayendo bien, en serio.
Cautelosamente llegaron a su destino, la casa de la señora Nieves. Peter abrió el garaje donde tenía guardadas todas sus herramientas de trabajo, entrando sin ser vistos por nadie en particular. Había una motocicleta a medio construir, con algunas de sus partes esparcidas desordenadamente por el suelo a su alrededor. Un par de bicicletas negras estaban acomodadas en un rincón, acompañadas de su equipo de seguridad. Del resto, el lugar estaba limpio y ordenado.
—¿Hay alguien más aquí? —preguntó Naomi.
—Creo que en el momento no, ¿Por qué?
—Nadie puede saber que estuve aquí, ni siquiera tus hermanos… especialmente Jeimmy —especificó.
—¿Por qué especialmente él? —interrogó ubicando la bicicleta en su espacio de trabajo.
—Por soplón —respondió Naomi con diplomacia— no es nada personal, me entiendes, ¿verdad?
—Claro —dijo entre risas sarcásticas— a la perfección.
Peter se puso manos a la obra, mientras explicaba algunos tips a Naomi, quien escuchaba atentamente y ayudaba con una qué otra cosa. Acomodó el manubrio, limpió toda la bicicleta, ajustó los cambios, colocó una nueva cadena y cubrió las raspaduras con pintura. Visiblemente, estaba como antes de aquel percance e incluso mejor.
—¡Genial! —Exclamó Naomi maravillada— ni se nota que casi me mato en ella.
—De nada.
De la misma forma que entraron, Naomi salió cautelosamente esperando que nadie notara los pequeños detalles que cambiaron en su bicicleta.
—¿Qué piensas hacer ahora?
—Daré un par de vueltas por ahí antes de volver a casa —desvió la vista al horizonte fijándose en la evidente puesta de sol— ya no me da tiempo de hacer lo que iba a hacer.
—¿Quieres que te acompañe? —Indagó Peter, atrayendo la atención de Naomi— ¿Si podrás andar por ahí sin riesgo a matarte?
—¿Disculpa? —Exclamó atónita por su desfachatez— no soy propensa a los accidentes.
—Caíste de una considerable altura antes de ayer y hoy casi te estrellas contra un árbol —le recordó.
—No puedes culparme por lo de hoy, la cadena se reventó sola, yo no le dije que lo hiciera —replicó un poco molesta.
—Procura tener cuidado —reafirmó Peter.
—Gracias, lo tendré en cuenta —contestó con sarcasmo.
Sin despedirse, se marchó pedaleando sin mirar atrás. Inició lentamente, atenta a cualquier ruido o cambio que tuviese su bicicleta. Avanzadas un par de calles, se atrevió a acelerar un poco. Siguió manejando hasta ver oscurecer el cielo completamente, para luego dirigirse a su casa. No quería tener un nuevo regaño ni mucho menos que la castigaran, necesitaba volver a salir para terminar su trabajo.
Entró a la casa, no sin antes guardar su bicicleta en el garaje y lanzar una pequeña ojeada a la casa de sus vecinos. Las luces estaban encendidas, pero no divisó a nadie en particular. Sus padres la esperaban para cenar, por lo que tuvo que apresurarse al cambiarse y bajar. La plática entre los tres fluía como siempre, pero la mente de Naomi estaba en otra parte. Internamente estaba maquinando la forma de salir durante la noche, ir al bosque y terminar su trabajo sin que ocurra nada extraordinario.
«La tercera es la vencida» pensó llena de confianza, «o puedo morir en el intento».
Eran apenas las 8 de la noche y sus padres la mandaron a dormir temprano, debido a que ellos madrugarían al día siguiente para iniciar su horario laboral. Estaban a 19 de enero, más de dos semanas de haber llegado a Betania y ya había roto su record, el menor tiempo en estar a punto de morir. A diferencia de otras ocasiones esta fue por un accidente, pero tuvo casi el mismo resultado.
Para distraerse y no sentir el tiempo correr a la velocidad de una tortuga cuadripléjica, encendió su portátil y se conectó a su plataforma de cine en casa favorita, sacó sus pasabocas comprados en su primera excursión por el pueblo, y se dispuso a ver una nueva película. El terror era su favorito a esas horas de la noche, después compensaba con una película de Disney o una de comedia. Finalmente, la hora llegó.
Siendo las 12 en punto y escuchando atentamente cualquier ruido en su casa, salió de su habitación caminando sigilosamente con su mochila al hombro y más dulces, esta vez chocolate y una bebida energizante para mantenerse despierta. Los ronquidos de su padre era lo único que se escuchaba, el crujir de la puerta al abrirla y cerrarla le hicieron saltar el corazón. Muy despacio, abrió el garaje y sacó su bicicleta cerrándola con el doble de precaución. Totalmente estática y en alerta, prestó nuevamente atención a cada mínimo sonido. Pero todo seguía en completo silencio.
«Y se marchó, y a su barco le llamó libertad…» pensó divertida.
Naomi se sentía de buen humor, no era la primera ni sería la última vez que escapaba de casa a media noche, y hasta el momento podría presumir no haber tenido ningún tipo de percances durante sus aventuras nocturnas lejos de casa. Eran los momentos ideales, podía dejarse llevar por sus emociones sin temor, sin los nervios de que alguien pudiera verla. Hacía brillar toda esa energía que recorría su cuerpo, entrenándose a sí misma en el control de ellas y su fuerza. Poco a poco, fue aprendiendo a manejarlas, aprendió por cuenta propia los hechizos del libro de su padre, memorizaba cada posición de manos, todas las runas, cada palabra e incluso se atrevió a no usar estas últimas debido a que el idioma principal de aquellas páginas se le hacía complicado, el neerlandés. 
Pedaleaba rápidamente como hacía cada vez que estaba emocionada, aquel majestuoso árbol le había dado maravillosas ideas para una hermosa casita, su refugio personal. La luna estaba en su máximo esplendor iluminando las calles con su brillo azul, la brisa suave refrescaba su cuerpo impidiendo que el sudor humedeciera su ropa, se sentía libre y en paz.
Pero aquella sensación se esfumó al volver a sentir el cosquilleo en su cuello. Esta vez estaba completamente segura, no era un fallo en su intuición, la estaban siguiendo. Pero al igual que las dos veces anteriores, no pudo captar nada. Era como si se ocultaran de su radar, como si pudiesen mitigar su propia energía hasta hacerla invisible a su percepción. Esa idea le hacía pensar en muchas cosas, una de ellas era que no podían ser las mismas criaturas que las seguían. Esos eran bestias sanguinarias que no les importaba ser detectados o no, simplemente iban a por su presa y atacaban sin pensar.
Este, sea quien sea, era un ser pensante y con grandes habilidades, muchas más que las de ella. Tal vez era alguien como su padre, un hechicero. Pero muy en el fondo una idea empezaba a surgir y asustarla más que cualquier otra: un mestizo podría estar rondando aquellos lugares. La advertencia de las criaturas del bosque volvió a su memoria, la estaban buscando a ella, pero no sabía para qué y estaba dispuesta averiguarlo.
Así mismo como surgió aquella sensación de la nada, así desapareció. Simplemente dejó de sentirla, de un momento a otro. Espero un par de minutos, atenta al mínimo ruido o movimiento a su alrededor, lista para cualquier cosa. Pero nada sucedió, volvía a estar aparentemente sola. Aún en constante alerta, siguió su andar despacio mirando en todas las direcciones. Estando justo en la entrada al parque se detuvo para admirar mejor el lugar, hacer un escaneo completo de la zona y seguir adelante.
Un poco más tranquila y segura de su soledad, llegó a paso apresurado hasta aquel árbol, guiándose de las marcas que había dejado aquel día. Lo recordaba hermoso y enorme, pero la luz de la luna le daba un toque más fantasioso y místico, la madera del grueso tallo resplandecía y sus hojas en lo más alto de su copa parecían tener vida propia, meciéndose al compás de las corrientes de aire.
Al igual que ese día, subió por el tronco usando los huecos y pequeños bultos de la madera, hasta llegar a las ramas que ella misma había hecho crecer. Regresó a lo más alto donde había quedado la última vez, se puso lo audífonos y reprodujo su playlist favorita. Mientras la melodiosa voz de Aitana sonaba en sus oídos, dibujó las últimas runas con toda la precisión posible. Todas brillaron con intensidad, marcando los puntos clave donde la energía fluía a través de ellas. Bajó al centro de aquel espacio hueco dentro de la copa del árbol y empezó a recitar el hechizo.
—«Toevluchtsoord van vrede, plaats van kracht, balans en licht, sereniteit en geweten —recitaba lentamente con voz suave pero firme— bescherm de magie en energie die erin zit, die onzichtbaar is voor het gevaar dat komt, dat de duisternis niet komt en de schaduwen vaag zijn»
Mientras Naomi recitaba aquellas palabras, el crujir de la corteza dio inicio a un suave estremecimiento en todo el árbol. Nuevas extensiones de la madera empezaron a florecer como pétalos de flores, rodeando a Naomi encerrándola en una pared continua y sin esquinas. Justo en medio se alzaba el imponente troco, lo único que dividía aquel amplio espacio. Al terminar, sintió su energía disminuir considerablemente flanqueando sus rodillas, un leve mareo la atontó momentáneamente y su visión se hizo borrosa.
Respiró profundo y tranquilizó su acelerado corazón, esta era una reacción que esperaba así que tomó las medidas más fáciles y recurrentes, consumir azúcar. Era lo único que podía hacer en el momento, no tenía conocimientos ni métodos sobre como reponer fuerzas después de un hechizo poderoso como aquel, o por lo menos no gastar todas sus reservas durante el proceso. Hasta el momento, era lo único que no había podido lograr, y en el libro de su padre no decía nada al respecto. Era muy básico, como un libro de primaria para quienes apenas están aprendiendo a leer.
Una barra de chocolate Toblerone de las grandes fue suficiente por el momento, le encantaba el sabor entre dulce y amargo de aquella golosina, era de sus preferidas. Después de un rato de descanso mental examinó detenidamente su trabajo, aún faltaban detalles por hacer, cosas pequeñas pero que le darían un toque más personal al lugar. Pequeñas runas y simples palabras bastaban para terminar el decorado, no requerían de mucha energía por lo que no le dio muchas vueltas al asunto. Tenía pensado desviarse al lago antes de ir a casa, tal vez de esa manera recupere todas sus energías como hizo la noche anterior, pero terminó tan cansada y sudada que desistió de aquella idea.
El sueño la embargaba en cada paso que daba, sabía que debía marcharse lo antes posible o se desmayaría justo allí. Necesitaba llegar a casa rápidamente, evitar que su madre se percatara de su ausencia y la castigaran. El cielo aún estaba oscuro, pero a lo lejos se divisaba una fina línea azul claro indicándole que el amanecer estaba más cerca de lo que hubiese imaginado. Con la ayuda de una cuerda bajó de aquel árbol y empezó su andar en la bicicleta, lento pero firme tratando de no tambalearse por el sueño. Sin poder evitarlo, cada tanto se le cerraban los ojos y trastabillaba.
Grrr…
Se detiene abruptamente. Un leve pero fuerte gruñido se escuchó a lo lejos, el miedo la despertó inmediatamente. Se concentró todo lo que pudo, sintiendo por primera vez en ese lugar aquellas energías que tanto temía. Grandes y múltiples auras rojo brillante se acercaban al lugar donde ella estaba, rápidamente acortaban la distancia que los separaba. Entrando en razón, se apresuró a pedalear con gran velocidad. En otras circunstancias se habría preparado, los hubiese enfrentado como en otras ocasiones, pero no tenía la energía ni las fuerzas suficientes para hacerlo y ellos no dudarían en matarla.
Pedaleaba y miraba frenéticamente a sus costados esperando verlos, quería prevenir cualquier tipo de emboscada y siquiera poder esquivarlos para seguir huyendo, esa era su mejor opción por el momento. Faltaba poco para llegar al parque, la salida del bosque y el inicio de su dilema. ¿Sería capaz de guiarlos hacia el pueblo, hacia gente inocente, hasta sus padres? Tenía que tomar una decisión lo más rápido posible, al salir de allí tomaría el camino contrario a casa. Debía alejarlos lo más que pudiera.
—¡Cuidado! —un grito la distrajo.
Frente a ella, Jeimmy la miraba atónito y como en cámara lenta desvió el curso de la bicicleta para evitar atropellarlo. Frenó en seco trastabillando un poco, pero sin caer, una maniobra limpia realizada con el impulso de la adrenalina corriendo por su sangre.
—¿Qué crees que haces a esta hora en el bosque? —interrogó este visiblemente furioso.
No lo culpaba, estuvo a punto de llevárselo por delante. Desesperada como estaba, debía hacer todo lo posible por alejarse y desviar la atención de aquellas cosas del pueblo. Pero Jeimmy estaba allí, a simple vista. Si esas cosas lo veían, no saldría bien librado.
—Ahmm… Soy sonámbula —dijo lo primero que se le ocurrió.
Miraba frenéticamente a todas partes, tratando de ubicar que tan cerca estaban esas cosas de ella. Las sintió rodearla muy cerca de allí sin acercarse más. En cualquier momento atacarían, pero no sabría en cual exactamente.
—¿Perdón? No se te ocurrió otra cosa más creíble por decir, ¿verdad? —comentó sarcástico.
—Sabes, no soy la única que esta fuera de casa cerca del bosque a esta hora —observó Naomi molesta— ¿también eres sonámbulo?
—No, salí a correr un rato y hacer algo de ejercicio —explicó seriamente.
Escrutó los alrededores, atenta a cualquier cambio, cualquier sonido extraño.
—¿En serio? ¿A correr? —Indagó escéptica, detallando su ropa— ¿en Jean?
—Es más creíble que salir a plena madrugada a manejar bicicleta rumbo a un bosque estando, según tú, sonámbula —señaló con firmeza— donde por cierto casi te matas hace tan solo dos días. ¿Quieres repetir la experiencia?
Algo cambió. De repente, Naomi dejó de sentir aquellas auras a su alrededor. Fueron despareciendo una por una tal y como llegaron. Las últimas simplemente se alejaron de vuelta por el mismo camino, sin hacer más nada ni emitir ningún sonido.
—¿Que rayos? —susurró incrédula mirando hacia el bosque.
—¿Pasó algo? ¿Estás bien? —Preguntó Jeimmy preocupado— ¿Por qué miras tanto para allá?
—Nada, es solo que creí haber dejado caer algo, eso es todo —mintió.
—¿Me vas a decir que hacías acá a esta hora? —volvió a preguntar Jeimmy esta vez curioso.
—Ya lo dije —contestó Naomi, sintiendo relajarse nuevamente al pasar el peligro, el cansancio regresó con el doble de su peso— pero, así como tú no me crees, yo tampoco creo tu versión de los hechos y con eso estamos a mano… —un bostezo interrumpió su réplica— por ahora solo necesito volver a casa antes que mamá se dé cuenta y quiera matarme.
Sin esperar más nada, se subió a su bicicleta medio tambaleante. Las piernas le temblaban y los parpados le pesaban como dos toneladas. 
—¿A dónde crees que vas? —Jeimmy se interpuso colocándose frente a ella con mirada seria.
—A casa, quiero dor… —otro bostezo la interrumpió obligándola a cerrar momentáneamente los ojos.
Al abrirlos, Jeimmy ya no estaba frente a ella, sino detrás empujándola suavemente para que se trasladara a la barra igual que aquella vez.
—¿Qué haces? —indagó sobresaltada girando su cabeza para encararlo.
—Llevarte a casa —explicó con gesto de obviedad— en ese estado eres un potencial peligro para cualquier ser vivo que te encuentres en el camino, así que para evitar que mates o te mates mejor te llevo yo, ya lo hice una vez.
—No pues, gracias, que considerado de tu parte —exclamó Naomi sarcásticamente, pero dejándose llevar.
Estaba tan cansada que no opuso resistencia ante su ayuda, de verdad la necesitaba. Ya no se sentía tan incómoda estar cerca de él con sus brazos a su alrededor, pero si estaba nerviosa por aquellas presencias, no podía simplemente ignorar que estuviesen allí solo porque se marcharon de un momento a otro. Si llegaron podrían volver a hacerlo.
—¿En serio estas bien? me estas preocupando —comentó Jeimmy.
—No, nada… no es nada… —se obligó a tranquilizarse— solo tengo sueño, eso es todo.
Por el momento estaría segura, pero debía pensar en hacer algo al respecto urgentemente. Se permitió relajarse un poco, ya pronto estaría en casa y dormiría hasta tarde. Pero poco a poco y sin evitarlo, sus ojos se fueron cerrando dejándola en completa oscuridad. Se quedó profundamente dormida en los brazos de su vecino, Jeimmy.



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En el texto hay: monstruos, magia, sobrenatural

Editado: 01.09.2021

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