Sangre Mestiza I: el inicio de la travesía

12. ¿Quién demonios eres? Un desconocido muy conocido


Hace tan solo un par de meses Naomi había cumplido los nueve años, pero aún a su corta edad estuvo al borde de la muerte en varias ocasiones. Aquellas criaturas rojas fueron las primeras en atacarla esa noche, y no serían las únicas. 
Pero hubo una ocasión en especial en la que casi lo logran.
Ya habían pasado seis meses desde su primera mudanza. Dejar atrás la ciudad donde había crecido fue algo difícil, no por separarse de las personas que conoció, todo lo contrario, se aliviaba al no tener que volver a verlos. Lo que si la ponía melancólica era recordar lo acostumbrada que estaba en ese lugar, en especial el perder contacto con sus lindas amigas dríadas. Pero no le costó conocer nuevas formas de vida mágica, como ya era costumbre la buscaban cada vez más seguido, le pedían ayuda y jugaban con ella.
Aprovechó el cambio de ciudad y de escuela para hacer lo mismo con su vida, esta vez estaba dispuesta a no ser atosigada como antes. Uno de esos cambios fue ocultarlo de la vista de todos, no deseaba que nadie nunca más conociera esa parte de ella, la causante de todas las burlas y temor de los demás. Nilsa no pudo hacer nada para convencerla, si de verdad quería tapar esa característica de su persona la complacería, lo importante era mantenerla a salvo y feliz.
Aun así, la seguían molestando constantemente, marginándola y apartándola de todos como si fuese un bicho raro. ¿Cuál era la razón? Su cabello. Desde que despertaron sus habilidades ese día en el jardín, la tonalidad azul no la había dejado. Ya tenía claro que aquel brillo aparecía cada vez que usaba sus poderes, sin embargo, permanecía un brillo azulado como un reflejo de la luz sobre la tonalidad negra oscura de sus cabellos. Daba la impresión de haberlo teñido, por tal razón las niñas de la escuela se burlaban de ella, porque era muy pequeña para hacer ese tipo de cosas además de haber escogido un color horrible.
Durante sus vacaciones de mitad de año permanecía encerrada en casa, ya había desistido de salir para no arriesgarse. Temía volver a estallar como lo hizo aquel día, esos niños se lo merecían sin duda, pero nadie debía ver esa parte de su vida.
— No te preocupes, cariño —había dicho su padre— no eres un peligro para nadie, tus habilidades son una bendición. Simplemente que aún no las sabes manejar porque apenas están despertando.
— Mi amor, te lo dije una vez —continuó su madre— los demás temen a lo que es diferente a ellos, por esa razón no podemos dejar que te vean hacer esas cosas. Tu padre dice la verdad, eres buena y una niña muy dulce, no te dejes llevar por lo que digan los demás. ¿Vale?
— Vale —contestó ella sin mucha convicción.
Deseaba con todas sus ganas volver a mudarse y reiniciar su vida una vez más, pero era algo difícil de hacer mucho más a esas alturas del año. Ya había pasado el primer semestre de clases, bastaba con esperar la otra mitad para poder marcharse. Sin embargo, no sabía ni estaba segura si sus padres accederían a tal petición, no era algo fácil ni económico para hacerlo cada vez que venga en gana.
En la soledad de su habitación se había mirado al espejo como casi todas las noches, quería saber si de verdad su apariencia era tan mala como para que la trataran de esa manera tan cruel. Su estatura era promedio para una niña de su edad, su piel blanca se veía un poco pálida en contraste con su cabello negro, era delgada de pómulos firmes y mejillas sonrosadas. Según sus padres tenía una muy linda sonrisa, y su mirada reflejaba la inocencia de su corazón. Sus ojos, ese pequeño detalle que tantas molestias le había causado. Incluso ella misma temía y dudaba al verlos, aunque no sabía su razón de ser. Pero ya no más. Un par de ojos cafés la observaban desde el espejo, aun no se acostumbraba a verse diferente, aunque sea solo ese pequeño detalle. 
Esa noche se acostó a dormir más temprano de lo usual, se sentía sola y hastiada de la misma situación pese a sus intentos por hacer la diferencia. Estaba destinada a la soledad y el desprecio solo por ser diferente, aunque sus padres digan lo contrario para hacerla sentir bien. En sus sueños, volvió a ver a ese niño que la visitaba por las noches. No sabía quién era, pero desde ese día que la ayudo con aquellas criaturas rojas lo veía casi a diario. No le gustaba para nada las sensaciones que causaba en ella, sentía repulsión y miedo. Demasiado miedo. Sus ojos verde-azules la intimidaban sobremanera, era demasiada frialdad en un niño tan pequeño, como si hubiese vivido la vida de un hombre de 50 años, pero de uno muy malo.
— Ven conmigo, Naomi —le dijo esa noche en sus sueños— sígueme, te divertirás.
Se encontraba en una vieja casa de madera, de esas antiguas que salían en las películas como la típica casa embrujada, solo que esta vez se veía llena de luz y color. Era extraño, como si en algún momento de su vida lo hubiese visto, pero tenía más que claro que jamás había estado allí.
— No quiero —contestó llena de miedo.
— Nada malo te pasará mientras estés conmigo —susurró cerca de su oído, provocando escalofríos en todo su cuerpo— tenlo por seguro.
La tomó de la mano firmemente, obligándola a ir con él a algún lugar desconocido y lejano. El tacto frio de su mano sobre la de ella fue tan vívido, que dudaba estar realmente en un sueño. Pero la falta de control sobre sus propias acciones le recordaban que nada de eso era real, o eso esperaba.
Salieron de aquella casa con paso decidido, el aire de la tarde a pesar de estar soleada se sentía fría sobre sus brazos. Las calles estaban limpias y coloridas, llenas de niños y personas deambulando por todas partes. Escaparates y mesas de diferentes negocios abundaban en aquel lugar, se veía lindo y acogedor. Sin embargo, había algo que no concordaba con todo, el frio del aire y el olor a tierra mojada, como si recién hubiese llovido. El suelo se veía seco, por lo tanto, no encontraba una explicación para eso.
— Ya casi llegamos —dijo con una sonrisa ladeada— solo espera un poco.
— ¿En dónde estamos? —logró decir.
— Esto es, mi querida Naomi —contestaba con orgullo— tu futuro hogar, Fedrá.
— ¿Hogar? —confundida, empezaba a sentir mareo, la imagen estaba difuminándose como si una capa de neblina apareciera en el aire.
— Pronto vendrás a mí.
La soltó y su silueta desapareció. La imagen fue aclarándose nuevamente, ya no estaba en ese lugar al que llamó Fedrá, estaba de vuelta en su ciudad, pero no su habitación. Se encontraba en un parque alejado de su casa, sola y en medio de la noche se dio cuenta que había caminado dormida. Él, por medio de sus sueños, la había guiado hasta ese lugar sin saber porque y como lo había logrado. Jamás le había pasado algo así.
Con el corazón atenazado de miedo, empezó a caminar de vuelta a casa. Pero de la nada, un perro grande y de pelaje gris salió de entre los arbustos y árboles que rodeaban el lugar, ocultándose en las sombras. Gruñidos amenazantes se escuchaban por todas partes, aquel no era el único que estaba cerca. 
— Lindo perrito —susurró con voz temblorosa.
Aquella bestia dio dos pasos acercándose cada vez más a Naomi, y con un fuerte aullido atrajo la atención de todos los demás. Estos fueron saliendo de su escondite rodeándola por completo, dejándola sin escapatoria.
— Grrr… Es ella —gruñó uno de ellos, justo detrás de ella— reconozco su olor.
Aquel animal había hablado, fuerte y claramente. No había sido invención de su mente asustada, lo comprobó al ver como aquellas criaturas empezaban a transformarse. Poco a poco fueron irguiéndose en sus patas traseras, la cuales se alargaron cada vez más hasta parecer seres humanoides de aproximadamente dos metros de altura. De sus fauces se veían a simple vista enormes colmillos y dientes afilados terminados en puntas, sus lomos se volvieron escamosos y las colas crecieron hasta parecer las de un cocodrilo. Luces rojas brillaron como pequeños portales de los cuales sacaron armas, espadas y lanzas eran sus predilectas. 
— Pronto estarás con él —gruñó uno de ellos.
Aquellas palabras le recordaron lo que aquel niño le dijo, «Pronto vendrás a mí». Con un grito de terror, Naomi intentó escapar de ellos. Trató de correr en cualquier dirección para salir de su alcance, pero estaban por todas partes. Donde quiera que mirara había uno de ellos armado, con ojos inyectados en sangre y furia asesina.
— Quieta niña —murmuró uno de ellos, acercándose a ella con su lanza apuntándole— o serás mi cena.
Sin pensarlo dos veces, hizo las posiciones de manos que recordó de aquel día en el jardín y lanzó el hechizo, reduciendo a polvo a los dos más próximos.
— Mátenla —gritó otro.
Salió corriendo todo lo que podía, pero detrás de ella venían todos ellos a gran velocidad. De un momento a otro recordó lo que le enseñó su amigo Lievens, hizo una bola de fuego grande usando su máxima concentración. La lanzó a la criatura más cercana, la cual ya estaba a tan solo dos metros de ella. Pero nada pasó, fue todo lo contario, parecía que lo revitalizó de alguna forma.
— Grave error niña —se burló.
No se le ocurrió que más hacer, y necesitaba actuar con rapidez. Se acercó a una fuente de agua que adornaba el centro del parque y con toda la fuerza de voluntad logró mover una gran cantidad, manejándola a su gusto como una vez Niddeck le había enseñado. Con un suave movimiento se la lanzó a la misma criatura, salpicando a otros tantos más detrás de este. Sorpresivamente, ardieron hasta convertirse en polvo negro y maloliente. Aprovechó el estupor de los demás para seguir huyendo, pero uno de ellos sumamente furioso dio un gran saltó hasta caer delante de ella, obstruyéndole el paso.
— Debíamos llevarte sana y salva, pero una pierna menos no es mucha diferencia —rugió furioso— pagarás por eso.
Por acto reflejo, se agachó cubriendo su rostro con los brazos al ver que blandía su espada listo para atacar.  Esperando lo peor, escuchó un gruñido conocido seguido de un alarido lastimero y luego silencio. Ciro se encontraba delante de ella, en su mayor tamaño y con los pelos del lomo erizados en señal de alerta máxima, dispuesto a protegerla.
— ¡Ciro! —susurró aliviada— tenemos que irnos.
Dicho esto, aquellas criaturas se abalanzaron a ellos dos con intención de matar. Al ver el efecto anterior, Naomi repitió la misma maniobra lanzando agua a los que se venían encima. Mientras Ciro mantenía una batalla con 4 de ellos al tiempo, no podía negar que para ser un cachorro era bastante fuerte y hábil, pero no dejaba de preocuparse por su bienestar. Ella se deshizo de tres más reduciéndolos a polvo, y otros tantos aparecían.
— ¿De dónde salen? —preguntaba asustada y desesperada— son demasiados.
Aullidos y gruñidos se escucharon acercándose cada vez más, no paraban de aparecer de la nada. Necesitaban huir de allí lo más pronto posible, pero no les daban oportunidad de hacer algo. Decidida a usar sus últimas reservas, esperó hasta ver el último de ellos acercarse. Con garras y dientes, Ciro se defendía y evitaba que se acercaran a ella, pero también se le veía cansado y algo herido.
Cerró sus ojos concentrándose, respiró profundo y visualizó una enorme pared de agua rodeándola. Al abrir los ojos efectivamente había logrado crearlo, y poco a poco la fue haciendo crecer. Vio como dos de ellos se percataron de su intensión, esquivando los ataques de Ciro para poder llegar a ella y evitar sus movimientos. Pero ella fue más rápida.
Con un choque de manos, una corriente de aire provocó la expulsión del agua como ondas en todo el parque, alcanzando a cada una de esas cosas sin importar que intentaran huir. Totalmente mojada y aliviada, Naomi cayo de rodillas cansada y sin energías. Ciro, tomando su tamaño que mostraba normalmente, se acercó manqueando a su pequeña amiga.
— Gracias Ciro, me salvaste la vida —agradecida, le dio un beso cariñoso en el hocico— pero ya debemos volver, pueden aparecer más.
Se colocaron de pie listos para marcharse, pero un calor en su abdomen la hizo trastabillar. Del costado, una mancha de sangre fue creciendo y un ardor punzante le provocó alaridos de dolor cayendo nuevamente al suelo. Estaba herida y no supo en qué momento fue. Con la vista haciéndose borrosa cada vez más, pudo ver que Ciro volvía a su tamaño extra grande y se agachaba para que ella pudiera subir. Como pudo se arrastró hasta quedar apoyada en su lomo, sintió los primeros saltos y la brisa fría de la noche secando se ropa antes de caer completamente inconsciente.
Sentada en su casa del árbol, recordó haber despertado en su habitación creyendo que eso había sido una pesadilla. Sin embargo, una venda en el estómago le recordó que fue muy real, tanto que casi la mataba. Sus padres asustados y nerviosos le dijeron que estuvo dormida tres días enteros, pero que ya estaba bien y era lo que importaba. A eso del mediodía, había dos camiones de mudanzas listo para ser cargados y marcharse. Las maletas ya estaban listas, solo esperaban a que ella despertara para buscar un nuevo lugar donde vivir.
Para su mala suerte, aquellas criaturas no se quedaron en ese lugar. Desde ese día han estado tras su rastro buscándola para matarla o capturarla, dando con ella algunas veces sin reparar en daño. A ellos no les importaba cuantas cosas hicieran trizas en su camino o cuantas personas inocentes resultaran heridas, lo único que querían era cumplir con su único objetivo, cazar a Naomi. Según su libro, eran sabuesos del infierno. Letales cazadores salidos del mismo averno, siguen la ordenes de su amo, aquel que los haya invocado y no paran hasta cumplirla.
— Muy esmerados en su trabajo, los desgraciados —comentó Naomi con sarcasmo— pero no muy eficientes por suerte.
Desde aquel día que los sintió rodearla en el bosque, no los volvió a sentir. Aún no se explicaba porque sucedió tal cosa, pero no se iba a quejar de su suerte. No había estado sola, Jeimmy estaba con ella y no permitiría que nadie saliera herido por su culpa. Menos alguien que recién conocía.
Según su teléfono celular ya eran las 3 de la mañana, quedaba solo dos horas para que sonara la alarma y empezar un nuevo día de clases. Ya sintiéndose un poco mejor decidió levantarse e irse a casa, dormir por lo menos dos horas sería vital si no quería que se dieran cuenta de sus andanzas nocturnas. Recogió sus cosas y bajo cuidadosamente, aun se tambaleaba un poco al caminar y le temblaban las piernas. Esas condiciones y con todo lo que hizo, ni el chocolate más cargado le repondría las energías que gastó esa noche. Lo único que podía y debía hacer, era dormir y descansar la mente.
Pedaleaba suave pero firme, tratando de no perder el equilibrio ni dormirse a mitad de camino. Ya llegaría a casa y podría hacerlo a gusto, con mucha más comodidad. Se sentía ligera, tranquila, por lo que esta vez la tomó por completa sorpresa. Fue tan fugaz y rápida que no le dio tiempo de reaccionar. De un momento a otro su vista se nublo y se vio envuelta en un torbellino de sensaciones conocidas y repulsivas, una nueva visión la estaba llevándola lejos.
Estaba en una especie de cabaña oculta en el bosque, pero no el mismo donde tenía su bella casita de árbol. Este era oscuro y siniestro, con árboles secos y retorcidos. Aquel chico la llevaba de la mano por un pasillo sucio y maloliente, donde encontraron una puerta oculta en el suelo. 
— Ven, debes ver algo rápido —le ofreció su mano.
No confiaba en absoluto en aquel chico, pero el suave color azul de sus ojos y la urgencia que demostraba en su mirada le hizo ceder. Bajaron por unas escaleras metálicas hasta un pasillo hecho de piedra caliza, antorchas encendidas con luz mágica iluminaba el tramo estrecho guiándolos a una amplia sala. Al fondo de esta había una puerta metálica fuertemente protegida, un gran panel de control con huella dactilar refulgía en colores rojo y verde.
— ¿Qué es este lugar? —preguntó atónita.
— Donde todo empezó —susurró asustado— para ambos.
El chico colocó su huella en el detector, y con un zumbido la puerta se abrió ante ellos. Se apartó para que ella pudiera entrar, siendo él quien vigilara los alrededores asegurándose de estar solos. La habitación estaba en tinieblas, por lo que esperó unos minutos hasta que sus ojos se adaptaron a la poca luz. El horror que allí se guardaba era brutal, los mayores actos de crueldad se evidenciaban en cada rincón al que miraba.
— ¿Qué… es esto? —aterrada y atragantada con sus propias palabras, Naomi sentía el asco y la repulsión que aquellas imágenes le transmitían.
— El Génesis —explicó aquel chico— así lo llama él, Haakon.
La habitación estaba rodeada de estantes con todo tipo de frascos llenos de extraños líquidos brillantes, tubos de ensayo con sangre, elementos quirúrgicos sucios y malolientes. En el centro había varias camillas con correas, a un lado de cada una de ellas estaba una mesa metálica con cuchillas, agujas y restos de sangre seca esparcidas. Algunos vidrios rotos brillaban en el suelo, al parecer eran frascos con sustancias de color verde fluorescente. 
En la pared izquierda se divisaba una cortina plástica que daba a otra habitación, allí, con un grito ahogado tuvo que contener las náuseas y el malestar que el hedor le produjo. Había jaulas de diferentes tamaños, en ellos criaturas de diferentes razas yacían asustados e incluso algunos muertos. Sus cuerpos descomponiéndose y llenos de pus perfumaban el ambiente con el olor agridulce de la carne podrida, larvas enormes caían de aquellas celdas llenando el suelo con una baba espesa y amarillenta. Pero no todos eran seres mágicos, había mujeres humanas embarazadas y sedadas dentro de algunas de ellas, sus grandes abdómenes se removían a causa del feto que en ellas crecía. 
De sus muñecas, catéteres conectados a bolsas parecidas a las de la otra habitación, pero llenos de otro tipo de líquido. Aquellas mujeres estaban muriendo, sus brazos y piernas mostraban signos de tortura física. Cicatrices y marcas recientes de lo que parecían latigazos, rasguños y cortes profundos enrojecían sus pálidas pieles. Estaba extremadamente delgadas, ojerosas y con bolsas bajo sus ojos. Sin duda alguna, en muy mal estado de salud.
— ¿Qué es todo esto? —indagaba Naomi con voz quebrada— ¿Por qué me trajiste?
— Debes saber la verdad —contestó lleno de miedo, mostrando en su muñeca una marca de nacimiento casi igual a la de ella— debemos…
— ¡Kaled! —una suave pero potente voz femenina se aproximaba— Demonios, Kaled. ¿Dónde rayos te metiste?
— Debes irte —dijo con urgencia.
— ¿Kaled?
— ¡Despierta!
La imagen empezó a difuminarse, su visión estaba a punto de terminar y por primera vez no deseaba irse tan rápido. Necesitaba respuestas, tenía muchas preguntas que hacer.
— ¡Despierta por favor! —el chico hablaba, pero escucha una voz diferente llamándola.
Lentamente abrió los ojos, aún estaba oscuro y su visión seguía borrosa. Sentía el cuerpo pesado y adolorido, el frio le calaba hasta los huesos. Se removió algo incomoda, un rostro familiar y muy preocupado se ceñía sobre ella.
— Naomi, despierta por favor —susurraba Jeimmy preocupado con suaves caricias en sus mejillas— ya estas a salvo.
— Kaled… —escuchaba en la lejanía— ¿Qué estás haciendo aquí?
— ¿Qué…? —balbuceaba Naomi desconcertada.
— Nada que te incumba, no tengo porque darte explicaciones —contestó airado— largo de aquí.
— ¡Naomi! —exclamó Jeimmy, zarandeándola con un poco más de fuerza— ¡Despierta!
Con una fuerte inhalación abrió los ojos abruptamente. Se levantó apresurada y totalmente desubicada, no sabía dónde estaba ni que había ocurrido en medio de su visión. 
— Tranquila, soy yo —decía Jeimmy para calmarla— Naomi, mírame.
Frenéticamente miraba en todas las direcciones en busca de aquellas voces, pero ya habían desaparecido. Ya no estaba en aquel horroroso lugar, estaba de vuelta en Betania, en algún lugar alejado del bosque y de su casa. Unas pronunciadas escaleras bajaban hasta llegar a una calle aún vacía iluminada por la tenue luz de las farolas y allá abajo, su bicicleta yacía tirada con algunos rapones.
— ¿Qué… pasó? ¿Dónde?
Tomó su rostro entre sus manos, obligándola a verlo directamente a los ojos.
— Tranquila, ya todo paso —susurraba transmitiendo calma en sus palabras— respira más despacio, relájate.
Se dejó llevar más por el brillo de sus ojos café, le transmitía la paz que necesitaba en esos momentos de estrés, confusión y temor. Respiró profundo hasta calmar el errático latir de su corazón, su visión se aclaró por completo y el mareo fue mitigando poco a poco.
— ¿Mejor? —preguntó Jeimmy.
— Mejor —susurró Naomi.
Desvió su mirada a los alrededores, no quería distraerse demasiado mirándolo solo a él, aunque ganas no le faltaron. Su preocupación por ella le causo ternura, pero era algo que no debía demostrar abiertamente. Aún no estaba del todo preparada para abrirse a nadie, mucho menos a alguien que estaba causando estragos en sus emociones. No podía evitar ponerse algo nerviosa ante él, especialmente en momentos así en que lo tenía tan cerca sintiendo sus suaves manos sobre su piel.
Por el momento quería centrase en la situación real, su visión y el cómo había acabado allí, inconsciente y en brazos de su vecino. Recordaba ir manejando su bicicleta rumbo a casa, pero de un momento a otro la arrollo esa sensación sin poder evitarlo siendo demasiado fuerte para controlarlo. Fue tan real, tan vivida que en los últimos instantes pensó que él, al que llamaron Kaled, estaba realmente allí con ella. Por simples segundos de terror, había pensado que por fin la habían encontrado tanto como lo decía en sus pesadillas.
— ¿Qué fue lo que pasó? —indagó confundida— ¿Cómo llegue aquí?
— Al parecer si eres sonámbula —contestó Jeimmy, atrayendo nuevamente su atención— llegaste manejando tu bicicleta y casi te matas, otra vez.
— Gracias por tu voto de fe —replicó— pero en serio, ¿Cómo llegué?
— Es en serio —reafirmó— venías manejando demasiado rápido directo a las escaleras, y no estabas consciente de lo que hacías. Por más que te gritara y advirtiera, no me escuchabas. Por un momento me asustaste, si no fuese porque reaccioné a tiempo habrías caído con tu bicicleta.
— ¿Qué? Yo… —balbuceaba sorprendida. 
Sus palabras le hicieron ver el peligro al que por un momento estuvo expuesta por culpa de sus visiones, y por segunda vez había estado en el momento justo para salvarla. Extraño, pero muy conveniente para ella.
— No puede ser —suspiró agobiada y con la mirada gacha— lo siento, yo…
Notó las manchas de sangre en su ropa, algunos raspones cubrían sus brazos y piernas. Ya no dolían, pero si se podían ver a simple vista. Si quería evitar más sermones, debía hacer algo pronto. Lo primero, regresar a casa antes que los demás despierten.
— Debo volver —susurró apenada, regresando la atención a sus ojos cafés— mamá no debe enterarse de esto, nadie debe hacerlo. Por favor.
— ¿Recuerdas que te dije que no volvería a mentir por ti? —le recordó.
— No mentirás, solo ocultarás la verdad —confirmó llena de seguridad— Por favor.
Su mirada suplicante causó el efecto que quería, Jeimmy accedió a sus caprichos prometiendo no decir nada al respecto a nadie. Ni siquiera a sus hermanos. Recogieron su bicicleta, la cual solo había sufrido algunas abolladuras y rapones, lo importante era que seguía funcional. Al igual que las dos ocasiones anteriores, Jeimmy manejaba mientras la llevaba de parrillera. Se sentía extrañamente tranquila y segura con sus brazos a su alrededor, rosándolo de vez en cuando al pasar por alguna curva o vuelta de esquina.
— ¡Gracias! —dijo Naomi después de un rato en viaje silencioso— por esto y todo lo demás. La caída del árbol, el día que casi te atropello y ahora.
— De nada, pero me debes una explicación —sugirió, susurrando en su oído— una de verdad.
— Si no me crees lo del sonambulismo, ¿Para qué quieres una explicación? —replicó ella— dudo que creas toda la historia.
— Está bien, trataré de creer tu historia —contestó divertido— pero primero hay que hacer algo con tus heridas.
Dicho esto, desvió su andar rumbo a la casa de la señora Nieves, contrario a lo que ella esperaba. Entraron por el garaje, donde guardó en un rincón y con cuidado la bicicleta de Naomi.
— Espera… —susurró alarmada y nerviosa— ¿Qué se supone que hago aquí? Yo vivo en frente.
— No te preocupes, aún no se me olvida donde vives —dijo entre risas— pero no te dejaré ir hasta tratar tus heridas. 
— Pero…
— ¿O prefieres que se den cuenta de tus nocturnas aventuras suicidas? —preguntó sarcástico.
— Esta bien —aceptó a regañadientes— pero tu chistecito no resultó gracioso.
— Ya deja el berrinche —acariciaba dulcemente sus mejillas sonrosadas— Hoy seré tu enfermero, ahora sígueme y en silencio por favor, los demás aún duermen.
Con sumo cuidado, la guio hasta su habitación en el segundo piso. La casa tenía dimensiones similares a la suya, por lo que pudo intuir cual sería la de él, justo frente a la habitación de ella. Entraron cerrando la puerta con seguro, no sin antes verificar que nadie se haya despertado.
— Siéntete cómoda, estás en tu casa —expresó Jeimmy sonriente.
Obedeció tranquilamente sentándose en el borde de su cama. Observaba como iba y venía buscando en los cajones de su escaparate, sacando gasa y otros materiales médicos. No podía quitar su mirada de él, veía sus fuertes brazos moverse con agilidad, su expresión de concentración le gustó más de lo que debía, se sentía idiotizada con solo verlo. 
— Listo —se acercó con una bandejita con algodón, gasa, alcohol y otras cosas— quítate el buzo, y quisiera poder decirte que no dolerá, pero… ojalá te duela.
— Gracias por tus buenos deseos —replicó sarcástica, pero obedeciendo a su solicitud— lo tendré en cuenta más adelante.
Cuidadosamente, Jeimmy limpió sus raspones con un tónico desinfectante y alcohol para eliminar la suciedad. Tanto en brazos como piernas, cubrió las heridas más grandes con gasa para evitar infección, y las más pequeñas les aplicó una crema cicatrizante.
En completo silencio, Naomi seguía observando el perfil de su vecino. Su cabello se veía tan liso y sedoso que le dieron ganas de acariciarlo, pasando sus dedos a través de él. Quería acomodar algunos mechones rebeldes que se esparcían en su frente al agacharse, pero sabía que no debía hacer eso, sería extraño y muy incómodo. A pesar de su carácter fuerte y serio tenía una muy dulce sonrisa, esa que le causaba sonrojos cada vez que lo veía. Y sus labios, rosados y suaves realmente apetecibles a la vista. Trato de desviar su atención a otras cosas, cualquiera que despejara su mente de ese tipo de pensamientos. No era el momento para pensar en romance, no estaba en la situación más adecuada para eso.
— ¿Te puedo preguntar algo? —dijo Jeimmy en un tono algo frívolo sin levantar la mirada.
— Claro… —contestó curiosa.
— ¿Quién es Kaled? —indagó mirándola fija e intensamente a los ojos.
— ¿Kaled?
Sus alarmas se dispararon inmediatamente, no entendía cómo era posible que conociera ese nombre, jamás lo había escuchado antes. Tan solo ese día en medio de su visión lo escuchó, el nombre de aquel chico que la atormentaba y confundía con cada sueño en que aparecía.
— No sé —contestó nerviosa— nunca había escuchado ese nombre.
— ¿Segura? —preguntó con mayor firmeza.
— Si, ¿Por qué?
— Lo murmuraste varias veces estando inconsciente —comentó con expresión sombría.
— ¿En serio? Muy raro la verdad —mintió— ¿Terminaste? Quiero dormir un poco antes de ir a clases.
— Linda forma de agradecer —expresó sarcástico
— Pues tu deseaste que me doliera y no me estoy quejando —se encogió de hombros.
— ¿Te dolió? —susurró cerca de su rostro, acariciando dulcemente sus mejillas provocando un fuerte sonrojo.
Una suave risa salió de sus labios al verla toda colorada y nerviosa, aumentando aún más la sensación de cosquilleo que estaba naciendo en el estómago de Naomi.
— Búrlate —replicó— ahora, si me permites. Me fui.
Con el mismo sigilo que entraron, salieron de la casa de la señora Nieves y muy caballerosamente, la acompañó hasta su casa donde la ayudó a entrar por la puerta trasera. Cuidadosamente y sin hacer el menor ruido, subió las escaleras rumbo a su cuarto. Al entrar, cerró la puerta con seguro y se tumbó aliviada en la cama. Ya podía respirar con tranquilidad, sus padres no sabrán de su nuevo intento suicida no premeditado. 
Solo bastaba dormir un par de horas antes de ir a la escuela, un nuevo día de trabajos y tareas la esperaba. Deseaba que por lo menos ese día, el cual no empezó muy bien, estuviese libre de víboras ponzoñosas y rubias desesperadas. No se sentía con las ganas, energías ni fuerzas para contestar a sus insultos como se debe. Solo quería paz.
El cansancio volvió a tocar su cuerpo, cada musculo e incluso cada célula le dolía. Se sentía tan pesada y agarrotada como si un desfile de elefantes, camiones monstruo y tractomulas hubieses pasado por encima. El sueño se avecinaba y el sonido de la brisa por fuera de su ventana la arrullaba como canción de cuna, llevándola a los brazos cálidos y cómodos de Morfeo.
Sin embargo, se vio obligada a levantarse por el estruendo de su alarma despertador avisándole que su tiempo de descanso había terminado sin siquiera empezar. Dormir debía esperar.



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En el texto hay: monstruos, magia, sobrenatural

Editado: 01.09.2021

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